Parroquia El Buen Pastor – República Dominicana

Valor del Mes:
El Bautismo, identidad
Lema del Mes:
«Entonces conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.» (1 Jn 3, 18 )

La fundadora más joven en la historia de la Iglesia

Hoy se celebra a la fundadora más joven en la historia de la Iglesia

Este 13 de julio se celebra la fiesta de Santa Clélia Barbieri, una italiana fallecida a los 23 años de edad y que es la fundadora más joven de la historia de la Iglesia.

El día de su canonización, el 9 de abril de 1989, el Papa San Juan Pablo II dijo que “impresiona la altura de santidad alcanzada en un periodo de tiempo breve. Clélia es la fundadora más joven de la historia de la Iglesia. Su vida demuestra que la santidad de las almas es obra de la gracia divina, no de la estrategia o de la cultura humana”.

“¿No hay en esto acaso un mensaje del Altísimo para nuestro tiempo? Con la solemne canonización de la joven religiosa boloñesa Dios pone ante nosotros a una criatura humilde, frágil, privada de riquezas materiales y de cultura, pero rica en la sabiduría que los sencillos alcanzan en la oración, en las fuentes mismas de la Palabra revelada”, dijo entonces el Papa peregrino.

Santa Clélia nació en 1847 y desde muy pequeña conoció las dificultades de una vida con pocos medios económicos. Desde muy chica vivió buscando la voluntad del Señor.

Con la lectura del libro “La práctica de amar a Jesucristo” de San Alfonso María de Ligorio, se acercó cada vez más al Señor en su vida ascética.

Todos la querían en la escuela, en la catequesis y donde se desenvolvía. Con otras tres compañeras fundó en una casa muy humilde a las Hermanas Mínimas de Nuestra Señora de los Dolores. A pesar de las dificultades para la nueva fundación, siguió adelante con la ayuda del P. Gaetano Guidi, su director espiritual y párroco que confiaba en sus capacidades.

Era muy devota de San Francisco de Paula y su fundación lo tuvo a este santo también como inspiración. Se cuenta que una vez solo había un poco de aceite para la comida así que se encomendó al santo y se paró en la puerta a esperar que alguien les diera de comer.

La enfermedad se la llevó muy joven al encuentro definitivo con Cristo. Se cuenta que en el cuarto donde murió, sus hermanas pudieron escucharla rezando con ellas. Este particular “don” se repitió varias veces.

El Cardenal Giorgio Gusmini, Arzobispo de Bologna, ha escrito sobre ella una bella biografía que cuenta muchos detalles de esta joven santa.

(Fuentes: Aciprensa)

Fiesta de los santos padres de Santa Teresita de Lisieux

Fiesta de los santos padres de Santa Teresita de Lisieux

San Luis Martin y Santa Celia Guérin, padres de Santa Teresita de Lisieux, marcaron un hito en la historia de la Iglesia Católica: fueron la primera pareja matrimonial en ser canonizada en una misma ceremonia.

“Los santos esposos (…) vivieron el servicio cristiano en la familia, construyendo cada día un ambiente lleno de fe y de amor; y en este clima brotaron las vocaciones de las hijas, entre ellas Santa Teresa del Niño Jesús”, dijo el Papa Francisco el 18 de octubre de 2015, durante la misa en la que se celebró la canonización de los padres de Santa Teresita.

La historia de los esposos Martin-Guerin está llena de episodios ejemplares, no exentos de dolor y dificultades, que fueron capeados con la ayuda de la Gracia divina. Como muchas familias hoy, los Martin, después de diecinueve años de matrimonio y ante la crisis económica que asolaba Francia en ese momento, se vieron obligados a dejar la tierra en la que había vivido siempre y trasladarse a Lisieux. El deseo de los padres de Teresita era garantizar el bienestar y el futuro a sus hijos.

