Las conversiones siempre son un aliciente para la Fe de los demás. De esta manera, como recalca el Señor en el Evangelio a Pedro “cuando él recobre su Fe debe confirmar en ella a los hermanos”. Hoy celebramos a los Santos Timoteo y Tito. Pablo, a quien ayer recordábamos en su conversión, pasando a ser el Apóstol de los Gentiles, se dedicó todo el tiempo a ser heraldo por Cristo.
Muchos fueron los frutos que llevó a cabo en su predicación, entre los que se encuentra la fundación de diversas comunidades cristianas. Dos de sus discípulos fueron, precisamente, San Timoteo y San Tito. A ellos les encargó presidir como Obispos, dos Iglesias: La de Éfeso y la de Creta, respectivamente. Timoteo era oriundo de Listra. Hijo de padre pagano y madre cristiana, no conoció a Jesucristo hasta el primer viaje apostólico que llevó a cabo Saulo.
Ahí se bautiza en la Fe del Señor Jesús, llevando lo que cree hasta sus últimas consecuencias por amor al Evangelio. Por su parte, Tito era uno de los más predilectos del Apóstol, cuyo testimonio le ayudó a descubrir a Cristo. El Apóstol de los Gentiles, le llama “hijo querido en la Fe”, mostrando de esa manera cómo le había ganado él mismo para la causa del Reino de los Cielos.
La Sagrada Escritura incluye, dentro del Nuevo Testamento y de las cartas paulinas, dos escritas a Timoteo y una a Tito. En ellas, les invita a ser unos verdaderos maestros que formen más pastores y nuevos fieles. Precisamente en la Primera Carta a Timoteo, Saulo le exhortará con estas palabras: «Que esa Fe se conserve en ti, ya que desde tu más tierna edad te hicieron leer y meditar las Sagradas Escrituras».
Hoy se inicia la Novena a San Juan Bosco, padre y maestro de la juventud
“Dios no abandona a ninguno; quien a Él recurre con el corazón limpio del pecado y con la oración bien hecha, obtendrá todo lo que necesite”, decía San Juan Bosco, padre y maestro de la juventud, cuya fiesta se celebrará el próximo 31 de enero.
Cercanos a esta gran festividad, aquí una novena en honor al Santo de los jóvenes y fundador de la Familia Salesiana:
Recuerda la Sagrada Escritura que ha aparecido la Bondad de Dios y se nos ha manifestado. Precisamente en este Tiempo de Navidad en el que seguimos, es una buena prueba de la manifestación de Dios que ama al mundo y que envía a su Hijo para que se quede en él. En este jueves después de Epifanía, celebramos a San Raimundo de Peñafort. Nacido el año 1175 en Peñafort (Barcelona).
Su gran inteligencia se hace patente cuando a los 20 años es profesor de Filosofía en Barcelona y a los 30, perfecciona en Bolognia (Italia) sus conocimientos de derecho civil y canónico. Junto a estas facetas, tenemos también su gran amor hacia los pobres. Posteriormente ingresa en la Orden de Predicadores, donde se inicia en un camino penitencial para evitar el orgullo, que podía minar su vida espiritual. Los superiores le encargan investigar sobre temas morales, en los que profundizará escribiendo diversos tratados, lo que le hacen un experto moralista.
En su empeño y celo evangelizador, recorrió Cataluña, Aragón y Castilla. Su fama llegó hasta el Papa Gregorio IX, quien le nombró su confesor, y después le encomendaría la Diócesis de Tarragona. Fue General de la Orden tras morir Jordano de Sajonia, servicio que aceptó por obediencia más que por gusto propio. Su gestión hizo florecer más, si cabe a los dominicos, trabajando en bien del carisma de Domingo de Guzmán.
También fue confesor de Jaime I El Conquistador, teniendo la aparición de la Virgen al monarca, comunicándole su deseo de mostrar el amor de Dios y la misericordia de su Hijo para dar origen a lo que será la orden de la Merced dedicada a la liberación de cautivos. Muere el 6 de enero de 1275, cuando contaba con 100 años de edad, después de ser visitado por los monarcas de Castilla y Aragón. Sus reliquias reposan en Barcelona.
Patrono de los poetas y cofundador de los Carmelitas.
