Papa Francisco reconoce un milagro y las virtudes heroicas de estos Siervos de Dios
Vista panorámica del Vaticano. Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa
El Papa Francisco aprobó los decretos que reconocen el milagro por la intercesión de una sierva de Dios y las virtudes heroicas de cuatro siervos de Dios, uno de ellos fallecido en México y dos en España.
Según informó la oficina de prensa de la Santa Sede, el Papa Francisco recibió en audiencia el 10 de julio al Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, Cardenal Giovanni Angelo Becciu, y le autorizó a promulgar los siguientes Decretos.
En primer lugar, el milagro, atribuido a la intercesión de la venerable sierva de Dios Maria Antonia Samá, fiel laica; nacida el 2 de marzo de 1875 en Sant’Andrea Jonio (Italia) y fallecida allí mismo el 27 de mayo de 1953.
Además, las virtudes heroicas del siervo de Dios Eusebio Francesco Chini (llamado Kino), sacerdote profeso de la Compañía de Jesús; nacido el 10 de agosto de 1645 en Segno (Italia) y fallecido en Magdalena (México) el 15 de marzo de 1711.
También, las virtudes heroicas del siervo de Dios Mariano José de Ibargüengoitia y Zuloaga, sacerdote diocesano, Cofundador del Instituto de los Siervos de Jesús; nacido el 8 de septiembre de 1815 en Bilbao (España) y fallecido allí el 31 de enero de 1888;
Asimismo, las virtudes heroicas de la sierva de Dios María Félix Torres, Fundadora de la Sociedad del Salvador; nació el 25 de agosto de 1907 en Albelda (España) y murió en Madrid (España) el 12 de enero de 2001.
Por último, las virtudes heroicas del siervo de Dios Angiolino Bonetta, fiel laico de la Asociación de Trabajadores Silenciosos de la Cruz; nació el 18 de septiembre de 1948 en Cigole (Italia) y murió allí el 28 de enero de 1963.
La conversión ante el racismo de Bartolomé de las Casas
¿Por qué puede ser santo? Quizá porque Bartolomé de Las Casas fue un hombre capaz de enfrentarse a su propio pecado.
El volumen extremo que ha alcanzado el racismo en Estados Unidos, sobre todo a partir de la ominosa muerte de George Floyd en Minneapolis asfixiado por un policía blanco, ha llevado a muchos escritores católicos a buscar ejemplos de cómo convertir el corazón de un racista confeso o de alguien que sin serlo todavía guarda resabios hacia la igualdad racial, la justicia y el respeto a la dignidad de los demás seres humanos.
Tal es el caso de la escritora y conferencista estadounidense Meg Hunter-Kilmer quien ha publicado una lúcida reflexión en Our Sunday Visitor sobre el camino recorrido por el fraile y obispo dominico Bartolomé de las Casas (1484-1566), el “Protector de los Indios”, quien durante mucho tiempo fue esclavista, encomendero y más tarde, uno de los grandes abogados defensores de los derechos humanos y la igualdad de los naturales del recién descubierto y colonizado continente americano.
The redemption of Bartolomé de Las Casas
“Bartolomé de Las Casas –escribe Hunter-Kilmer– era un sacerdote esclavista. Peor aún, era un sacerdote que incursionó en aldeas indígenas para capturar esclavos. Y aunque finalmente revisó su postura sobre la esclavitud de los pueblos indígenas, continuó apoyando la esclavitud negra. Está en camino a la santidad. ¿Cómo? Porque ese no fue el final de su historia”.
¿Hacia los altares?
La “leyenda negra” en torno a fray Bartolomé de las Casas le viene, justamente, de su “exagerada” defensoría de la igualdad y la condición de seres humanos de los indígenas, a quienes trató paternalmente, sobre todo en su corto ministerio de apenas seis meses, como primer obispo de lo que hoy es Chiapas (al sur de México). De hecho, su nombre quedó grabado en una de las diócesis emblemáticas de la América originaria: San Cristóbal de las Casas.
Sin embargo, desde el 2 octubre de 2002, en la sevillana parroquia de La Magdalena, el arzobispado de Sevilla abrió la causa de beatificación de quien llegó a tierras americanas como encomendero, concretamente a lo que ahora es Haití y República Dominicana, cinco siglos antes, en 1502, siendo sucesivamente vice-postuladores hasta sus respectivos fallecimientos los frailes dominicos Fernando Aporta (+4 octubre 2002) y Herminio de Paz (+2013). En 2019, en su capítulo general, la orden nombró a fray Alfonso Esponera Cerdán como vice postulador (fuera de Roma) de dicha causa.