Luis Martín trabajó como relojero y joyero mientras Celia Guérin se convirtió en pequeña empresaria, dirigiendo un taller de bordado. Junto con sus cinco hijas, emplearon tiempo, esfuerzo y dinero en solventar los gastos domésticos y ayudar a quienes a su alrededor tenían necesidad.

Luis Martin nació en Burdeos (Francia) en 1823 y falleció en Arnières-sur-Iton (Francia) en 1894. Mientras que Maria Celia Guérin nació en San Saint-Denis-Sarthon (Francia) en 1831 y falleció en Alençon (Francia) en 1877.

Ambos fueron personas devotas desde muy jóvenes. Durante su juventud y antes de conocerse, María Celia quiso ser religiosa en el monasterio de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, mientras que Luis Martin sintió el deseo de consagrar su vida a Dios y se presentó al monasterio del Gran San Bernardo. Ninguno de los dos fue aceptado; Dios tenía un plan distinto para ellos.

Los jóvenes se conocieron y el entendimiento y el amor fue tan rápido y grande entre los dos que contrajeron matrimonio el 13 de julio de 1858, a solo tres meses de su primer encuentro. Llevaron una vida matrimonial ejemplar: misa diaria, oración personal y comunitaria, confesión frecuente, participación en la vida parroquial. De la unión de ambos nacieron nueve hijos, cuatro de los cuales murieron prematuramente.

Entre las cinco hijas que sobrevivieron estaba Santa Teresita, la futura Santa Patrona de las Misiones, quien ha sido una fuente invalorable para comprender la santidad de sus padres: Ellos educaron a sus hijas para ser buenas cristianas y ciudadanas honradas.

Entre 1882 y 1887, Luis acompañó a tres de sus hijas al Carmelo. El sacrificio mayor fue separarse de Teresa, que ingresó a la Orden Carmelita a los 15 años, e iniciaría su camino a la santidad.

Más información de la vida de estos nuevos santos aquí:

Biografía de San Luis Martin
Biografía de Santa Celia Guérin
Oración a San Luis Martin y Santa Celia Guérin
Especial de San Luis Martin y Santa Celia Guérin

(Fuente: Aciprensa)

5 inspiradores jóvenes de la Biblia

5 inspiradores jóvenes de la Biblia

LONDON, GREAT BRITAIN – SEPTEMBER 16, 2017: The scene of the Anointing of David by Samuel on the stained glass in church St Etheldreda by Charles Blakeman (1953 – 1953). Shutterstock | Renata Sedmakova

Inspiradores rostros: «¡Cuántos perderán su alegría y la pureza de sus almas por conquistar una careta, para luego pagar el amargo precio de tenerse que pasar la vida viviendo con ella puesta!”

Los sueños, metas, experiencias de la juventud marcan, a menudo, las decisiones que cambiarán o definirán, en varios aspectos, lo que será de nuestra vida en la adultez.

El encuentro con Jesús nos transforma, y cuando este nos sucede en la juventud, definitivamente, influye en lo que sigue para nosotros.

Varios de los personajes presentes en las Sagradas Escrituras, en los que nos podemos inspirar, conocieron a Jesús cuando eran jóvenes, y este encuentro cambió sus vidas para siempre.

José de Egipto

Su historia es una de las más inspiradoras de la Biblia. Aun siendo joven (a los 17 años) tuvo que pasar por grandes pruebas y sufrimientos: el desprecio de sus hermanos, el exilio, el olvido y la soledad.

Pero, como es frecuente, Dios se vale de la oscuridad para hacer grandes obras: hizo de José un hombre fuerte, compasivo, justo y generoso.

La búsqueda de su identidad, el perdón ofrecido a sus hermanos y la memoria de su Padre, son experiencias con las que cualquiera de nosotros puede identificarse.

Y nos hacen caer en la cuenta de que Dios siempre cumple sus promesas y transforma los corazones de los que se mantienen unidos a Él.

