“¡Cómo quisiera que por doquiera y en todas las lenguas se expresara la alegría por la Asunción de María!… Que todo hombre y toda mujer tomen conciencia de estar llamados, por caminos diferentes, a participar en la gloria celestial de su verdadera Madre y Reina”, decía San Juan Pablo II en 1995.
Cercanos a esta gran Solemnidad, que la Iglesia celebra cada 15 de agosto, aquí una novena en honor a la Virgen de la Asunción.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Primer día: ¿Cómo será eso, pues no conozco varón?
Versículo introductorio
V. El Señor la eligió.
R. Y la predestinó.
Introducción: El día 1 de noviembre de 1950, Pío XII definió solemnemente la Asunción de la Santísima Virgen María: “Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado, que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la Gloria celestial” (DS 3903).
Era obvio que la Madre de Dios, recibiera antes que nadie morada en el cielo y fuera glorificada para que desde allí continuase velando por sus hijos.
En momentos importantes, difíciles de la vida o en fechas memorables, nuestro primer pensamiento debe ir hacia la “madre”: su pensar, su sentir, su actuar… con cariño de hijos, recordar sus palabras, sus consejos. También la Virgen María, antes de su tránsito al cielo, nos dejó unas palabras, pocas, pero que son la clave para desvelarnos su semblanza humano-espiritual, a su paso por este mundo.
Lectura
Lc 1:26-34 “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”
Comentario
María, la joven doncella de Nazaret, a la que Dios le ofrece la maternidad divina, se sorprende del anuncio del ángel, pide una aclaración y recibe una respuesta misteriosa: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1:35).
María no comprende, pero cree y confía; no pone inconvenientes, no se para a pensar en sí misma: si está preparada, si tiene capacidades…; sabe que para Dios todo es posible y pone su vida a disposición de su plan divino, siendo Madre y Virgen a la vez.
“Esta opción del estado virginal por parte de María, que en el designio de Dios la disponía al misterio de la Encarnación… constituyó una opción valiente, llevada a cabo para consagrarse totalmente al amor de Dios” (M.C. 37).
Peticiones
a) Señor, por intercesión de la Virgen María, Virgen oyente, orante y oferente, te pedimos que también nosotros escuchemos y oremos tu Palabra divina y haz que nuestra ofrenda de cada día te sea agradable y sea dedicación a los que sufren para que permanezcamos fieles al evangelio y al espíritu de nuestra Santa Madre Fundadora.
Ave María… y Gloria al Padre
b) Señor, por intercesión de la Virgen María, que permaneció firme y fuerte junto a la cruz de su hijo, te pedimos para que sepamos estar junto a los enfermos y seamos portadores del evangelio, consuelo y paz.
Ave María…y Gloria al Padre
c) Señor, por intercesión de la Virgen María, que fue elevada al cielo y glorificada sobre los coros de los ángeles y santos, te pedimos que Ella mire con materno amor a todos y dirija nuestros pasos y nos impulse a encarnar el espíritu y carisma que vivió Santa María para que, recorriendo el camino de la caridad perfecta, lleguemos un día a la gloria del cielo.
Ave María… y Gloria al Padre
Oración final
Señor, te pedimos conservar la fidelidad a la misión de “estar” junto a los enfermos y ser para ellos signo del amor maternal de la Virgen María. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amen.
Ahora sí, “Móntate en El Buen Pastor” el 29 de noviembre
La espera terminó, como habíamos prometido, en noviembre vuelve Móntate con el Buen Pastor. El sorteo de una jeepeta cero kilómetro. Esta vez, son tres premios por solo mil pesos, puedes ganarte una jeepeta 2020, un televisor de 55 pulgadas y un fin de semana en un hotel del país, mientras colaboras para la terminación de nuestro “Salón Multiusos monseñor Pepén y monseñor Cedano”.
El sorteo será el domingo 29 de noviembre, en la Eucaristía de las 11:30 de la mañana, ante un notario.
Puedes adquirir tu boleta a la salida de las misas y en la Oficina Parroquial, teléfono 809-549-3916. Participan solo los boletos vendidos.
Transfiguración del Señor: Papa Francisco miren rostro de Dios para que ilumine su vida
Fuente: Vatican Media
El Papa Francisco recordó que el 6 de agosto la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor por lo que invitó a mantener la mirada fija en el rostro de Dios para que ilumine “los eventos de cada día”.
“Los invito a todos a mantener su mirada fija en el rostro resplandeciente de Dios, que la Liturgia de mañana nos invita a contemplar en Cristo transfigurado en el monte Tabor. Él es la Luz que ilumina los eventos de cada día”, dijo el Santo Padre al finalizar la Audiencia General de este miércoles.
Además, en su saludo a los fieles polacos, el Papa recordó que “en el monte Tabor, Jesús reveló su majestad divina a los discípulos, y a través de ellos, a todos nosotros” y añadió que “indicó como final de nuestra vida el camino hacia el Padre y hacia el cielo”.
Por ello, el Santo Padre dijo que “al emprender esfuerzos para sanar el mundo de hoy y construir el Reino de Dios, no podemos olvidar la exhortación que viene de Dios: ‘Este es mi hijo, mi amado, escúchenlo”.
En 2019, el Papa Francisco escribió en su cuenta oficial de Twitter @Pontifex_es que “en la Transfiguración Jesús nos muestra la gloria de la Resurrección: un vistazo al cielo en la tierra”.
En la Transfiguración Jesús nos muestra la gloria de la Resurrección: un vistazo al cielo en la tierra.