¿Cuál es el tema central de su beatificación? Lo describe así Hunter-Kilmer: “Bartolomé de Las Casas, sobre todo, era un hombre capaz de enfrentar su propio pecado y convertirse. Sucedió gradualmente, sucedió a un gran costo, pero sucedió. Y algún día pronto, puede ser elevado a los altares, no porque siempre haya sido un buen hombre, sino porque no tenía miedo de reconocer lo que era malo en él y hacer el trabajo (con la gracia de Dios) para erradicarlo”.
Itinerario de Las Casas
Bartolomé fue hijo de un acompañante de Cristóbal Colón cuando éste hizo su segundo viaje a lo que él creía que eran las Indias orientales. A los 18 años, acompañó a su padre en la expedición de Nicolás de Ovando en 1502, siendo uno de los 1,500 primeros colonizadores elegidos al azar para hacer producir los territorios recién descubiertos.
Tuvo una encomienda de indios en La Española, que empleó en su labranza. Ordenado sacerdote en Roma, vuelve al Caribe, donde continúa en posesión de una encomienda.
Él mismo confesó en alguna de sus obras, que hizo trabajar duro a sus indios, incluso tuvo esclavos negros, siguiendo las condiciones de trabajo de su lugar y tiempo, aunque no los maltrató ni los castigó abusivamente. En 1512 interviene en la conquista de Cuba como capellán del conquistador Diego Velázquez, recibiendo también encomienda de indios. Pero su conversión sería el 15 de agosto de 1514, luego de escuchar un sermón de fray Antón de Montesinos sobre la condición humana libre y sobre la vocación a la fe cristiana y a la santidad de los indios y de enfrentarse a las palabras del Eclesiastés: “Derrama sangre quien niega su salario al trabajador”.
Emilio Castelar lo describe de esta manera: “Las Casas, antes que todo, es desde el principio al fin de su vida un hombre de pasión, y por apasionado, sujeto a violencias en su proceder y a brusquedades en su lenguaje. Sin esa pasión, que todo lo creía posible, no luchara como lucio, ni padeciera como padeció; pero tampoco se agranda como se agrandó en el concepto de la humanidad y en el agradecimiento de la historia”. Se hizo dominico, consiguiendo una buena formación teológica y jurídica misma que emplea en ese ideal de defensa de los indios.
Asedio a la Corte por los indígenas No hubo personaje más impopular que Las Casas en la Corte española ni entre sus propios compañeros de orden o entre los encomenderos y colonizadores españoles que siempre lo califican de exagerado e, incluso, como un hereje por sus anhelos de hacer crecer la figura de los naturales y decrecer la empresa española en América. Morirá en Madrid en 1566, tras asediar a la corte con memoriales y propuestas de liberación de los indios de las manos de los encomenderos y conseguirles la categoría de ciudadanos libres, dependientes directamente como los españoles de la autoridad del Rey.
“Las Casas argumentó no solo contra la esclavitud sino también contra la conquista, insistiendo en que los indígenas americanos no eran los salvajes incivilizados que se suponía que eran”, escribe en su artículo Hunter-Kilmer. Y añade: “Aunque Las Casas anhelaba la conversión de las Américas, sabía que solo podía suceder realmente a través de la evangelización genuina, no la conquista y la conversión forzada”.
La escritora termina argumentando el por qué y el cómo puede ser un gran faro de luz que ilumina las oscuridades del racismo: «Durante este tiempo de agitación y división, el Siervo de Dios Bartolomé de Las Casas se erige como un poderoso intercesor para aquellos que son activamente racistas, que promulgan o abogan por leyes y sistemas opresivos. (…) ¿Podemos, como Las Casas, participar en una autorreflexión honesta, examinando nuestros prejuicios y negándonos a justificarlos? ¿Podemos hacer el trabajo duro de luchar por la justicia, incluso si nos pone en desacuerdo con los que amamos?”
Santos Pedro y Pablo, las 2 columnas de la Iglesia católica
Fuente: Aleteia
Pedro se dedicó principalmente a los judíos, y Pablo, a los no judíos, los dos fueron martirizados en Roma.
La Iglesia católica celebra desde hace muchos siglos el martirio de Simón Pedro y de Pablo de Tarso el 29 de junio. Es una gran solemnidad porque estos apóstoles son considerados las dos grandes columnas de la Iglesia.
Simón, hijo de Juan, era un humilde pescador. Pero fue el primer discípulo que profesó su fe en Cristo. Y Él le convirtió en Pedro, la roca sobre la que se apoya la Iglesia, el primer Obispo de Roma.
Saulo era un judío de la casta de los fariseos, ciudadano romano por haber nacido en Tarso. Perseguía a los cristianos por considerarlos unos herejes que manchaban la pureza hebrea… hasta que experimentó una brusca conversión cuando se dirigía a Damasco a caballo.