“San Juan de la Cruz es figura señera de la Orden carmelita. Gran asceta, místico y poeta, insigne doctor de la Iglesia. Admirado por creyentes y no creyentes. Juan Pablo II lo eligió para realizar su tesis doctoral y lo declaró patrono de los poetas”
La admirable existencia de Juan de Yepes –este excepcional carmelita, aclamado en el mundo entero, considerado con toda propiedad “el más grande de los poetas de lengua castellana”– es una heroica gesta de amor a Dios desde el principio hasta el fin de la misma.
La ascética tiene en él a uno de los preclaros ejemplos de lo que significa la entrega genuina; es una de las figuras más representativas de la mística. Creyó a pies juntillas que todo aquel que ofrece su vida por Cristo la salva.
No se arredró haciendo de su acontecer un admirable compendio de renuncias y sacrificios amén de sufrir el desdén de algunos de los suyos. Dios le alumbró siempre, y en particular, en el momento más álgido de su oscuridad.
Sus padres, Gonzalo de Yepes y Catalina Álvarez, tejedores de profesión y residentes en Fontiveros, Ávila, España, recibieron con gozo a este segundo de los tres hijos que conformarían la familia, cuando nació en 1542.
Su padre y su hermano sucumbieron a causa del hambre. Una gran y trágica escuela para el santo. Al enviudar Catalina, quedaron en una situación económica de gran precariedad, y para tratar de contrarrestarla, primeramente se estableció con sus hijos en Arévalo, Ávila, y después en Medina del Campo, Valladolid.
Gracias a la caridad ajena, san Juan de la Cruz pudo formarse en el colegio de los Niños de la Doctrina, a cambio de prestar su ayuda en la misa, entierros, oficios, y pedir limosna. En 1551 la generosidad de otras caritativas personas le permitió continuar estudios en el colegio de los jesuitas.
Tenía que hacer un hueco para trabajar en el hospital de las Bubas, donde se atendían a los afectados por enfermedades venéreas, hasta que decidió convertirse en carmelita. De haber continuado con los jesuitas posiblemente hubiera tenido otras opciones más ventajosas para él y para su familia, pero tomó otra vía, la que estaba destinada para él.
A sus 21 años había sido un alumno ejemplar y tenía la base idónea para ingresar en la universidad salmantina. Era profeso cuando comenzó sus estudios en ella en 1564. Allí contó con excepcionales profesores de la talla de Francisco de Vitoria, fray Luís de León y Melchor Cano, entre otros, y tres años más tarde se convirtió en un consumado bachiller en Artes.
El año 1564 fue significativo en su vida. Aparte de haber sido prefecto de estudiantes, fue ordenado sacerdote y conoció a santa Teresa de Jesús. Hacía años que practicaba severas mortificaciones corporales iniciadas siendo alumno de los jesuitas, y al ingresar en la Orden carmelita pidió permiso para continuar realizándolas.
Hombre de intensa oración, amaba tanto la soledad que, en un momento dado, no descartó ser cartujo. Ya llevaba grabado en su espíritu la preciada convicción que nos ha legado: “A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición”.
La santa de Ávila, que había oído hablar de su virtud, lo reclamó para que le ayudase en la reforma carmelitana que pensaba llevar a cabo. Él, que había tomado el nombre de Juan de Matías, lo reemplazó entonces por san Juan de la Cruz. Muy impresionada al conocerlo, Teresa no tuvo duda de que estaba ante un santo.
Él la acompañó y fueron parejos en la heroica entrega y ardor apostólico. Juan dejó el reguero de su amor a Dios en Castilla y Andalucía, así como un futuro espléndido en Salamanca, que hubiera acogido con gusto su sabiduría.
Fundó en Valladolid, Duruelo, Mancera y Pastrana, ostentando oficios de subprior y maestro de novicios. Fue rector en Alcalá de Henares, vicario y confesor de las carmelitas del monasterio abulense de la Encarnación, a petición de santa Teresa, entre otras misiones relevantes.
Sus propios hermanos se levantaron contra el celo apostólico del santo, resistiéndose a una reforma que solo pretendía conquistar una mayor fidelidad al carisma. En un entramado de secretas ambiciones y resentimientos, fue apresado y recluido en un minúsculo e inhóspito lugar durante nueve meses, manteniéndole en inenarrables y pésimas condiciones.