Así puedes participar del Día Internacional de Acción por las 2 Vidas el #8A
Este sábado 8 de agosto, más conocido como “8A”, el movimiento provida celebra el Día Internacional de Acción por las 2 Vidas, evento del cual podrás participar desde donde estés a través de un ordenador o cualquier dispositivo móvil.
El evento organizado por Unidad Provida, una red de más de 200 organizaciones de defensa de la vida, se transmitirá a las 5:00 p.m. hora de Argentina o 3:00 p.m. hora de México.
El programa online contará “con informes y entrevistas de impacto mediático y político, la vigencia de la Ola Celeste, y ayudar a posponer el tratamiento del proyecto de legalización del aborto en Argentina y en todo el mundo”, anunciaron los organizadores.
“Queremos visibilizar los estragos de los protocolos de aborto no punible en el país, especialmente en los sectores más vulnerables, así como el colapso del sistema de salud en situación de pandemia”, anunció Unidad Provida.
El Día Internacional de Acción por las 2 Vidas u #8A se realizará por segundo año consecutivo. Este conmemora el debate en el Senado argentino que rechazó despenalizar el aborto. El debate comenzó el 8 de agosto de 2018 y culminó con el triunfo provida en la madrugada del 9 de agosto.
Luego de esa victoria, el movimiento de la Ola Celeste, denominada así por el color de los pañuelos que usaron los activistas providas en el debate argentino, cruzó las fronteras inspirando a decenas de países a defender la misma causa.
Para esta fecha tan importante, Unidad Provida también hace un llamado a firmar la declaración del “Día Internacional de Acción por las 2 Vidas”, la cual se compromete, entre ocho postulados, a defender el derecho a la vida de todas las personas humanas, desde la concepción hasta la muerte natural; y promover leyes y políticas públicas para combatir la mortalidad materna, el abuso y el aborto.
Asimismo, “procurar una unidad cada vez mayor del movimiento provida, impulsando el diálogo entre la sociedad civil y la política, promoviendo la participación, especialmente de las nuevas generaciones y los sectores cuyos derechos están más vulnerados y compartiendo con generosidad iniciativas, conocimientos y recursos”, describe la declaración.
¿Qué es una audiencia general y de qué habla el Papa en ellas?
Papa Francisco. Crédito: Daniel Ibáñez / ACI Prensa
Luego de un periodo de descanso, este miércoles 5 de agosto el Papa Francisco retoma las audiencias generales que, debido a la pandemia del coronavirus, se seguirán realizando en la Biblioteca del Palacio Apostólico. En esta nota te explicamos qué son y de qué habla en ellas el Santo Padre.
En agosto de 2019, el diario del Vaticano, L’Osservatore Romano, publicó una nota en la que explica que “la audiencia general es un importante evento semanal (el miércoles) que, junto a los Ángelus (domingos) y las homilías de Santa Marta, además obviamente de las celebraciones del año litúrgico, representan el corazón espiritual del magisterio petrino”, es decir, del Papa.
En general y hasta antes de la pandemia del COVID-19, eran “encuentros con personas provenientes de todo el mundo, también no católicas, que dan ocasión al Papa de compartir una sencilla pero profunda catequesis sobre la fe cristiana” que pueden realizarse en la Plaza de San Pedro o en el Aula Pablo VI en el Vaticano.
Hasta agosto de 2019, las audiencias del Papa Francisco fueron 280. Desde entonces y en lo que va del año se calcula que se han realizado alrededor de 30 más, en las que el Santo Padre ha tocado distintos temas como la oración, las Bienaventuranzas y ha meditado sobre el Libro de los Hechos de los Apóstoles.
El 11 de marzo de 2020, ante la pandemia del coronavirus que ha cobrado la vida de casi 700 mil personas en todo el mundo, se realizó la primera audiencia general sin público y desde la Biblioteca Apostólica del Palacio Vaticano, transmitiendo la catequesis del Pontífice a través de los medios de comunicación oficiales del Vaticano.
El Vaticano tomó esta decisión para evitar las aglomeraciones de público e impedir que se difunda el virus.
En los últimos años, el Papa también ha reflexionado sobre el Adviento, la Navidad, la Cuaresma, la Pascua, los sacramentos, la familia, la esperanza, la Iglesia, entre otros.
En su catequesis del 24 de junio, la última antes del periodo de vacaciones, el Papa Francisco reflexionó sobre la oración del Rey David, de quien dijo “es virtuoso y pecador, perseguido y perseguidor. David fue todo esto; pero hay un hilo conductor que une toda su vida, que es la oración. Puede ser una oración con tonos de júbilo o de lamento, pero siempre en diálogo con su Creador, que lo escucha”.
“David nunca estuvo solo, aunque físicamente lo estuviera, porque —en medio de las mil dificultades de su vida— fue capaz de entablar una auténtica relación de amistad con Dios, el verdadero compañero del viaje del hombre”, agregó.
El Santo Padre también ha hecho diversos llamados a la humanidad en las audiencias generales. Se calcula unos 130. Algunos temas recurrentes han sido el del diálogo, la paz y la solidaridad, especialmente en estos tiempos de crisis.
El Papa retoma la Audiencia General y recuerda a los difuntos por el coronavirus
El Papa Francisco retomó este miércoles 5 de agosto la Audiencia General de los miércoles después de su período vacacional en el mes de julio. El Pontífice pronunció su catequesis desde la biblioteca del Palacio Apostólico del Vaticano debido a que las medidas para evitar un rebrote de la pandemia de coronavirus impiden celebrarla en la Plaza de San Pedro.