Los dos cometieron grandes errores: Pedro llegó a negar a Jesús tres veces, y Pablo persiguió a la Iglesia. Sin embargo, Jesús los perdonó y los transformó en dos grandes apóstoles que dieron su vida por Él.
Pedro se dedicó principalmente a los judíos, y Pablo, a los no judíos como un apasionado y paternal misionero.
En Roma fueron detenidos y martirizados en la prisión Mamertina del foro romano.
En sus tumbas surgieron la Basílica de San Pedro y la Basílica de San Pablo Extramuros.
Ellos son los patrones principales de la Iglesia de Roma.
Distracciones espirituales: Cómo sacar lo mejor de ellas
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¿Qué hacer con las distracciones en la oración? No darles demasiada importancia y percibirlas como una oportunidad para volver a elegir a Dios
Las distracciones afectan a todas las formas de oración (misa, oración comunitaria, rosario, adoración). Varían según el carácter de cada uno, su situación vital, sus circunstancias: el filósofo razona, los padres piensan en sus hijos, el rencoroso rumia, el ambicioso construye su futuro…
Su naturaleza informa al orante sobre sí mismo: sus inquietudes, afectos, pasiones, tentaciones.
¿Quién escapa a las distracciones en la oración? Nadie, ¡ni siquiera los santos!
Santa Teresa de Ávila habla de ello como una auténtica “imperfección”, tan dolorosa como incontrolable.
La santa cuenta que, a veces, “me hallo que tampoco cosa formada puedo pensar de Dios ni de bien que vaya con asiento, ni tener oración, aunque esté en soledad”, y que su espíritu parece “un loco furioso que nadie le puede atar”.
Confiesa que no piensa en ninguna “cosa mala, sino indiferentes”. De este modo se sorprendió un día contando las tachuelas del zapato de la religiosa que rezaba delante de ella.
Nada grave, considerando algunas distracciones mucho menos honrosas. Esta “imperfección”, ¿cómo la comprendemos?
Los 5 sentidos y la imaginación que nos impiden concentrarnos
Las distracciones espirituales son inherentes a nuestra condición de seres encarnados. Explicación: el ser humano no es solamente espíritu.
Y mientras que ese espíritu busca la unión con Dios, sus esfuerzos se ven contrariados por el peso de la “materia” que lo sobrecarga.
¿La “materia”? Para empezar están los cinco sentidos, que no cesan su actividad y que perciben, sin pretenderlo, “todo lo que pasa”: un ruido (el sonido del teléfono móvil que el vecino olvidó apagar), una imagen (el nuevo peinado de mi vecina), un olor…
Los sentidos, auténticos “impedimentos a la oración”, alimentan sin cesar a la mente con aquello que captan, impidiéndole así concentrarse en las verdades sobrenaturales que, sin embargo, intenta buscar.
Pero la acción de los sentidos no lo explica todo: con tapones para los oídos, una venda sobre los ojos y una pinza de la ropa en la nariz se siguen teniendo distracciones. ¿Por qué?
Respuesta de santa Teresa de Jesús: las “potencias”, es decir, “la memoria o imaginación” (la “loca de la casa”) y el “entendimiento” (facultad de razonar), que no dejan de vagabundear, y desvían a la voluntad de su objetivo: fijarse en Dios.
Frente a la experiencia a menudo dolorosa y desconcertante de las distracciones, podemos vernos tentados por el desánimo. En efecto, cuando tenemos demasiadas distracciones, podemos pensar que “esto de rezar no es lo mío”.
La tentación puede llevarnos entonces a abandonar del todo la oración. ¡Jamás hay que hacer esto! Si dejáramos de rezar porque tenemos distracciones, ¡no rezaríamos nunca!
Las distracciones solo afectan a la parte periférica del ser. Sin embargo, Dios se nos da en las profundidades del alma, allí donde las distracciones no entran, donde lo sensible no tiene acceso. Por tanto, las distracciones no impiden a Dios trabajar en el alma y transformarla.
Las distracciones, oportunidad de volver a elegir a Dios
Entonces, ¿qué deberíamos hacer? ¡Perseverar, por supuesto! Y no darle demasiada importancia a las distracciones, y menos aún dramatizarlas.
Sin embargo, tampoco hay que regodearse en ellas. La tentación sigue existiendo y es fuerte.
Mientras no permanezcamos dentro de ellas voluntariamente, las distracciones espirituales no son un pecado. “¡Son incluso una gracia!”, afirma alto y claro un sacerdote.
“Porque son la oportunidad de volver a elegir al Señor, que había quedado desatendido momentáneamente. Es una oportunidad de volver hacia Él en la forma de oración en la que estábamos. Abandonar una distracción que nos complace para volver a Cristo es realizar un acto de amor”.