Sufrió de forma indecible física y espiritualmente. La soledad y la oscuridad en su espíritu, combatida con férrea confianza en la divina Providencia, fueron el germen del incomparable Cántico Espiritual.
Ebrio de amor divino trataba de condensar en su prodigioso verbo la pasión que le consumía: “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando, y eras ido”…
Previendo una muerte inminente, san Juan de la Cruz recibió el consuelo del cielo y, con él, la libertad, que obtuvo evadiéndose de noche, a escondidas, de sus guardianes: sus hermanos.
Reforzado en su experiencia mística y determinación a dar a conocer al único Dios Amor, se trasladó a Beas de Segura, Jaén, donde siguió ayudando a las carmelitas. Allí entabló fraterna amistad con la religiosa Ana de Jesús.
Luego fundó un colegio en Baeza, y prosiguió su incansable recorrido por Granada y Córdoba, donde estableció otro convento en 1586. Todo se le quedaba corto para entregárselo a Cristo. La sed de sufrimiento para asemejarse a Él ardía dentro de sí: “Padecer, Señor, y ser menospreciado por Vos”. Vio realizado este anhelo.
Tras nuevo convulso capítulo en su Orden, mientras se hallaba destinado en Segovia lo despojaron de sus misiones y lo exiliaron a México. No llegó a marcharse. Viajó a La Peñuela camino de Andalucía.
San Juan de la Cruz enfermó y lo trasladaron a Úbeda, donde fue tratado con impávida frialdad por su prior, siendo mal atendido desde el punto de vista médico. De modo que este gran místico, poeta genial de Dios, murió a los 49 años la madrugada del 14 de diciembre de 1591.
Clemente X lo beatificó el 25 de enero de 1675. Benedicto XIII lo canonizó el 27 de diciembre de 1726. Pío XI lo declaró doctor de la Iglesia en 1926, y Juan Pablo II patrono de los poetas en 1993. Sigue retumbando el eco de su amor, junto al Cántico, en el resto de sus obras: la Noche oscura, Llama de amor viva y Subida del Monte Carmelo, entre otras.
Patrono de la Iglesia y especialmente de los trabajadores, de las familias y de los moribundos, san José nos ofrece su gran poder para aliviar los sufrimientos de la Iglesia que sufre Haga click aquí para abrir el carrusel fotográfico
Durante el Año de San José, que la Iglesia católica está celebrando desde este martes hasta el 8 de diciembre de 2021, ha habido una llamada especial a rezar al esposo de María por los cristianos perseguidos.
Por eso te ofrecemos una oración a quien siempre cuidó a la sagrada familia, el carpintero de Nazaret que, como narra el Evangelio de Mateo, se llevó al niño a Egipto para evitar que el rey Herodes lo matara.
Querido san José, que cuidaste a Jesús con responsabilidad y prudencia y lo protegiste de los peligros y amenazas que siempre lo acompañaron.
Mira cómo también hoy sigue siendo perseguido en tantos cristianos que sufren, despreciados, atacados y asesinados por su fe, de manera pública y privada, lentamente o con una terrorífica violencia hasta su muerte.
Nos identificamos con ellos y te presentamos su dolor, esta injusticia que atraviesa los siglos y las fronteras.
Humilde y poderoso san José: Cuida de estos hermanos nuestros, en sus necesidades. Permíteles sentirse muy cerca de Jesús en la cruz salvadora, dales esperanza, paciencia y amor y que su fidelidad y unión a Dios triunfe sobre todas las miserias que tengan que afrontar. Amén.
Poderoso san José
Son muchísimas las personas que aseguran que san José les ha ayudado mucho en su vida, tanto en pequeñas necesidades físicas como en grandes asuntos espirituales.
El mismo Papa tiene a la vista en su habitación una figura de san José durmiendo y ha explicado en más de una ocasión que cuando tiene un problema o una dificultad, la escribe en un papelito que coloca debajo de la imagen «para que lo arregle».
Y seguramente que el sufrimiento de la Iglesia perseguida ha sido una de las peticiones que Francisco presenta asiduamente a san José, porque lo lleva marcado a fuego en su corazón, como ha mostrado tantas veces, por ejemplo en el centenario del genocidio armenio.