El Santo Padre comenzó su enseñanza recordando a los que sigue sufriendo el golpe de la COVID 19. “La pandemia continúa causando profundas heridas, desenmascarando nuestras vulnerabilidades”.
“Son muchos los difuntos, muchísimos los enfermos en todos los continentes. Muchas personas y muchas familias viven un tiempo de incertidumbre debido a los problemas socio-económicos que golpean especialmente a los más pobres”.
Ante esta situación, Francisco invió a “tener fija nuestra mirada en Jesús y, con esta fe, abrazar la esperanza del Reino de Dios que el mismo Jesús nos trae”.
Se trata, explicó el Papa, “de un Reino de curación y de salvación que ya está presente en medio de nosotros. Un reino de justicia y de paz que se manifiesta con las obras de caridad que, cada vez más, hacen crecer la esperanza y refuerzan la fe”.
El Pontífice pidió “un nuevo encuentro con el Evangelio de la fe, de la esperanza y del amor” que “nos invita a sumir un nuevo espíritu creativo y renovado”.
De esa manera, “estaremos preparados para transformar las raíces de nuestras enfermedades físicas, espirituales y sociales. Podremos curar profundamente las estructuras injustas y las prácticas destructivas que nos separan a unos de los otros, amenazando a la familia humana y a nuestro planeta”.
Asimismo, invitó a preguntarse: “¿De qué modo podemos ayudar a curar nuestro mundo de hoy?”. En ese sentido, recordó que la Iglesia, “aunque administra la gracia sanadora de Cristo mediante los Sacramentos, y aunque ofrece servicios sanitarios en las esquinas más remotas del planeta, no es experta en la prevención y en la gestión de la pandemia”.
Menos aún “da indicaciones socio-políticas específicas. Eso es competencia de los dirigentes políticas y sociales. En cambio, a lo largo de los siglos, y a la luz del Evangelio, la Iglesia ha desarrollado algunos principios sociales fundamentales, principios que nos pueden ayudar a avanzar y preparar el futuro que necesitamos”.
Algunos de esos principios son “la dignidad de las personas, el bien común, la opción preferencial por los pobres, el destino universal de los bienes, la solidaridad, la subsidiaridad, el cuidado de la casa común”.
“Todos estos principios”, subrayó el Obispo de Roma, “expresan de modos diferentes las virtudes de la fe, de la esperanza y del amor”.
El Papa Francisco concluyó su catequesis anunciando que en las próximas semanas dedicará la catequesis de la Audiencia General de los miércoles a “afrontar juntos cuestiones importantes que la pandemia ha puesto de relieve, sobre todo las enfermedades sociales”.
El camino de la Providencia siempre es insospechado. Nadie se imagina por dónde nos puede llevar el Señor para cumplir sus voluntad que siempre es para gloria suya y bien de nuestras vidas. Hoy celebramos la Dedicación de la Basílica de Santa María. Tras celebrarse el Concilio de Éfeso el año 431, en que se proclamó el Dogma de Santa María, Madre de Dios, el Papa Sixto III, levantó en el Monte Esquilino una Basílica en honor de la Virgen.
Con el tiempo, esta Iglesia, que es el Templo Mariano más grande en Occidente, se llamaría Santa María La Mayor. Cuenta precisamente la historia que, en tiempos del Papa Liberio, había una familia muy rica en la Ciudad Eterna, al tiempo que caritativa, por lo que nunca faltaba ayuda de su parte, a los necesitados.
No habían tenido hijos y en un supremo gesto de amor a la Virgen le pidieron cuál sería la mejor forma de emplear ese dinero, que ellos consideraban Don de Dios. Además, no lo podían invertir en herederos directos con los cual decidieron ponerlo mejor a disposición de la Iglesia como así se lo dijeron al Papa. Pronto encontraron la respuesta al tener por separado la visión donde la Reina de los Cielos les pedía que construyesen una Iglesia donde Ella les indicase.
Algo similar vio el propio Pontífice. Entonces el Papa organiza una Procesión -siguiendo las instrucciones de cómo debía hacerse- hacia el lugar señalado por la Señora, encontrándole nevado en pleno mes de agosto, en que por estación climatológica, era imposible este fenómeno meteorológico. En el tramo donde se ve la nevada es donde entienden que ha de levantarse el Sagrado Templo. Por ello, le ponen el Nombre de Nuestra Señora de las Nieves. En este Recinto Sacro, se conserva un trozo de la Cuna de Belén.
No te desanimes: el poder de Dios está ahí y siempre hay alguna semilla que da fruto
Nuestra vida es una historia, habla inevitablemente. Cuando alguien nos cuenta una, solemos identificarnos con algún personaje o con alguna situación.
Jesús también tuvo la suya y nos contó varias. Su forma de comunicarse fue básicamente contarnos relatos, participar de esas historias para que pudiéramos recordar. Así como vivimos de historias, también nos comunicamos con ellas.
Nuestra forma de comunicarnos dice mucho sobre cada uno. Existe una relación profunda entre las palabras que pronunciamos, o que evitamos decir, y las relaciones que construimos.
Hablamos con nuestros silencios, con nuestra apariencia, con nuestras decisiones y con nuestra indiferencia. Nuestra vida es una parábola, se muestra a los demás. Nos revelamos por lo que somos.
La forma en que nos comunicamos, por lo tanto, siempre deja una marca, no pasa sin dejar rastro en el terreno de la vida de los demás. La forma en que cruzamos esos campos también dice cómo amamos.