“Yo soy José, su hermano, el que ustedes vendieron a los egipcios. Pero no se apenen ni les pese por haberme vendido, porque Dios me ha enviado aquí delante de ustedes para salvarles la vida». Gen 45, 4-5

Samuel

Meditar en la actitud de Samuel siendo un joven dispuesto nos ha sacado más de una vez del sueño y la comodidad en nuestra vida.

Con su “Habla Señor que tu siervo escucha” (Samuel 3, 10) nos enseña, que, aun siendo pequeños, podemos ser maduros, felices y libres en la medida en que nos mantenemos disponibles la Señor, sea lo que sea lo que Él nos pida.

Rut

Rut, cuyo nombre significa “compañera”, fue una joven moabita que regresó con su suegra Nohemí, a Belén para hacerse cargo de ella.

No tenía por qué hacerlo pues no era su obligación. Dejó su tierra, su religión y abrazó el pueblo y la fe de Nohemí.

Se casó luego con Booz y su hijo primogénito, Obed, fue padre de Isaí y abuelo del Rey David.

La historia de Rut es sin duda una de las historias más bellas del Antiguo Testamento.

Rut, aunque era muy joven, es para nosotros modelo de mujer fiel, noble y llena de coraje. La fidelidad y fortaleza de Rut son comparadas con las de María.

“No insistas en que te abandone y me separe de ti, porque donde tú vayas, yo iré, donde habites, habitaré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios”. Rut 1, 16

David

La historia de David nos muestra cómo desde la inexperiencia y fragilidad, Dios nos hace expertos y fuertes.

Su obra se realiza en David porque Él lo quiere y David se dispone, se deja encontrar y responde con valentía:

“Quienes tienen como meta de su vida títulos, cargos, honores, brillos, ya pueden descansar una vez que los consiguieron; mas el que tiene como meta la de realizar su alma, siempre hallará nuevos caminos abiertos por delante, nunca sabrá dónde acaba su camino, porque cada día se hará más apasionante, más alto, más hermoso.

«¿Quién puede calcular -decía el mismo Wilde- la órbita de nuestra alma?».

Nada hay más ancho y fecundo que el alma de un hombre, esa alma que puede ser atontada por la morfina de las vanidades, pero que, si es verdadera, jamás se saciará con la paja de los establos brillantes del mundo.

Cuando David pastoreaba en el campo los rebaños de su padre, ¿sabía acaso que llevaba ya un alma de rey?

¡Dios mío, y cuántos muchachos llevarán por nuestras calles almas de rey y no lograrán enterarse nunca de ello!

¡Cuántos se pasarán la vida braceando por escalar puestos sin antes haberse escalado a sí mismos!

¡Cuántos perderán su alegría y la pureza de sus almas por conquistar una careta, para luego pagar el amargo precio de tenerse que pasar la vida viviendo con ella puesta!”.

Mateo

Un joven publicano insatisfecho y buscador, que se había acomodado a las riquezas y facilidades de este mundo, al que Jesús, solo con mirarlo, le revela el vacío de su alma.

Bastó que Mateo viera al Señor para que dejara todo y lo siguiera.

«Jesús, al irse de allí, vio a un hombre llamado Mateo en su puesto de cobrador de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» Mateo se levantó y lo siguió». Mateo 9, 9

Ojalá todos, como Mateo, podamos ver a Jesús que se cruza con nosotros en el camino y nos llama por nuestro nombre. En nuestra juventud o adultez el encuentro con Jesús nos cambia la vida.

(Fuente: Aleteia)

Memoria de Santa María Goretti, virgen y mártir

Memoria de Santa María Goretti, virgen y mártir

Uno de los momentos donde el Señor muestra su mayor amor por los sencillos es cuando dice que hay que tener cuidado con menospreciar el rostro de estos pequeños porque los ángeles y coros celestiales ven el rostro del Padre del Cielo. En este martes celebramos a Santa María Goretti. Nacida en Corinaldo (Italia), en 1890, procede de familia pobre y humilde. Al día siguiente de nacer, la pequeña es bautizada y consagrada a la Virgen, recibiendo la Confirmación cuando contaba con seis años.