«Oímos el grito sofocado y descuidado de tantos hermanos y hermanas nuestros inermes, que a causa de su fe en Cristo o de su pertenencia ética son asesinados pública y atrozmente – decapitados, crucificados, quemados vivos –, o constreñidos a abandonar su tierra».
“Es obligado recordarlos, porque donde se pierde la memoria quiere decir que el mal mantiene aún la herida abierta; esconder o negar el mal es como dejar que una herida siga sangrando sin curarla”.
Patrono de la Iglesia y especialmente de los trabajadores, de las familias y de los moribundos, san José nos ofrece su gran poder para aliviar y sublimar con nuestras oraciones los sufrimientos de los cristianos perseguidos.
¿Por qué fue importante la canonización de San Juan Diego, vidente de la Virgen de Guadalupe?
Imagen de San Juan Diego en la antigua capilla de indios, en la Villa de Guadalupe de Ciudad de México. Foto: Fiorella Garrido / ACI Prensa.
Este 9 de diciembre la Iglesia celebra la fiesta de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin –“el águila que habla”–, el indio vidente de la Virgen de Guadalupe, pero no todos conocen la importancia de la canonización del primer santo indígena de América Latina.
San Juan Pablo II canonizó a Juan Diego el 31 de julio de 2002, en la Basílica de Guadalupe de Ciudad de México, y destacó en esa ocasión que “Juan Diego, al acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad indígena, descubrió la profunda verdad de la nueva humanidad, en la que todos están llamados a ser hijos de Dios en Cristo”.
En diálogo con ACI Prensa en 2018, el P. Eduardo Chávez, uno de los mayores expertos en la aparición de la Virgen de Guadalupe y postulador de la causa de canonización de San Juan Diego, destacó que con este acto quedó confirmado “el milagro guadalupano en su gran extensión y trascendencia. Es un hecho histórico que trasciende tiempo y espacio”.
El sacerdote mexicano, también director del Instituto Superior de Estudios Guadalupanos, destacó que si bien en México desde el siglo XVI era asumida como un hecho la santidad de Juan Diego, porque “fue el intercesor de la Virgen y era su mensajero”, el proceso de canonización “ayudó muchísimo para encontrar, cotejar y ver la convergencia de tantas fuentes y documentos históricos”.
“Algunos ya se conocían, otros fueron encontrados”, señaló
El P. Chávez recordó que en la primera parte de la causa de canonización “se tiene que analizar la fama de santidad inmemorial, cosa que Juan Diego tenía y obviamente se observa en estos documentos donde se le llama ‘varón santo’, ‘varón santísimo’, donde se le ha dibujado con aureola en el siglo XVI”.
En la segunda parte del proceso, señaló, se requiere “comprobar un milagro”.
Este milagro, dijo, fue el de “un joven que quiso suicidarse, y saltó desde una altura de 10 metros, rompiendo su cabeza en el suelo”.
“En cuatro días, sanó perfectamente este joven, porque la mamá le pidió a Juan Diego”, señaló.
Finalmente, dijo, el Papa “determina canonizarlo, después de toda esta investigación y análisis, y de toda la parte teológica, vida y virtudes de Juan Diego, y la comprobación de un milagro”.
Para el P. Chávez, es aquí donde está lo más importante de la canonización, pues cuando el Santo Padre “canoniza a alguien, en este caso a Juan Diego, ahí va implícito el dogma de la infalibilidad del Papa”.
Con la canonización “el Papa nos dice al mundo entero que esta persona está en el cielo, que es puente de unidad entre Dios y los seres humanos, es intercesor. Y es modelo de santidad”.
El vidente de Guadalupe “representa a cada uno de nosotros” y con su canonización “se confirma que el encuentro de Dios a través de la Virgen de Guadalupe ante el indio Juan Diego (…) es totalmente cierto”, afirmó.
Con la Carta apostólica Patris corde (Con corazón de padre), el Pontífice recuerda el 150 aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia Universal y, con motivo de esta ocasión, a partir de hoy y hasta el 8 de diciembre de 2021 se celebrará un año dedicado especialmente a él.