Una forma de amar
Esta dinámica está en la base de la imagen del sembrador usada por Jesús. De hecho, Dios también cruza el terreno de nuestra existencia, esparce en él la semilla y lo encuentra en diferentes condiciones.
melhijad | Shutterstock
Al escuchar esta parábola inevitablemente nos surge la pregunta: ¿qué tipo de terreno soy?
Hoy, sin embargo, me parece que esa pregunta es inapropiada. Pensándolo bien nos damos cuenta que la parábola no quiere condenar o recompensar nuestra situación.
La parábola quiere que comprendamos que, en cualquier condición en la que nos encontremos, Dios continúa comprometiéndose con nosotros.
Dios esparce su palabra, se comunica a sí mismo, pone su esperanza en cada uno y nos ama, sea cual sea la temporada que estemos pasando.
Como un campo vive diferentes estaciones, nuestra vida está marcada unas veces por la superficialidad o por la preocupación y el sufrimiento; y otras, por la disponibilidad y la fe.
A veces estamos como piedras, petrificados y cerrados por el dolor; otras, entusiasmados pero inconstantes; o quizás dispuestos, pero llenos de apegos; o, por último, nos encontraremos abiertos y receptivos, preparados para dar fruto.
Este sembrador representa no solo la forma en que Dios siembra su palabra en nuestras complicadas existencias, sino que también representa la forma en que Dios ama cada tierra.
El sembrador no espera a que el campo esté listo para recibir la semilla, sino que pone la semilla sobre cualquier tipo de suelo.
El sembrador no hace cálculos, no siembra solo donde planea cosechar más fruto, sino que corre el riesgo de invertir en cualquier tipo de terreno.
Parece que desperdicia su alimento, pero lo hace en la esperanza de que el mañana multiplique lo que hoy desparrama.
Así de débil y temblorosa es la esperanza. Dentro de su corazón se pregunta: si es la misma semilla la que reparte para todos, ¿por qué produce frutos tan diferentes? ¿por qué unos creen y otros no?
Al final todo será cuestión de tiempo: las semillas que tardaron en recibir acogida en los diferentes terrenos, terminarán germinando.
Perder para ganar
Kazoka | Shutterstock
La forma en que trabaja el sembrador habla del estilo en el que Dios ama: quien realmente lo hace, desperdicia, no hace cálculos, no espera que el otro sea perfecto para amarlo, no se compromete solo donde sabe que puede aprovecharlo o donde espera tener un retorno.
Eso no es amor y, sobre todo, no es el estilo de Dios.
Para el Evangelio, realmente amamos cuando arriesgamos, cuando desperdiciamos, cuando también estamos dispuestos a perder. De lo contrario, habríamos estado en lo correcto, pero no en el amor.
Y precisamente allí está el centro de la parábola: Jesús nos enseña a no desanimarnos, el poder de Dios actúa y siempre hay alguna semilla que da fruto.
Dios sabe eso y quiere depender de los terrenos que Él ha creado. Es el misterio de la libertad respetada por un Dios que pide que aceptemos sus dones, que nos invita a ser buena tierra, pero que nos acepta como somos y siembra sobre nuestra fecundidad o sobre nuestra dureza.
Nosotros vivimos con la esperanza de que cuando esa semilla caiga sobre nuestra fecundidad, dé buenos frutos que permanezcan. Frutos que nos mantengan abiertos a recibir siempre los dones del amoroso sembrador.
Aquí algunas inspiradoras frases de la Biblia para mantener la esperanza y perseverar.
Moni y Sergio comparten todo lo que han aprendido en 8 años de casados… ¡y no es poco!
¡Cuántos divorcios! ¡Cuántos matrimonios en crisis! Es la otra pandemia mundial, que deja muertos y heridos espiritualmente; pandemia de la cual nadie habla. ¡Cuántos matrimonios destruidos y familias dañadas por los resentimientos y heridas no perdonadas!
Moni y Sergio le compartieron a Aleteia cómo el sacramento de la confesión salvó su matrimonio; nos dejaron ver un poco de su intimidad como esposos para permitirnos conocer cómo Dios ha sanado sus heridas a través de este sacramento poderoso, el cual también es un arma para detener los egoísmos que buscan destruir el amor, el matrimonio y la familia.
El testimonio de Moni y Sergio puede ayudar a otros matrimonios a encontrar respuestas y esperanza ante la crisis que pueden estar viviendo.
Moni y Sergio, muchas gracias por concedernos esta entrevista para Aleteia. ¿Nos pueden compartir su nombre completo, de dónde son, cuánto tiempo llevan de casados, si tienen hijos, y dónde viven actualmente?
Somos Mónica Olvera Macedo, originaria de Querétaro, y Sergio Alejandro Aguillón Melgar, nacido en Ciudad de México.
En septiembre cumplimos 8 años de casados. Tenemos 3 hijos: dos niñas, de 5 y 3 años, y un niño de 9 meses. Actualmente vivimos en el municipio de Corregidora, Querétaro México.
¿Qué ha significado para ustedes el casarse, y esta frase tan famosa de las telenovelas y los cuentos de hadas: “Y vivieron felices para siempre”? ¿Es así el matrimonio?
Mónica: Yo sí puedo decir que yo soy una persona soñadora, y que sí me casé con la ilusión de vivir un poco como la historia del cuento de hadas de Disney.
Reconozco que hubo una influencia de estas caricaturas, que finalmente sí son una caricatura del amor, pues nunca te cuentan qué pasa después de que se casan, porque todas estas películas acaban en una boda o en que se dan el beso final y ya son felices para siempre.