Su madre, se esfuerza por educar a su hija en el verdadero temor de Dios, dentro de un hogar donde no faltaba la asistencia a la Misa los domingos, así como la oración en común, además del rezo del Santo Rosario. Pronto se verán obligados a emigrar a otras tierras para trabajar al servicio de los Condes de Mazzoleni. Allí coincidirán con la familia Senerelli, con la que mantendrán una gran relación.

Al año siguiente, muere el padre de María y su esposa se dedica al campo. Como no tiene tiempo para sus hijos, María se encarga de instruir a sus hermanos en la misma Fe que había sido educada ella. Después de haber recibido la Primera Comunión y haberse reafirmado en su Amor a Dios, viene la prueba.

Y es que Alejandro, hijo de la familia Senerelli, atentó contra ella. María puesta en trance de defender su castidad, prefirió morir antes que pecar. Su asesino le asesto diversas puñaldas con un punzón cortante. Así entregó la vida a Dios en 1902, perdonando a su enemigo quien, arrepentido, después de salir de la cárcel, terminó sus días haciendo penitencia como hermano capuchino. Ya había pedido María en el momento de entregar su vida a Dios que le quería tener con un corazón limpio junto a ella en el Cielo para siempre.

Fuente: Cope

Fiesta de Santo Tomás, apóstol

Fiesta de Santo Tomás, apóstol

Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de santo Tomás. El evangelista Juan, después de describir la aparición de Jesús, el mismo domingo de resurrección, nos dice que el apóstol Tomás no estaba allí, y cuando los Apóstoles —que habían visto al Señor— daban testimonio de ello, Tomás respondió: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20,25).

Jesús es bueno y va al encuentro de Tomás. Pasados ocho días, Jesús se aparece otra vez y dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente» (Jn 20,27).

—Oh Jesús, ¡qué bueno eres! Si ves que alguna vez yo me aparto de ti, ven a mi encuentro, como fuiste al encuentro de Tomás.

La reacción de Tomás fueron estas palabras: «Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). ¡Qué bonitas son estas palabras de Tomás! Le dice “Señor” y “Dios”. Hace un acto de fe en la divinidad de Jesús. Al verle resucitado, ya no ve solamente al hombre Jesús, que estaba con los Apóstoles y comía con ellos, sino su Señor y su Dios.

Jesús le riñe y le dice que no sea incrédulo, sino creyente, y añade: «Dichosos los que no han visto y han creído» (Jn 20,28). Nosotros no hemos visto a Cristo crucificado, ni a Cristo resucitado, ni se nos ha aparecido, pero somos felices porque creemos en este Jesucristo que ha muerto y ha resucitado por nosotros.

Por tanto, oremos: «Señor mío y Dios mío, quítame todo aquello que me aparta de ti; Señor mío y Dios mío, dame todo aquello que me acerca a ti; Señor mío y Dios mío, sácame de mí mismo para darme enteramente a ti» (San Nicolás de Flüe).

Fuente: Evangeli.net

Solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles

Solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles

Hoy es un día consagrado por el martirio de los apóstoles san Pedro y san Pablo. «Pedro, primer predicador de la fe; Pablo, maestro esclarecido de la verdad» (Prefacio). Hoy es un día para agradecer la fe apostólica, que es también la nuestra, proclamada por estas dos columnas con su predicación. Es la fe que vence al mundo, porque cree y anuncia que Jesús es el Hijo de Dios: _«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»* (Mt 16,16). Las otras fiestas de los apóstoles san Pedro y san Pablo miran a otros aspectos, pero hoy contemplamos aquello que permite nombrarlos como «primeros predicadores del Evangelio» (Colecta): con su martirio confirmaron su testimonio.