Un padre amado, un padre en la ternura, en la obediencia y en la acogida; un padre de valentía creativa, un trabajador, siempre en la sombra: con estas palabras el Papa Francisco describe a san José de una manera tierna y conmovedora. Lo hace en la Carta apostólica Patris corde, publicada hoy con motivo del 150 aniversario de la declaración del Esposo de María como Patrono de la Iglesia Católica. De hecho, fue el Beato Pío IX con el decreto Quemadmodum Deus, firmado el 8 de diciembre de 1870, quien quiso este título para san José. Para celebrar este aniversario, el Pontífice ha convocado, desde hoy y hasta el 8 de diciembre de 2021, un «Año» especial dedicado al padre putativo de Jesús. En el trasfondo de la Carta apostólica, está la pandemia de Covid-19 que -escribe Francisco- nos ha hecho comprender la importancia de la gente común, de aquellos que, lejos del protagonismo, ejercen la paciencia e infunden esperanza cada día, sembrando la corresponsabilidad. Como san José, «el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta». Y sin embargo, el suyo es «un protagonismo sin igual en la historia de la salvación».
Padre amado, tierno y obediente
San José, de hecho, expresó concretamente su paternidad al haber hecho de su vida una oblación de sí mismo en el amor puesto al servicio del Mesías. De ahí su papel como «la pieza que une el Antiguo y el Nuevo Testamento «, «siempre ha sido amado por el pueblo cristiano» (1). En él, «Jesús vio la ternura de Dios», la ternura que nos hace “aceptar nuestra debilidad», porque «es a través y a pesar de nuestra debilidad» que la mayoría de los designios divinos se realizan. «Sólo la ternura nos salvará de la obra» del Acusador, subraya el Pontífice, y es al encontrar la misericordia de Dios, especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, que podemos hacer «una experiencia de verdad y de ternura», porque “Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona” (2). José es también un padre en obediencia a Dios: con su «fiat» salva a María y a Jesús y enseña a su Hijo a «hacer la voluntad del Padre». Llamado por Dios a servir a la misión de Jesús, «coopera en el gran misterio de la redención y es verdaderamente un ministro de la salvación» (3).
Padre en la acogida de la voluntad de Dios y del prójimo
Al mismo tiempo, José es «un padre en la acogida», porque «acogió a María sin poner condiciones previas», un gesto importante aún hoy -afirma Francisco- «en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente». Pero el Esposo de María es también el que, confiando en el Señor, acoge en su vida incluso los acontecimientos que no comprende, dejando de lado sus razonamientos y reconciliándose con su propia historia. La vida espiritual de José no “muestra una vía que explica, sino una vía que acoge”, lo que no significa que sea «un hombre que se resigna pasivamente». Al contrario: su protagonismo es «valiente y fuerte» porque con «la fortaleza del Espíritu Santo», aquella «llena de esperanza», sabe “hacer sitio incluso a esa parte contradictoria, inesperada y decepcionante de la existencia”. En la práctica, a través de san José, es como si Dios nos repitiera: «¡No tengas miedo!», porque «la fe da sentido a cada acontecimiento feliz o triste» y nos hace conscientes de que «Dios puede hacer que las flores broten entre las rocas». Y no sólo eso: José «no buscó atajos», sino que enfrentó «‘con los ojos abiertos’ lo que le acontecía, asumiendo la responsabilidad en primera persona». Por ello, su acogida “nos invita a acoger a los demás, sin exclusiones, tal como son, con preferencia por los débiles” (4).
Padre valiente y creativo, ejemplo de amor a la Iglesia y a los pobres
Patris corde destaca «la valentía creativa» de san José, aquella que surge sobre todo en las dificultades y que da lugar a recursos inesperados en el hombre. «El carpintero de Nazaret -explica el Papa- sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia». Se enfrentaba a «los problemas concretos» de su familia, al igual que todas las demás familias del mundo, especialmente las de los migrantes. En este sentido, san José es «realmente un santo patrono especial» de aquellos que, «forzados por las adversidades y el hambre», tienen que abandonar su patria a causa de «la guerra, el odio, la persecución y la miseria». Custodio de Jesús y María, José «no puede dejar de ser el Custodio de la Iglesia», de su maternidad y del Cuerpo de Cristo: cada necesitado, pobre, sufriente, moribundo, extranjero, prisionero, enfermo, es «el Niño» que José guarda y de él hay que aprender a «amar a la Iglesia y a los pobres» (5).