Las distracciones] «nos acostumbran a vivir de pan seco y negro en la casa de Dios”, leemos también bajo la pluma del teólogo y obispo francés François Fénelon.
¿El interés de una pitanza tan exigua? Al dificultar la oración, las distracciones permiten a la persona buscar a Dios por Sí mismo y no por los sensibles consuelos que pueda dar.
De igual modo, a causa del esfuerzo que supone deshacerse de ellas, fortalecen la voluntad de encontrar y avivar el deseo de unirse a Él.
Una gracia más: nos aproximamos a nuestra pobreza. Sin embargo, “cuanto más pobre se es (…), se es más propio a las operaciones de este amor que todo lo consume y transforma”, escribe Teresa de Lisieux.
La joven doctora de la Iglesia plantea, no obstante, dos condiciones: consentir permanecer pobres y amar nuestra pobreza.
San Pablo sigue la misma línea: “Me gloriaré de mis debilidades para que el poder de Dios pueda habitar en mí”.
Consecuencia inesperada: vividas en la alabanza, la aceptación y la acción de gracias, las distracciones espirituales permiten a Dios establecer su reino en el corazón de la persona. Se convierten entonces en un camino, más que un obstáculo, para ir hacia Dios con humildad.
Escribía Jacques Leclerq, teólogo moralista belga (1891-1971): “Creo que un día, tu día, Dios mío, avanzaré hacia ti con pasos titubeantes, con todas mis lágrimas en la palma de la mano, pero también con este corazón maravilloso que nos has dado, este corazón demasiado grande para nosotros porque está hecho para ti”.
Y sí, el corazón del hombre es demasiado grande. En su interior se encuentra el deseo mismo de Dios, de buscar, encontrar y ver a Dios.
Jesús mismo llama a ese corazón, y Dios promete, por medio del profeta Ezequiel, renovar ese corazón, quitar el corazón de piedra y darnos un corazón nuevo, un corazón de carne.
Es precisamente este llamado a un nuevo corazón lo que nos brinda esperanza de poder cambiar, de abrirnos realmente para aquello a lo que estamos llamados: la verdad, la belleza, la justicia, el amor.
Es posible cambiar
Sin embargo, en la experiencia del día a día, pareciera que este deseo grande del corazón humano es poco realista e irrealizable.
Como si tuviéramos que simplemente “acomodarnos” o “resignarnos” a lo que en el mundo hay y lo que el mundo nos da.
Y lo que el mundo nos da y en lo que en el mundo hay, es un juicio y una condena constante del corazón humano. No puedes amar de manera pura, no puedes amar para siempre, etc, etc.
Esto es lo que Juan Pablo II ha llamado “los maestros de la sospecha”, y que identifica con las corrientes de pensamiento de Nietzsche, Freud y Marx.
En efecto, estas corrientes de pensamiento, o no creen, o no conocen, el poder transformador de la gracia de Dios y la promesa de un nuevo corazón.
Estos “maestros de la sospecha” proyectan sobre otros su prejuicio de que no se puede hacer, nada se puede cambiar, y que el corazón humano está destinado a ser dominado por sus deseos de lujuria, orgullo o soberbia de los ojos.
(Piensa por ejemplo en aquellos que niegan las llamadas terapias de recuperación a aquellos que lo solicitan, y piden ayuda para sanar las consecuencias de las heridas emocionales en sus vidas).
Estos “maestros” no ven esperanza de redención para el corazón del hombre.
La Sagrada Escritura nos abre a una nueva y esperanzadora imagen del hombre. El mensaje de Dios, la “Buena Nueva” de Jesús para el hombre, es que si hay redención y da posibilidades al hombre.
“La redención es una verdad, una realidad, en cuyo nombre debe sentirse llamado el hombre, y «llamado con eficacia»” (cfr. Juan Pablo II, Audiencia de Octubre 28 de 1980).
A esta redención a la cual se encuentra llamado todo hombre, sea la situación en la que se encuentra, los errores que haya cometido, las heridas que tenga, los santos ángeles son llamados a participar.
Santa Teresa de Ávila Precisamente, si tenemos en cuenta que los fenómenos místicos de los santos, sin que se repitan en los demás cristianos, vienen a ser una luz que se nos da para entender el camino de amistad y de unión con Dios; entonces podemos aludir al fenómeno de la transverberación de santa Teresa de Jesús.
Este fenómeno místico, que la misma santa narra en su autobiografia, consiste en ser traspasado el corazón, dejándole “toda abrasada en amor grande de Dios” ( Vida, 29,13).
Fue un ángel. La santa menciona que fue un querubín, el segundo coro de los ángeles. Sin embargo, parece ser, por la descripción que hace Teresa del fenómeno, que debió de ser un serafín.