Su fe, y la fuerza para el martirio, no les vinieron de su capacidad humana. No fue ningún hombre de carne y sangre quien enseñó a Pedro quién era Jesús, sino la revelación del Padre de los cielos (cf. Mt 16,17). Igualmente, el reconocimiento “de aquel que él perseguía” como Jesús el Señor fue claramente, para Saulo, obra de la gracia de Dios. En ambos casos, la libertad humana que pide el acto de fe se apoya en la acción del Espíritu.

La fe de los apóstoles es la fe de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Desde la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, «cada día, en la Iglesia, Pedro continúa diciendo: ‘¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo!’» (San León Magno). Desde entonces hasta nuestros días, una multitud de cristianos de todas las épocas, edades, culturas, y de cualquier otra cosa que pueda establecer diferencias entre los hombres, ha proclamado unánimemente la misma fe victoriosa.

Por el bautismo y la confirmación estamos puestos en el camino del testimonio, esto es, del martirio. Es necesario que estemos atentos al “laboratorio de la fe” que el Espíritu realiza en nosotros (San Juan Pablo II), y que pidamos con humildad poder experimentar la alegría de la fe de la Iglesia.

Fuente: Evangeli.net

Memoria de San Ireneo, obispo y mártir

Memoria de San Ireneo, obispo y mártir

Una de las ramas teológicas más importantes en los primitivos tiempos del cristianismo fue la apologética que exponía la Doctrina de la Fe con claridad para defenderla de cualquier herejía. Hoy celebramos a San Ireneo de Lyón, uno de los más prestigiosos apologetas del Santoral. Su nacimiento se sitúa hacia el año 130 y formó parte del grupo de seguidores de San Policarpo, Obispo de Esmirna que, a su vez, fue discípulo del Apóstol San Juan.

Y en esta ciudad se educó hasta que el Prelado le mandó a Las Galias. Una vez allí, y más concretamente en Lyón, se ordena sacerdote en medio de un ambiente de cruel y cruenta persecución a los cristianos. Pronto será enviado como Legado a Roma para suplicar al Papa Eleuterio que trate el tema de los montanistas, herejes que surgieron de la mano de Montano, un hombre de Frigia que se autoproclamó profeta y aseguró que cualquier pecado mortal cometido alejaba de Dios de tal forma que ni el Sacramento de la Reconciliación lo podía perdonar.

Al mismo tiempo anunciaba como inminente la Segunda Venida de Cristo. Por entonces Ireneo fue elevado a la Sede Episcopal Lyonesa, en un momento en el que el gnosticismo de Marción, había impactado en las filas cristianas, señalando que el Dios del Antiguo Testamento es distinto del Dios Neotestamentario, promoviendo también que habría almas destinadas a la condenación, anticipándose a la doctrina de Calvino sobre la predestinación.

En esta desviación calvinista se defendía que Dios creaba a los hombres de propio para que unos se salvasen y otros se condenasen de propio. El Obispo de Lyón refutó tal desviación en su Tratado contra los herejes. Muere mártir en torno al año 200, destacando su frase “La gloria de Dios es que el hombre viva”.

Fuente: Cope

Un regalo de Dios para mí

Un regalo de Dios para mí

Viera Martínez, una hermana de nuestra parroquia El Buen Pastor, nos cuenta su testimonio sobre un sacramental que tanto deseaba. Tal vez te preguntes qué es un ‘sacramental’ y debes saberlo para poder entender la historia.

Los sacramentales son signos sagrados, muchas veces con materia y forma, por medio de los cuales se reciben efectos espirituales y que son actos públicos de culto y santificación. Pueden ser “cosas” o “acciones”, por la intercesión de la Iglesia (Cfr. CIC. no.1166). Algunos ejemplos son el agua bendita, objetos religiosos benditos y la señal de la Cruz.

Aquí la historia de Viera.