Yo entré al matrimonio teniendo mucho de referencia lo que vi en el matrimonio de mis papás. Crees que las cosas van a darse de un modo, que el ritmo de vida y el transcurrir diario va a ser de una determinada manera.
Y a veces depositas ciertos deseos en la otra persona que quieres que los realice. A mí me pasó: en mi mente me inventé cómo era el esposo perfecto, y quería encasillar a Sergio en ese prototipo.
Pero me fui dando cuenta de que muchas de esas cosas no se llevaban a cabo, no se realizaban, y eso me hizo sentir desilusión, preguntarme si me equivoqué de esposo, si él me amaba lo suficiente, y preguntarme qué pasaba y por qué las cosas no se estaban dando como en el matrimonio feliz que yo imaginé.
Pero era más bien porque yo venía cargada de imágenes, de modelos que no eran la realidad; no estaban basados en la persona verdadera de Sergio.
Fui cayendo en la cuenta de que tengo que partir de conocerlo a él en su totalidad, descubrir todo lo bueno que él es, que él tiene; apreciar eso y apreciar también lo que no tiene, lo que no es, y, por decirlo así, sus limitaciones.
Aceptarlo tal como es, y aceptar su amor como él lo manifiesta, no juzgando que él no me quiere sólo porque manifiesta su amor de diferente forma a la que yo esperaba o imaginaba.
Ahora que veo la situación con un poco más de camino andado y de experiencia, me doy cuenta de que es imposible que pueda darse un ”vivieron felices” con la felicidad que solemos identificar con el estado de ánimo siempre alegre, siempre motivado, siempre contento.
Porque hay muchísimas situaciones, no solamente entre nosotros, que pueden hacernos sufrir, que pueden causarnos tristeza, como son las dificultades de salud, las dificultades económicas o las de trabajo.
Y no se diga todo lo demás que nos puede entristecer o afectar que les sucede a los demás miembros de nuestra familia o incluso a amigos, o situaciones mundiales.
Todas esas son situaciones que nos afectan y nos hacen fluctuar en los sentimientos.
Sin embargo, algo que Sergio muchas veces dice, y creo que tiene razón, es que más que buscar la felicidad como un estado de ánimo o un estado sentimental, es más bien vivir con paz y con amor cada una de esas situaciones.
O sea que, aunque pueda haber cambios, y en un mismo día puedas pasar de la alegría al enojo, y del enojo a la tristeza, que en tu corazón y en tu conciencia siempre esté presente el buscar a Dios, el pedir ayuda a Dios, el desear hacer su voluntad y tomar decisiones de amor, guiados realmente por la caridad.
Creo que es cuando se puede decir que un matrimonio verdaderamente es feliz: tener a Dios siempre contigo, saber que siempre está queriendo intervenir en tu historia, en tu presente, para mejorarlo, para ayudarte a trabajarlo y ayudarte a tomar mejores decisiones.
Sergio: La felicidad es una búsqueda constante. Como católicos, como cristianos, sabemos que la felicidad es la vida eterna, donde será la plenitud.
Y en este mundo también estamos llamados a ser felices, y un cristiano está llamado a vivir el don de la alegría, ese fruto del Espíritu; y eso incluso en un sentido, digamos, muy natural de estar bien, de bienestar.
Entonces, ¿se pude ser feliz? Sí. ¿Se puede ser feliz para siempre? Sí, sí se puede; pero eso no quita que haya altos y bajos, pues hay etapas como en todo, y es normal, como hay ciclos en la vida: te da sueño, te da hambre, ya comiste y ya no tienes hambre, ya dormiste y ya no tienes sueño.
Es igual en los votos matrimoniales, cuando “te leen la cartilla”: en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad; y pues así nos animamos y dijimos “sí” junto con Dios.
¿Qué ha significado el sacramento de la confesión en su vida matrimonial? Ustedes, en redes sociales, tienen un post donde dicen que la Confesión literalmente “ha salvado” su matrimonio; ¿pueden hablarnos acerca de esto?
Sergio: El sacramento de la confesión para mí realmente ha sido un punto fundamental, que he vivido como nunca en mi vida.
Antes de ser novios, me hubiera confesado una vez al año antes de Semana Santa, y hubo muchos años que no lo hice.
Pero ya en el noviazgo me fui acercando cada vez más a ese sacramento, y ahorita es mi piedra angular.
Recién casados me preguntó un amigo: “¿Qué ha sido para ti lo más difícil en el matrimonio?”, y le respondí: “Pues yo, lo más difícil he sido yo mismo”.
Es que enfrentarme a mi realidad, a mi miseria, a mi pobreza, eso afecta a la otra persona a la que amo o a la que digo amar, y obviamente la puedo llegar a herir, así como la puedo amar.
Entonces lo más difícil es enfrentarse a uno mismo, y justamente en el sacramento del matrimonio se ve reflejada la humildad y la obediencia, lo que más ama Dios.
La humildad porque debes reconocer tus flaquezas, tu debilidades, tu pecado, tus equivocaciones, llevándote a un estado de incomodidad que te hace preguntarte qué está pasando, qué hice, qué dejé de hacer.
Y te pones ante un espejo y te ves y dices: “Ese soy yo, esa es mi mala cara”. Y entonces recurres a la misericordia de Dios, al sacramento de la reconciliación y al sacramento del matrimonio mismo como caminos de santidad.
Sabemos que Dios perdona, pero también hay que esperar el perdón de la otra persona.