Padre que enseña el valor, la dignidad y la alegría del trabajo
Honesto carpintero que trabajó «para asegurar el sustento de su familia», José también nos enseña «el valor, la dignidad y la alegría» de «comer el pan que es fruto del propio trabajo». Este significado del padre adoptivo de Jesús le da al Papa la oportunidad de lanzar un llamamiento a favor del trabajo, que se ha convertido en «una urgente cuestión social», incluso en países con un cierto nivel de bienestar. «Es necesario comprender», escribe Francisco, «el significado del trabajo que da dignidad», que «se convierte en participación en la obra misma de la salvación» y «ocasión de realización» para uno mismo y su familia, el «núcleo original de la sociedad». Quien trabaja, colabora con Dios porque se convierte en «un poco creador del mundo que nos rodea». De ahí la exhortación del Papa a todos a «redescubrir el valor, la importancia y la necesidad del trabajo para dar lugar a una nueva ‘normalidad’ en la que nadie quede excluido». Mirando en particular el empeoramiento del desempleo debido a la pandemia de Covid-19, el Papa llama a todos a «revisar nuestras prioridades» para comprometerse a decir: “¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!” (6).
Padre en la sombra, descentrado por amor a María y Jesús
Siguiendo el ejemplo de la obra «La sombra del Padre» del escritor polaco Jan Dobraczyński, el Pontífice describe la paternidad de José respecto de Jesús como «la sombra del Padre celestial en la tierra». «Nadie nace padre, sino que se hace», afirma Francisco, porque se hace «cargo de él”, responsabilizándose de su vida. Desgraciadamente, en la sociedad actual «los niños a menudo parecen no tener padre», padres capaces de «introducir al niño en la experiencia de la vida», sin retenerlo ni «poseerlo», pero haciéndolo «capaz de elegir, de ser libre, de salir». En este sentido, José tiene el apelativo de «castísimo», que es «lo contrario a poseer»: él, de hecho, «fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre», «sabía cómo descentrarse» para poner en el centro de su vida no a sí mismo, sino a Jesús y María. Su felicidad está «en el don de sí mismo»: nunca frustrado y siempre confiado, José permanece en silencio, sin quejarse, pero haciendo «gestos concretos de confianza». Su figura es, por lo tanto, ejemplar, señala el Papa, en un mundo que «necesita padres y rechaza a los amos», que refuta a aquellos que confunden «autoridad con autoritarismo, servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con asistencialismo, fuerza con destrucción». El verdadero padre es aquel que «rehúsa la tentación de vivir la vida de los hijos» y respeta su libertad, porque la paternidad vivida en plenitud hace «inútil» al propio padre, «cuando ve que el hijo ha logrado ser autónomo y camina solo por los senderos de la vida». Ser padre «nunca es un ejercicio de posesión», subraya Francisco, sino «un ‘signo’ que nos evoca una paternidad superior», al «Padre celestial» (7).
La oración diaria del Papa a san José y ese «cierto reto»
Concluida con una oración a san José, Patris corde revela también, en la nota número 10, un hábito de la vida de Francisco: cada día, de hecho, «durante más de cuarenta años», el Pontífice recita una oración al Esposo de María «tomada de un libro de devociones francés del siglo XIX, de la Congregación de las Religiosas de Jesús y María». Es una oración que «expresa devoción y confianza» a san José, pero también «un cierto reto», explica el Papa, porque concluye con las palabras: “Que no se diga que te haya invocado en vano, muéstrame que tu bondad es tan grande como tu poder”.
Indulgencia plenaria para el «Año de San José»
Junto a la publicación de la Carta apostólica Patris corde, se ha publicado el Decreto de la Penitenciaría Apostólica que anuncia el «Año de San José» especial convocado por el Papa y la relativa concesión del «don de indulgencias especiales». Se dan indicaciones específicas para los días tradicionalmente dedicados a la memoria del Esposo de María, como el 19 de marzo y el 1 de mayo, y para los enfermos y ancianos «en el contexto actual de la emergencia sanitaria».