Para estos efectos, no importa el coro que haya sido. Lo que llama la atención es que se inflama el corazón de una mujer, de una persona, con el fuego del amor y la deja toda abrasada en amor.
Ya no es el amor lujurioso, codicioso, que pregonan los “maestros de la sospecha”. Es un corazón abrasado de un amor puro por Dios y el prójimo.
Esta experiencia de Teresa de Jesús da testimonio, como las de otros muchos santos, de que el corazón del hombre puede ser trasformado, redimido por la gracia de Dios.
La amistad con el ángel nos lleva a ser heridos de amor, de amor divino. No de la misma manera que lo fue Teresa de Ávila pero sí con el mismo fin, que es que el deseo que llevamos en nuestro corazón se realice, esto es la búsqueda y la unión con Dios.
Y es que nada -oye bien-, nada de lo que afecta a los hombres deja indiferentes a los ángeles. Ellos se interesan por el corazón del hombre. La amistad con los santos ángeles nos lleva a encender nuestro corazón de amor.
Santo Tomás nos dice que “el solo contacto del ángel es suficiente para hacernos mejores. Así como el fuego irradia y extiende a su alrededor el calor; así como el contacto con una persona virtuosa nos hace mejores, del mismo modo si nos acercamos a los ángeles que irradian luz, calor, virtud, amor, recibiremos algo de ellos que nos comunican sus cualidades y perfecciones«.
Hay que notar que el ángel hiere el corazón de santa Teresa, y el corazón es el centro de nuestros afectos, sentimientos, pensamientos, deseos.
Los ángeles tocan todo esto para formar nuestro corazón. No es necesario que los veamos; el hecho de no verlos no significa que no tengan esa influencia.
Cuando el ojo ve un árbol no ve sus raíces, pero no por ello el árbol carece de las mismas, nadie se atrevería a decir que las raíces no existen o que son una invención de los agrónomos.
La experiencia de santa Teresa nos da cuenta de que los ángeles se acercan al corazón del hombre.
Padre Pío Otro de los santos con experiencias con los ángeles, san Pío de Pietrelcina, solía decir que cuando se tenga alguna necesidad del corazón, hay que dirigirse al ángel custodio.
Esa cercanía de los ángeles al corazón del hombre es lo que también hace posible que en momentos difíciles con alguien, ya sea por malos entendidos o por cualquier otra razón, las personas se vean aligeradas al acudir a estos buenos compañeros espirituales.
Fue el consejo que el papa Pío XI trasmitió al Cardenal Roncalli, futuro Juan XXIII.
Igualmente, los santos ángeles nos indican la fuente de este amor: Dios.
Ahora bien, ¿qué debemos hacer para aceptar esta ayuda y cercanía, para permitir que el ángel trasforme nuestro corazón y lo haga arder con el fuego de amor de Dios?
Considero que la respuesta es disponer nuestra alma a recibir con gratitud y humildad la presencia y ayuda de este amigo fiel.
Esta disposición se manifiesta en una oración fervorosa, que busque alcanzar la ayuda y auxilio de los ángeles; y en una honra aquí en la tierra mediante la confianza y incondicional a aquellos enviados por Dios para guiarnos en nuestros caminos.
Acerquémonos, pues a estos compañeros y encendamos nuestro corazón con un amor de Dios, un amor divino.
Te comparto la poesía que santa Teresa escribió que narra de manera bella la experiencia que tuvo con el ángel que la hirió de amor:
El presente resulta difícil para muchos. Son tiempos convulsos, llenos de problemas personales, de salud, económicos, sociales y familiares. A muchos les cuesta sonreír, a muchos les ha invadido la tristeza, el desánimo… Otros muchos se sienten agobiados, agitados…
Hay personas que en este momento se preguntan cómo pueden ayudar a construir una sociedad más justa y equitativa. Algunas tratan de promover la justicia social y otros se preguntan qué cambios pueden hacer en su vida para mejorar como personas y hacer feliz a los suyos.
La construcción de un mundo mejor comienza por uno mismo. Por eso hoy en Aleteia queremos contar con la sabiduría de Madre Teresa, una mujer que apostó por la fuerza del amor para resolver los problemas más difíciles de la vida.
Esperamos que estas frases de Santa Teresa de Calcuta te den la esperanza que ella transmite aún hoy a miles de personas.
La Iglesia siempre ha destacado la presencia real del Señor en el Sacramento de la Eucaristía y durante siglos ha animado a amar este gran milagro del amor de Dios.
A continuación, 10 consejos de los santos sobre la Eucaristía:
1. San Francisco de Asís
«Cuando no puedo asistir a la Santa Misa, adoro el Cuerpo de Cristo con los ojos del espíritu en la oración, lo mismo que le adoro cuando le veo en la Misa”.