En nuestro caso no hemos pasado por situaciones muy difíciles como otros matrimonios; sin embargo, el disgusto ahí está, y queremos ser felices para siempre.
Y eso no nos lo permite y nos hace sentir sumamente mal, viendo que eso no tiene otra salida que el sacramento de la confesión para dar claridad, para dar luz, para renunciar a aquello que hizo daño: mal carácter, vicios o lo que tengamos; en una palabra, al pecado.
Y recibir también el sacramento de la Eucaristía para recobrar la libertad y, con esa libertad, poder acercarte a tu cónyuge y poder decirle: “Perdóname, te juzgué”, o “Perdóname, me equivoqué”; inclusive: “Te perdono”.
Se requiere mucha ayuda del Espíritu Santo. En ocasiones no sé ni qué decir, no sé ni cómo empezar a hablar aunque sé que debo empezar a hablar; entonces hago una oración antes, y después de hablar también damos gracias.
En otras ocasiones he parado discusiones, pues se da uno cuenta de que eso ya no está normal, se siente como la insidia de “el chanclas” (el demonio) metiéndose.
Entonces me digo: “Mejor yo ya me callo porque ya no soy yo”. Ahí anda la tentación, ahí anda el ataque al matrimonio; por eso se necesita desarrollar una sensibilidad, y eso se logra por medio de la oración.
Mónica: En mi caso, al tener el sacramento de la confesión como algo recurrente, me hace darme cuenta de que ahí es donde debo ir a entregar todas esas omisiones -porque muchas veces son pecados de omisión: todos esos actos de generosidad, de servicio, de paciencia, de ceder, de no criticar, de no centrarme en lo negativo, etcétera-.
Vas y los entregas y pides perdón por no haber amado a tu esposo como Dios quiere que lo ames, como él merece que lo ames y como él necesita que los ames, porque nuestra necesidad básica es amar.
Pero también vas para obtener la fuerza y la gracia para que puedas amar y puedas dar un paso, avanzar.
Y confesarme frecuentemente me hace ver que esto es una lucha continua que no va a terminar hasta la muerte, y que estamos en un campo espiritual toda nuestra vida.
Por más que vivamos apoyados de los sacramentos, que son nuestra fortaleza; por más que oremos y nos encomendemos a la Virgen María todos los días, y que recemos la oración a san Miguel Arcángel; por más que tomemos retiros para matrimonios o cursos de comunicación, siempre va estar nuestra debilidad humana, nuestra tendencia al mal, y siempre va estar el Enemigo queriéndonos tentar.
Y vamos a estar en un mundo que es contrario al valor del matrimonio, de la entrega, de la humildad, de la fidelidad, de la castidad, etcétera.
Yo sí he tenido momentos en que me canso y digo: “¿Por qué esto es tan difícil de superar? ¿Por qué no logro mejorar? ¿Por qué me siento estancada o parada en el mismo lugar? Y creo que es por todo esto: porque convivimos con estos tres enemigos: Demonio, mundo y carne.
Pero, por otro lado, están todo el tiempo estos medios también: el recurrir a la oración, el recurrir a la confesión, y creo que eso es lo que nos va a ayudar toda nuestra vida.
Creo que nunca nos vamos a graduar o recibir nuestro diploma de “Matrimonio fuerte, fiel, firme y santo”, sino que en esta Tierra nos va a tocar estar entre caídas y levantadas, y esas levantadas son las que Jesús me da cada vez que acudo a la confesión.
Cuando voy a la confesión me imagino que sólo voy a ver a Jesús; pues sí da mucha pena ir con un sacerdote, más aún si el sacerdote te conoce y te ve en Misa.
Porque qué pena que vea cómo soy una persona incoherente, incongruente, tan débil; y destapar en la Confesión la verdad, porque a los ojos de los demás puedes parecer un matrimonio lindo, unido, cercano a la fe, pero no saben cómo eres, cómo atiendes a tu esposo, qué cara le pones, cómo reaccionas cuando no hace lo que tú quisieras.
Es decir, sólo Dios vive dentro de tu hogar, en tu corazón y en tu cabeza, y realmente conoce tus intenciones. Así como conoce lo más heroico en ti -tu lucha, tus sacrificios, tus buenos actos-, ve también tu debilidad.
Entonces, pensar que Él te está esperando, que Él te espera con misericordia, con compasión, no como juez, sino más bien como un padre que te quiere ayudar a limpiarte a sanarte de todas las heridas, es de gran ayuda.
Cuando yo me he sentido con la dificultad de perdonar algo, o creo que no puedo volver a tener la misma relación por algo que sucedió entre nosotros, voy con Él, y después de la confesión me regresa esa esperanza de que podemos ser felices juntos, de que realmente hay amor, que ambos estamos buscando el amor de verdad, con todas nuestras limitaciones.
Porque a veces el Enemigo me ha hecho pensar que no hay amor verdadero, que como esposa sólo estoy como trabajadora, como la que lava los platos, la que cocina, la nana de los niños.
Y eso es triste, porque es como sentirse un poco instrumentalizado.
Pero creo que es más bien la influencia del Enemigo, que te muestra como que el hacer todo esto fuera solamente un servicio que prestas y por el cual no eres recompensada, no eres amada como persona, no eres valiosa por el simple hecho de que eres la esposa.
Y cuando voy a la confesión y comparto esto, Dios me regresa la verdad de que mi esposo es como el mensajero número uno para transmitirme el amor de Cristo, ¡a mí!, y que Él me lo dio como un regalo.