¿San Nicolás o Santa Claus? 6 diferencias entre el santo y el personaje de ficción
San Nicolás, Obispo de Myra / Santa Claus / Crédito: Flickr, Carlos (CC BY-NC 2.0)
Apropósito de que el 6 de diciembre se conmemora a San Nicolás, patrono de los niños, aquí unas aclaraciones sobre él y el personaje.
El personaje de Santa Claus ha ganado tanta fama en las últimas décadas y resulta tan eficaz para representar la diversión y los regalos que desplaza a la verdadera razón de la alegría: Jesús que nace en Belén.
Según varios historiadores, Santa Claus es la distorsión -primero literaria y luego comercial- de San Nicolás, el generoso Obispo de Myra, patrono de los niños, navegantes y cautivos.
Estas son sus principales diferencias según St. Nicholas Center, un centro virtual donde la gente puede aprender sobre San Nicolás.
1. Santa Claus se asocia a la infancia, en cambio, San Nicolás es un modelo de cristiano para toda la vida.
2. Santa Claus, como lo conocemos, surgió para aumentar las ventas y el mensaje comercial de la Navidad. En cambio, San Nicolás llevó el mensaje de Cristo y la paz, la bondad y el mensaje cristiano de esperanza.
3. Santa Claus alienta el consumo, mientras que San Nicolás promueve la compasión.
4. Santa Claus aparece cada año para «ser visto» por un periodo corto tiempo; en cambio, San Nicolás es parte de la comunión de los santos y nos acompaña por la oración y su testimonio.
5. Santa Claus «vuela» a través de los aires desde el Polo Norte, mientras que, San Nicolás caminó por la tierra preocupándose y atendiendo a los más necesitados.
6. Para algunos, Santa Claus sustituye al Niño de Belén, pero San Nicolás nos señala y conduce a todos al Niño de Belén.
De San Nicolás a Santa Claus
Hay varias teorías sobre el origen de Santa Claus. La más difundida es que fue la empresa Coca Cola que inventó el personaje para promover el consumo de su bebida en 1920.
Sin embargo, en el siglo XIX, escritores de Nueva York intentaron dar un sello nacional a las fiestas de Navidad llenas de tradiciones cristianas de los inmigrantes europeos. En poco tiempo, las celebraciones dejaron de lado el carácter santo de estas fechas y se popularizaron las fiestas desenfrenadas, con borracheras y desorden público.
En 1821 se publicó el libro de litografías para niños «Sante Claus, el amigo de los niños» en el que se presentaba a un personaje que llegaba del Norte en un trineo con un reno volador. Esa publicación hizo aparecer al personaje cada Nochebuena y no el 6 de diciembre, día de la fiesta del santo obispo. Un poema anónimo y las ilustraciones de esa publicación resultaron clave en la distorsión de San Nicolás.
Según los expertos de St. Nicholas Center, fue la élite de Nueva York la que logró nacionalizar la Navidad a través de Santa Claus y el apoyo de artistas y literatos como Washington Irving, John Pintard y Clement Clarke Moore.
En 1863, durante la Guerra Civil, el caricaturista político Thomas Nast comenzó a dibujar a Santa Claus con los rasgos que ahora le atribuyen: gorro rojo, abundante barba blanca y abultado vientre. Junto con los cambios de apariencia, el nombre del santo cambió a Santa Claus, una alteración fonética del «Sankt Niklaus» alemán.
Recién en 1920, Santa Claus apareció por primera vez en un anuncio de Coca Cola.
Francisco: la caridad de San Andrés, la fuerza para los tiempos difíciles
Imagen de archivo. Papa Francisco y el Patriarca Bartolomé I.
El Papa Francisco escribe al Patriarca Ecuménico Ortodoxo Bartolomé I en la fiesta del Apóstol San Andrés, patrón del Patriarcado. El Cardenal Koch participó con una delegación del Vaticano en la Divina Liturgia celebrada en Estambul.
La paz puede ser negociada, pero esto no extinguirá las guerras del mundo hasta que la gente se dé cuenta de que son hermanos y hermanas. Para el Papa de la encíclica «Fratelli tutti» esto es una certeza. Este es un pensamiento contenido en el mensaje dirigido al Patriarca Bartolomé I, en la fiesta del Apóstol Andrés, leído por el Cardenal Kurt Koch al final de la Divina Liturgia celebrada en la Iglesia de San Jorge en Estambul, a la que asistió una delegación vaticana.