2. San Alfonso María de Ligorio
«Tened por cierto el tiempo que empleéis con devoción delante de este divinísimo Sacramento, será el tiempo que más bien os reportará en esta vida y más os consolará en vuestra muerte y en la eternidad. Y sabed que acaso ganaréis más en un cuarto de hora de adoración en la presencia de Jesús Sacramentado que en todos los demás ejercicios espirituales del día”.
3. San Francisco de Sales
«La oración, unida con ese divino sacrificio de la Misa, tiene una fuerza indecible; de modo que por este medio abunda el alma de celestiales favores como apoyada sobre su Amado».
4. San Luis María Griñón de Monfort
«Antes de la Comunión… suplica a esta bondadosa Madre que te preste su corazón para recibir en él a su Hijo con sus propias disposiciones”.
5. Santa Teresa de Jesús (o de Ávila)
«Acabando de recibir al Señor, pues tenéis la misma persona delante, procurad cerrar los ojos del cuerpo y abrir los del alma, y miraros al corazón”.
6.- El Cura de Ars, San Juan María Vianney
“Si supiéramos el valor del santo sacrificio de la Misa, qué esfuerzo tan grande haríamos por asistir a ella”.
7. Santa Teresita de Lisieux
“Recordé haber oído decir que el día de la primera comunión se alcanzaba todo lo que se pedía. Aquel pensamiento me consoló y, aunque todavía no tenía más que seis años, me dije para mí: ‘el día de mi primera comunión rezaré por mi pobre’”.
8. San Juan Pablo II
“Queridos hermanos y hermanas: debemos sentirnos interpelados por las necesidades de tantos hermanos. No podemos cerrar el corazón a sus peticiones de ayuda. Y tampoco podemos olvidar que ‘no solo de pan vive el hombre’. Necesitamos el ‘pan vivo bajado del cielo’. Este pan es Jesús. Alimentarnos de él significa recibir la vida misma de Dios, abriéndonos a la lógica del amor y del compartir”.
9. Santa Catalina de Siena
“¡Oh Caridad inestimable! Te quedaste con nosotros como alimento, mientras somos peregrinos en esta tierra, para que no desfallezcamos por el cansancio, sino que fortalecidos por ti, alimento celestial, sigamos el camino”.
10. Don Bosco (San Juan Bosco)
“Queridos jóvenes, ¿queremos estar contentos y alegres? Amemos con todo el corazón a Jesús Sacramentado».
Nuevos Santos para la Iglesia, entre ellos Charles de Foucauld
El Pontífice autorizó el decreto que reconoce el martirio del Siervo de Dios Cosma Spessotto (en el siglo Sante), sacerdote profeso de la Orden de los Frailes Menores, asesinado en El Salvador, por odio a la fe, el 14 de junio de 1980.
La Oficina de Prensa de la Santa Sede dio a conocer que, este 26 de mayo de 2020, el Papa Francisco recibió en audiencia al Cardenal Angelo Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Durante la audiencia, el Sumo Pontífice autorizó a la misma Congregación a promulgar los decretos relativos a la causa de tres nuevos Santos.
Tres nuevos Santos El Santo Padre ha autorizado la promulgación del decreto relativo al milagro, atribuido a la intercesión del beato César de Bus, sacerdote, fundador de la Congregación de los Padres de la Doctrina Cristiana (Doctrinari); nacido el 3 de febrero de 1544 en Cavaillon (Francia) y muerto en Aviñón (Francia) el 15 de abril de 1607. Asimismo, el Pontífice autorizó el milagro, atribuido a la intercesión del beato Charles de Foucauld (conocido como Charles de Jesús), sacerdote diocesano; nacido en Estrasburgo (Francia) el 15 de septiembre de 1858 y muerto en Tamanrasset (Argelia) el 1 de diciembre de 1916. Por último, el Papa autorizó la publicación del milagro, atribuido a la intercesión de la beata María Domenica Mantovani, cofundadora y primera Superiora General del Instituto de las Hermanitas de la Sagrada Familia; nacida el 12 de noviembre de 1862 en Castelletto di Brenzone (Italia) y fallecida allí el 2 de febrero de 1934.
Beatos y mártires En la audiencia al Cardenal Angelo Becciu, el Papa Francisco también autorizó la publicación del decreto relativo al milagro, atribuido a la intercesión del Venerable Siervo de Dios Michael McGivney, sacerdote diocesano, fundador de la Orden de los Caballeros de Colón, (The Knights of Columbus); nacido el 12 de agosto de 1852 en Waterbury (Estados Unidos de América) y muerto en Thomaston (Estados Unidos de América) el 14 de agosto de 1890. Además, la Iglesia reconoce el milagro, atribuido a la intercesión de la Venerable Sierva de Dios Pauline-Marie Jaricot, Fundadora de las Obras del «Consejo de Propagación de la Fe» y del «Rosario Vivo»; nacida el 22 de julio de 1799 en Lyon (Francia) y fallecida allí el 9 de enero de 1862.