El Señor me lo ha dicho en algún momento de oración: que Él me regaló a Sergio, y que a través de Sergio me quiere demostrar su amor, también de forma física, de forma tangible.
Ante la crisis del matrimonio a nivel mundial, con tan altos índices de divorcios y de violencia intrafamiliar, ¿es posible sanar esas heridas durante el matrimonio?
Mónica: Yo creo que muchas de mis heridas no las identifiqué hasta ya estar casada; no afloraron hasta entonces. En mi caso no me quedó otra que identificarlas y trabajarlas en el matrimonio.
Y sí, evidentemente porque vi el daño que producen al otro y que me producen a mí, y el efecto que tiene también sobre mis hijos.
Y que es algo que me importa muchísimo, porque tenemos esa responsabilidad no sólo entre los cónyuges de tratarnos bien, de santificarnos y de ayudarnos, sino que también ya tenemos como responsabilidad el ejemplo que damos a nuestros hijos.
Además, el tener esas heridas es algo que nos detiene en nuestra felicidad, en nuestro crecimiento al que estamos llamados.
Pero Dios poco a poco te las va mostrando a través de los hechos, de tu historia; y en la medida en que uno las va reconociendo o las va descubriendo, puedes buscar la ayuda.
Hoy en día creo que existen muchos medios -psicológicos, cursos, retiros,…- que te ayudan a detectar esas heridas emocionales que frecuentemente vienen desde tu infancia, de tu adolescencia, de experiencias que no tienen que ver con tu cónyuge, pero que las traes como patrones de comportamiento o como cuestiones muy arraigadas de tu personalidad o de tu carácter.
Siempre me ha gustado que esas herramientas terapéuticas o psicológicas te sirven para detectarlas, con la ayuda también de Dios; te ayudan a ordenarlas.
Pero el que te va a sanar con su amor, con su perdón, con su luz, con su compañía, con su gracia, es Dios, es Jesús. Así que hay un complemento entre lo psicológico y lo espiritual.
Es a través de varios retiros que yo he ido descubriendo poco a poco mis heridas y las he ido sanando. Eso es lo que yo les recomendaría: buscar, cursos, retiros o congresos católicos, con profesionales tanto de la salud mental como de la salud espiritual católica, para poder sanar sus heridas viejas, así como las heridas nuevas que en el camino del matrimonio te vas haciendo.
Porque tus viejas heridas hacen que tú hieras a tu cónyuge y a tus hijos; porque, sin tú quererlo, el daño que tú tienes llega a causar lo mismo en tus seres queridos.
Para eso también sirve mucho la confesión, que es contárselo a Cristo; porque Cristo es el que está en el confesionario; no es en ese momento ya el sacerdote.
Y una vez que te confiesas y recuperas ese perdón por dañar al amor, por dañar la santidad de tu matrimonio, por dañar el fin para el que estás llamado, entonces ya puedes recibir la Comunión, recibir al que es el Amor, al que va a trabajar con el Espíritu Santo en tu alma.
Sergio: Hay que reconocer, pues, que uno tiene heridas. Por eso, en la medida de lo posible, hay que sanar esas heridas antes de casarse.
¿Quién quiere ir a la guerra sin fusil? Y tampoco se va a mandar a la guerra a un soldado manco, a un soldado que tenga una herida que se le va a infectar, porque no te va a rendir sino que va a ser una carga.
Sin embargo, antes de buscar sanar esas heridas, lo principal es buscar hacer a Jesús el centro de tu vida, buscar el santo temor y vivirlo, es decir, querer ser santos.
Es lo principal, porque, con eso, siempre que tú reconozcas tu pecado, vas a ir a confesarte. Si sabes que tienes una herida y ves que te sobrepasa, le vas a pedir a Dios ayuda y sanación.
Y vas a buscarla mediante retiros, libros, psicólogos, doctores; pero, sobre todo, vas a buscar al Médico de médicos, y Él te va a sanar.
Pero puede haber heridas que sólo se van a manifestar hasta que estés casado, con la convivencia con tu cónyuge; o hasta que seas padre, si Dios te da ese don. Y entonces van a salir esas heridas, esos traumas o esos vicios. Así que yo creo que es imposible que llegues al matrimonio completamente sano, aunque sí es posible que ya hayas trabajado muchas cosas. La única solución es que antes de casarte ya hayas buscado hacer de Dios el centro de tu vida.
Mónica: El esposo es uno los principales medios que Dios usa para sanarnos. Porque si se trata, por ejemplo, de una carencia afectiva que hayamos tenido o sufrido, Dios la puede sanar a través del amor de nuestro esposo.
O si tuvimos o tenemos algún complejo, a través de la aceptación y del respeto y valoración de nuestro esposo es que podemos sanar ese complejo.
Es decir, cuando el esposo está también en esa sintonía de amar al estilo de Dios, se vuelve él como su prolongación, nuestro médico particular que nos va a ayudar a llenar también esos huecos que tenemos o esos daños que nos hicieron; él nos ayudará a ver que no todos los hombres son iguales.
Conozco historias de personas que fueron abusadas, incluso sexualmente, y que después encuentran a un hombre que las ama, que las cuida, que las protege, que las respeta; justo lo opuesto a lo que otros hombres hicieron con ellas.
Entonces somos también medios de sanación de parte de Dios, cuando nos ponemos en sus manos.
Sin embargo, si una persona soltera se diera cuenta de que pudiera tener algún problema, como que se enciende un foquito de alerta, creo que sí conviene muchísimo que lo atienda en ese momento, que no lo deje pasar; que busque desde ese momento irlo sanando.