Guerras y vidas robadas
Al recordar el encuentro ecuménico del pasado 20 octubre en Roma, en la «Piazza del Campidoglio», que compartió con Bartolomé I y otros líderes religiosos, Francisco abrazó con la mirada al mundo, señalando cómo, además de la pandemia, la guerra continúa «afligiendo a muchas partes del mundo» y nuevos conflictos armados roban la vida de hombres y mujeres.
«Sin duda», escribe el Papa en su mensaje, «todas las iniciativas tomadas por los organismos nacionales e internacionales para promover la paz son útiles y necesarias, pero el conflicto y la violencia nunca cesarán hasta que todas las personas alcancen una conciencia más profunda de que tienen una responsabilidad mutua como hermanos y hermanas».
Iglesias hermanas
Una fraternidad que Francisco afirma haber experimentado «en primera persona» en los diversos encuentros con el Patriarcado Ecuménico y que, de hecho, reconoce que el «deseo de una mayor cercanía y comprensión entre los cristianos» fue manifestado por Constantinopla «antes de que la Iglesia Católica y otras Iglesias entablaran el diálogo».
El Papa cita como prueba de este hecho una carta encíclica del Santo Sínodo del Patriarcado Ecuménico enviada a las Iglesias de todo el mundo hace cien años. «Cuando las diversas Iglesias se inspiren en el amor y lo pongan en primer lugar, en su juicio sobre los demás -dice la carta del Santo Sínodo- en vez de aumentar y ampliar las disensiones existentes, podrán disminuirlas lo más posible» y además «con su voluntad de dar, siempre que se presente la ocasión, una mano de ayuda y asistencia, entonces harán y cumplirán muchas cosas buenas para gloria y provecho tanto de ellos mismos como de todo el cuerpo cristiano».
Objetivo: la unidad
Un texto que no ha perdido su relevancia, enfatiza el Papa, acompañando los deseos al Patriarca Bartolomé I para la fiesta de San Andrés con la observación del notable crecimiento de las relaciones entre la Iglesia Católica y el Patriarcado Ecuménico en el último siglo.
«Aunque siguen existiendo obstáculos, confío -escribe Francisco- en que, caminando juntos en el amor mutuo y persiguiendo el diálogo teológico» será posible alcanzar la meta «de restaurar la plena comunión expresada a través de la participación en el mismo altar eucarístico», para «reunir a todos los hombres en un solo cuerpo, y en la piedra angular de la Iglesia una y santa».
La Santidad puede llegar a ser testimonial y contagiar a toda una familia que ha vivido con el Santo. Hoy es Santa Margarita de Escocia, cuya vida contagió en el bien y el temor de Dios a cuantos le escuchaban. Nace en Hungría hacia el año 1046. Procedente de familia noble, también cuenta con santos en su ascendencia.
Por parte de su padre, que nunca llegó a reinar, estaba su bisabuelo San Eduardo, y en la rama materna San Esteban, rey de Hungría. Por su parte, ella llegó a ser reina tras casar con el rey de Escocia. Su vida en el palacio fue de lo más ejemplar que se pueda conocer, a juzgar por la manera de enfocar ella los acontecimientos y hacérsela así ver a los demás.
Nunca descuidó la educación espiritual y humana de sus hijos, y hasta todos los cortesanos se acercaban a hablar con ella, porque la consideraban su paño de lágrimas. Tal y como señala la Sagrada Escritura ella cumplía con la indicación que decía “consolad, consolad a mi pueblo”. Es la mujer hacendosa a la que canta el Antiguo Testamento resaltando que vale mucho más que las perlas por la responsabilidad que pone en su tarea.
El amor desde la caridad y el servicio eran sus principales constantes, leyendo en sus momentos de meditación vidas de Santos. A ella se debe la restauración de diversas iglesias, así como la Abadía de Dunferline. También promovió la celebración de varios concilios para poner fin a los abusos cometidos contra la Fe. Al morir su marido y su hijo en plena batalla, sufrió hasta tal punto que la enfermedad le llevó a la muerte el año 1093 en Edimburgo. Patrona de Escocia, el Papa Inocencio IV le canonizó en 1250.