Asimismo, el Pontífice autorizó el decreto que reconoce el martirio de los Siervos de Dios Simeone Cardon y 5 compañeros, religiosos profesos de la Congregación Cisterciense de Casamari; asesinados en Casamari, por odio a la Fe, entre el 13 y el 16 de mayo de 1799. Como también el martirio del Siervo de Dios Cosma Spessotto (en el siglo Sante), sacerdote profeso de la Orden de los Frailes Menores; nacido el 28 de enero de 1923 en Mansué (Italia) y asesinado en San Juan Nonualco (El Salvador), por odio a la fe, el 14 de junio de 1980.
Por último, el Papa autorizó el decreto sobre las virtudes heroicas del Siervo de Dios Melchior-Marie de Marion Brésillac, Obispo titular de Prusa, ex vicario apostólico de Coimbaore, fundador de la Sociedad de Misiones Africanas; nacido el 2 de diciembre de 1813 en Castelnaudary (Francia) y muerto en Freetown (Sierra Leona) el 25 de junio de 1859.
Los 50 consejos del Padre Pío para una vida en gracia
Pequeñas “florecillas” del más famoso franciscano del siglo XX
El tiempo mejor invertido es el que se gasta en la santificación del alma de los demás.
El tiempo gastado para la gloria de Dios y para la salud del alma, nunca es malgastado.
¡Qué bello es el rostro de nuestro dulcísimo Esposo Jesús! ¡Qué dulces son sus ojos! ¡Qué felicidad estar cerca de Él en el monte de su gloria! Allí debemos poner nuestros deseos, nuestros afectos, no en las criaturas, en las que no hay belleza o, si la hay, viene de lo alto.
No te canses en torno a cosas que generan preocupación, perturbaciones y afanes. Una sola cosa es necesaria: elevar el espíritu y amar a Dios.
Dios es caridad – amor –, gracia, Providencia. El culmen de la perfección es la caridad: el que vive la caridad vive en Dios, porque Dios es caridad, como dijo el Apóstol.
Faltar a la caridad es como herir a Dios en la pupila de su ojo. ¿Qué hay más delicado que la pupila del ojo?
Faltar a la caridad es como pecar contra la naturaleza.
El que ofende a la caridad ofende la pupila del ojo de Dios.
La caridad que no tiene por base la verdad y la justicia, es caridad culpable.
La Divina Bondad no solo no rechaza a las almas arrepentidas, sino que sale en busca de las obstinadas.
El Corazón del Divino Maestro no tiene ley más amable que la de la dulzura, de la humildad y la caridad…
Pon a menudo tu confianza en la Divina Providencia, y estate seguro de que pasarán antes el cielo o la tierra, que tu Señor deje de protegerte.
La caridad es la reina de las virtudes. Como las perlas se mantienen unidas por el hilo, así las virtudes por la caridad. E igual que si se rompe el hilo las perlas caen, así, si falta la caridad, las virtudes se desperdigan.
La beneficencia, venga de donde venga, es siempre hija de la misma madre, es decir, la providencia.
¿Nos bastamos a nosotros mismos para formar un deseo santo sin la gracia? Por supuesto que no. Esto lo enseña la fe.
Si en un alma no hubiera otra cosa que el ansia de amar a Dios, ya lo tiene todo. Porque Dios no está donde no hay deseo de su amor.
Yo sé que ningún alma puede amar dignamente a su Dios. Pero cuando hace lo posible por su parte y confía en la Divina Misericordia, ¿por qué Jesús le va a rechazar? ¿No nos ha mandado amar a Dios con todas nuestras fuerzas? Así que si has dado todo a Dios, ¿por qué temer? ¿Quizás porque no puedes hacer más? ¡Pero Jesús no pide, no quiere imposibles! Pide al buen Dios que haga Él mismo lo que tu no puedes hacer.
Te afanas por buscar el sumo bien: pero en verdad está dentro de ti y te tiene extendido en la Cruz, respirando para soportar el martirio insoportable y, más aún, para amar amargamente al Amor.