En mi caso personal, desde novia yo ya empezaba a detectar que tenía quizá falta de autoestima, problemas de seguridad personal, falta de confianza en mí misma.
Pero para mí no fue un alto para casarme; me casé con la conciencia de que eso podía afectarme, y que necesitaba buscar ayuda.
Creo que no es un impedimento para casarte cuando sabes lo que te pasa y tienes el propósito de atenderlo.
Pero si no quieres atenderlo, si no quieres cambiar, si no quieres mover un dedo ni pedirle a Dios que te ayude ni nada, pienso que no estás en disposición de casarte, porque el casamiento es una vocación a la santidad y, por tanto, a renunciar al mal, a renunciar al pecado.
¿Qué mensaje final les gustaría dar a los novios, a todos los que están en discernimiento a fin de decidir si se casan o no se casan, pero también para todos los matrimonios donde hay dificultades?
Mónica: Definitivamente he comprobado que somos personas imperfectas y que estamos en proceso de construcción, que Dios es el que nos está moldeando si nosotros se lo permitimos.
Y como estamos justamente en un proceso, todas aquellas carencias o limitaciones llegan a dañar a los demás, especialmente a tu esposo.
Y muchas veces no es voluntariamente, sino que son fragilidades de nuestra condición humana.
Se hacen presentes cuestiones como el egoísmo, el estar enfocado en cómo el otro me trata, el cómo el otro es conmigo, y no tanto re-direccionando el foco al cómo eres con el otro, qué es lo que tú le das al otro, cómo es que tú ayudas a la otra persona.
Y a veces, al estar al pendiente de lo que recibes, te hace a ti dejar de dar.
También, humanamente, es difícil ser constante, todos los días dar tu mejor esfuerzo; a veces hasta por falta de voluntad, o incluso porque esperas que el otro te reconozca y te agradezca lo que haces.
Es decir, a veces nuestro amor es condicional porque depende del otro, de la reacción del otro; es un amor un poco interesado, no un amor incondicional como el de Dios, que da gratuitamente, da a manos llenas al bueno y al malo, al santo y al pecador, con todos es generoso.
Muchas veces en el matrimonio estamos muy deseosos de que el otro dé para yo dar, que el otro dé el primer paso para yo seguirle.
Tiene un peso muy fuerte el orgullo cuando piensas que el otro no está dando, que el otro te ha herido, que el otro te ha lastimado, que está siendo injusto, etcétera.
Entonces tiende uno a poner una coraza, a encerrarse en sí mismo y a no querer salir de ahí hasta que el otro venga y te pida perdón, o reconozca que se equivocó.
Y mientras tanto, se vive una lejanía, o se toman actitudes que son ofensivas, que hieren; o simplemente que provocan un apartamiento con esos silencios que no son por paz sino porque se rompe la confianza o se rompe la armonía.
Y duelen demasiado, porque fuimos hechos para estar en comunión, en alegría.
Sergio: Hay que entender que el matrimonio es de tres. A lo mejor suena trillado, pero así debe ser: el matrimonio debe ser con Dios.
Y Dios no te deja solo; permite las pruebas, permite las tentaciones para nuestro bien, aunque a veces no lo entendamos.
Dios también nos pregunta: “¿Qué necesitas? ¿Cómo te ayudo? ¿Qué hago por ti?”. Y uno tiene que poner de su parte, mediante discernimiento.
Yo busqué a una mujer que amara a Dios por lo menos como yo buscaba amarlo, y eso que yo no soy santo; por eso buscaba yo una esposa que por lo menos creyera en Dios como yo creía en ese momento.
Y encontré una mujer que me sobrepasó; pero eso me ayudó a retarme a mí mismo y a decirme: “¿Quieres ser santo? ¡Pues puedes ser santo! Y hay una mujer que busca también la santidad como yo!”.
Si en el noviazgo los dos están por ese lado, ¡excelente! Ahora bien, si alguno de los dos anda un poco flaco, hay que ver que hay etapas en el enamoramiento.
Pero el amor es de ciencia, es de pensarse, de analizarse fríamente; ya después vendrá el romanticismo, siempre hay que buscarlo, y estar siempre enamorando y enamorando al cónyuge, o a la novia o el novio, pero siempre bajo la pauta de Dios: bajo sus reglas, bajo el respeto, bajo la admiración sana, bajo la entrega sana y prudente conforme si son novios o ya son esposos.
Y también bajo la paz; si esa persona no te da paz en el noviazgo, piénsalo. Y si ya está uno casado, ver qué es eso que nos está quitando la paz y cómo recuperarla, sabiendo que la paz no es algo sino una Persona: Jesucristo.
En la fiesta de San Ignacio de Loyola, 31 de julio, compartí la canción Alma de Cristo o Anima Christi. Sus letras son atribuidas al santo jesuita, repito “atribuidas”, debido a que él la recomendaba en sus ejercicios espirituales.
Lo cierto es que esta oración existe antes que San Ignacio, quien nació en 1491, y hasta fue fuente de indulgencias para aquellos que la rezaran, concedidas por el papa Juan XXII.
En un artículo que publicó catholic.net nos dice que su procedencia es de la época medieval. Sin embargo, no importan los siglos de su existencia, sigue siendo fuente de reflexión y ahora de melodías.
Si como yo conociste “Alma de Cristo” a través de la música o te encanta orar con cantos, también te comparto dos interpretaciones, diría que las más conocidas y usadas en nuestra parroquia.