Hace aproximadamente tres años, el Señor me dio un gran regalo, un regalo que nunca pensé que iba a tener. Deseaba en mi corazón una reliquia de San Pío de Pietrelcina, deseaba un trocito de alguna ropa, de alguna prenda del Santo, pero me decía: «¿Y cómo?»

Los años pasaron y mi devoción por este santo crecía y siempre me decía: «Señor quisiera tanto una reliquia?» Pero cómo podría yo obtener alguna reliquia, eso es para gente muy especial del Señor.

Un día en un retiro, uno de los predicadores ofreció, a quien deseara, orar junto a las reliquias que él llevaba consigo de San Pío. El charlista es amigo de un anciano que era amigo del padre Pío y este señor le había regalado trozos de la sangre del santo, de su barba y de su ropa. Luego del retiro, le pedí que si podía rezar con esas reliquias y él amablemente me las prestó un ratito.

Días después me encontré con este chico y le manifesté que yo tenía un gran deseo de poder algún día tener alguna reliquia del Santo. Para mi sorpresa, me quedé estupefacta cuando él abrió su mochila, sacó un rosario que contenía una reliquia, UNA RELIQUIA DE PRIMER GRADO —según el hermano —, que también había reposado sobre el altar donde el santo padre ofrecía misas y sobre la tumba donde reposa su cuerpo incorrupto. Y me dijo: «El padre Pío tenía este regalo reservado para ti».

¡Yo me quedé estupefacta, yo no lo podía creer! Me puse el rosario durante dos semanas, de verdad que sentía que flotaba. ¡Yo estaba tan feliz y tan agradecida con Dios!

Antes de que todo eso ocurriera, había sentido una palabra en mi corazón. Semanas antes de este retiro, Jesús me hizo sentir ir a orar por los enfermos al hospital, pero que antes de ello Él pondría algo en mi pecho —nunca me imaginé lo que sería—.

Cuando perdí la reliquia

Estuve en unos servicios cantando misa. Recuerdo ese domingo haber cantado misas y un retiro y luego tenía una reunión con una religiosa. En el camino, el rosario se me extravió. Yo me entristecí mucho porque había perdido algo tan preciado.

Por más que pregunté y busqué y traté de recuperarlo no pude lograrlo, pero dije: «Madre si tú quieres, aparecerá».

Decidí no sufrir más, porque de verdad que fue una pérdida grande, ya sabrán lo que es perder un regalo de tal magnitud.

Pero gracias a Dios, al final de la misa de la noche de la Pascua de Resurrección, la hermana Ugier se acercó a mí con el rosario que tenía la reliquia y me dijo: «Estaba esperando verla para entregársela». ¡HABÍA VUELTO A MÍ!

Ella me había dado una bola a una reunión que tenía. Cuando íbamos orando en el camino, se me quedó el rosario en su auto, durante 9 meses no estuvo conmigo, y esa noche de Pascua ella me dijo que imaginó que me vería en la misa, por eso lo llevó en sus manos. Le di un abrazo que no la quería soltar. ¡QUÉ FELICIDAD!

Hace tiempo sentía que debía darle un significado mayor y tratar las cosas santas con más delicadeza, entonces ahora tengo un relicario con un trozo de la ropa de mi amado padre Pío.

¡Qué bueno es Dios!

Grados de las reliquias

El director del ministerio Tesoros de la Iglesia, P. Martins, explicó a ACI Prensa que las reliquias se dividen en varios tipos, como las de “primera clase” o también llamadas de primer grado, que son “el cuerpo o los fragmentos del cuerpo de un santo, como carne o un hueso”.

Indicó que también que existen las reliquias de “segunda clase”, que son “algo que le perteneció al santo como una camisa o un libro (o los fragmentos de esos objetos)”, y finalmente están las de “tercera clase”, que son “los objetos que el santo tocó o que han sido tocados por una reliquia de primera, segunda u otra de tercera clase”.