Los males son hijos de la culpa, de la traición que el hombre ha perpetrado contra Dios … Pero la misericordia de Dios es grande… Un solo acto de amor del hombre hacia Dios tiene tanto valor a sus ojos que a Él no le importaría devolverlo regalando toda la creación…El amor no es otra cosa que la chispa de Dios en los hombres… la esencia misma de Dios personificada en el Espíritu Santo… Nosotros pobres criaturas deberíamos dedicar a Dios todo el amor de que somos capaces… Nuestro amor, para ser adecuado a Dios, debería ser infinito, pero por desgracia sólo Dios es infinito…
Debemos empeñar todas nuestras energías en el amor, para que el Señor un día pueda decirnos: Tenía sed y me has saciado, tenía hambre y me has dado de comer, sufría y me has consolado…
Dios puede rechazar todo en una criatura concebida en pecado y que lleva la marca indeleble heredada de Adán, pero no puede en absoluto rechazar el sincero deseo de amarle.
La humildad y la caridad van al paso. Una glorifica y la otra santifica. La humildad y la caridad son las cuerdas maestras, todas las demás dependen de ellas: una es la más baja, la otra la más alta. La conservación de todo el edificio depende de la cimentación y del tejado.
Si se tiene el corazón ejercitado en humildad u caridad, no habrá dificultades con las demás. Estas son las madres de las virtudes, aquellas le siguen como hacen las crías con sus madres.
Di tu también siempre al dulcísimo Señor: quiero vivir muriendo, para que de la muerte venga la vida que no muere y ayude a la vida a resucitar a los muertos.
Debes humillarte ante Dios antes que abatir tu ánimo, si Él te reserva los sufrimientos de Su Hijo y quiere hacerte experimentar tu debilidad: debes elevar a Él la oración de la resignación y de la esperanza, aunque caigas por fragilidad, y darle las gracias por tantos beneficios de que te está enriqueciendo.
Besa a menudo con afecto a Jesús y le compensarás por el beso sacrílego del apóstol Judas.
Procura avanzar en la caridad: ensancha tu corazón con confianza a los divinos carismas que el Espíritu Santo quiere derramar en él…
Si queremos recoger es necesario no tanto sembrar mucho, como esparcir la semilla en buen campo, y cuando esta semilla se vuelva planta, vela para que la cizaña no sofoque las plantas tiernas.
¿Amas desde hace tiempo al Señor? ¿Le amas ahora? ¿No ansías amarlo para siempre?
No tengas ningún miedo.
Aunque hayas cometido todos los pecados de este mundo, Jesús te repite: te perdono muchos pecados porque mucho has amado.
Sufres, es verdad, pero con resignación y no temas porque Dios está contigo; tu no le ofendes, sino que le amas: sufres, pero crees que el mismo Jesús sufre en ti y por ti.
Jesús no te ha abandonado cuando huías de Él; mucho menos te abandonará ahora que quieres amarlo.
La humildad y la pureza de costumbres son alas que elevan hasta Dios y casi le divinizan. Recuérdalo: está más cerca de Dios el malhechor que se avergüenza de hacer el mal que el hombre honrado que enrojece por hacer el bien.
Debes tener siempre prudencia y amor. La prudencia tiene los ojos, el amor las piernas. El amor, que tiene piernas, quisiera correr a Dios, pero su impulso de abalanzarse hacia él es ciego, y a veces podría tropezar si no le guiara la prudencia que tiene los ojos.
La prudencia, cuando ve que el amor podría ser desenfrenado, le presta los ojos. Así el amor se calma y, guiado por la prudencia, actúa como debe y no como querría.
El grado sublime de la humildad es no sólo reconocer la propia abyección, sino amarla. He elegido, dice el profeta, ser abyecto en la casa de Dios, antes que vivir en los tabernáculos de los pecadores.
En el mucho hablar no falta el pecado.
Hay que saber confiar: existen el temor de Dios y el temor de Judas.
El miedo excesivo nos hace actuar sin amor, y el exceso de confianza no nos deja ver el peligro que debemos superar. Uno y otro deben ir de la mano y proceder como hermanos. Galería fotográfica
Nadie sea juez en causa propia. En el tumulto de las pasiones y en las circunstancias adversas nos sostenga la esperanza de su inagotable misericordia: corramos confiados a la penitencia,
Donde Él con ansia de Padre nos espera cada instante, y aún conscientes de nuestra insolvencia ante Él, no dudemos del perdón solemnemente pronunciado sobre nuestros errores. Pongamos sobre ellos, como lo hizo el Señor, un piedra sepulcral.
Las puertas del Paraíso están abiertas para todas las criaturas: acuérdate de María Magdalena.
La misericordia del Señor, hijo, es infinitamente más grande que tu malicia.
Quien dice que ama a Dios y no sabe frenar su lengua, su religión es vana.
Dios no hace prodigios si no hay fe.
Sacudámonos, porque la indolencia devora todo, la indolencia devora completamente todo.
Buscar, sí, la soledad, pero no faltar a la caridad con el prójimo.
A Dios se sirve solo cuando se le sirve como Él quiere.
Debéis esforzaros en dar gusto a Dios solo, y contento Él, contentos todos.