Puedes ampliar estos datos aquí 

Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

Hoy, celebramos solemnemente el nacimiento del Bautista. San Juan es un hombre de grandes contrastes: vive el silencio del desierto, pero desde allí mueve las masas y las invita con voz convincente a la conversión; es humilde para reconocer que él tan sólo es la voz, no la Palabra, pero no tiene pelos en la lengua y es capaz de acusar y denunciar las injusticias incluso a los mismos reyes; invita a sus discípulos a ir hacia Jesús, pero no rechaza conversar con el rey Herodes mientras está en prisión. Silencioso y humilde, es también valiente y decidido hasta derramar su sangre. ¡Juan Bautista es un gran hombre!, el mayor de los nacidos de mujer, así lo elogiará Jesús; pero solamente es el precursor de Cristo.

Quizás el secreto de su grandeza está en su conciencia de saberse elegido por Dios; así lo expresa el evangelista: «El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80). Toda su niñez y juventud estuvo marcada por la conciencia de su misión: dar testimonio; y lo hace bautizando a Cristo en el Jordán, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto y, al final de su vida, derramando su sangre en favor de la verdad. Con nuestro conocimiento de Juan, podemos responder a la pregunta de sus contemporáneos: «¿Qué será este niño?» (Lc 1,66).

Todos nosotros, por el bautismo, hemos sido elegidos y enviados a dar testimonio del Señor. En un ambiente de indiferencia, san Juan es modelo y ayuda para nosotros; san Agustín nos dice: «Admira a Juan cuanto te sea posible, pues lo que admiras aprovecha a Cristo. Aprovecha a Cristo, repito, no porqué tú le ofrezcas algo a Él, sino para progresar tú en Él». En Juan, sus actitudes de Precursor, manifestadas en su oración atenta al Espíritu, en su fortaleza y su humildad, nos ayudan a abrir horizontes nuevos de santidad para nosotros y para nuestros hermanos.

(Fuente: Evangeli.net)

Memoria de los Santos Juan Fisher y Tomás Moro, mártires

Memoria de los Santos Juan Fisher y Tomás Moro, mártires

La fidelidad a Dios siempre tiene un precio. Y el Señor en el Evangelio resalta que aquel que se ponga de su parte ante los hombres, también Él le defenderá ante los ángeles del Cielo. No así aquel que se abochorne de Él y sus palabras. Hoy celebramos a los Santos Juan Fisher y Tomás Moro, que dieron la vida por defender al Señor en la persona de su Vicario de Roma.

Juan Fisher, hijo de un modesto mercero, nació en el Condado de York (Inglaterra), estudiando Teología en Cambridge. Su talla espiritual y humana le hizo que fuese, excepcionalmente, ordenado sacerdote con veintidós años, siendo poco después Vicecanciller de la propia Universidad. Gran humanista, promovió diversas cátedras y fundaciones, siendo nombrado Obispo de Rochester, desempeñando un ministerio de verdadera entrega y servicio por amor al Reino de Dios.

Por su parte, Tomás Moro nació en 1477, y estudió en Óxford. Hombre de letras y también gran humanista, fue amigo personal y Gran canciller de Enrique VIII. Una de sus prestigiosas obras fue «Utopía», tanto en el plano moral como humano. Sin embargo, las cosas cambiaron cuando el rey se constituyó en cabeza de la Iglesia de Inglaterra porque la Santa Sede no le concedió la nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón, para casarse con la cortesana Ana Bolena.

Todo ello produjo un revuelo en el Parlamento y muchos políticos y eclesiásticos cedieron ante el trono inglés. Sin embargo, tanto Juan Fisher como Tomás Moro, obedecieron al Papa de Roma, echándole en cara al monarca su pecado, lo que les valió ser acusados de alta traición y depuestos de sus cargos. Ambos fueron decapitados, sufriendo muchos tormentos antes de ser ejecutados por defender su recta conciencia.

Fuente: Cope