Parroquia El Buen Pastor – República Dominicana

Valor del Mes:
El Bautismo, identidad
Lema del Mes:
«Entonces conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.» (1 Jn 3, 18 )

¿Conoces la oración preferida de Dios?

¿Conoces la oración preferida de Dios?

Albert-cc

En el cristianismo, hay multitud de oraciones para dirigirse a Dios, pero hay una que Le complace de verdad.

“Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro…” (Mt 6,9). Por consiguiente, comenta san Cipriano en el siglo III, “¿qué oración más espiritual puede haber que la que nos fue dada por Cristo, por quien nos fue también enviado el Espíritu Santo (…)? De modo que orar de otra forma no es sólo ignorancia, sino culpa también”.

La pregunta entonces sería: ¿cómo rezar el Padre Nuestro como es debido, ya que, sin duda, es la oración que prefiere Dios y es quizás la única que pueda aceptar?

La cuestión es tal que Teresa de Ávila decía que las dos horas de oración cotidiana de las carmelitas no son sino una manera de rezar bien el Padrenuestro, de interiorizar todos sus componentes para “vestir a Cristo” en nuestra oración, porque eso es ser cristiano.

La oración que llama “Padre” a Dios 

San Francisco de Sales da la clave para “rezar bien”: en la oración, como en cualquier otro ámbito, “no es la grandeza de nuestras obras lo que hace que agrademos a Dios, sino el amor con el que las hacemos. [Por eso] la mejor oración es la que nos mantiene tan ocupados en Dios que no pensamos en nosotros mismos, ni en lo que hacemos” (Carta del 8 de junio de 1618).

Para ello, añade, “conviene andar simple y llanamente, sin arte, para estar cerca de Dios, para amarle, para unirse con Él”.

Respuesta decepcionante, sin duda, porque todos querríamos “triunfar” en nuestra oración. Pero todos los maestros nos dirían que la oración que más “triunfa” es la que menos lo intenta y que el mejor método es casi no tener ninguno.

“Hago como los niños que no saben leer, le digo a Dios simplemente lo que quiero decirle (…). La oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida hacia el cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría”, decía santa Teresa del Niño Jesús.

La buena oración, la oración que llega al corazón de Dios, la oración que Él prefiere, es la que llama “Padre” a Dios, de la manera más simple y más completa posible.

¿Qué hay de las demás oraciones?

¿No hay, a pesar de todo, oraciones que la Iglesia nos recomienda, oraciones que son aconsejables? Sí, sin duda; igual que la Iglesia recomienda ciertas peregrinaciones o igual que añade indulgencias a ciertas prácticas religiosas como la de llevar el escapulario del Carmelo o recibir la bendición del Papa.

Pero todo eso, en realidad, sigue siendo una pedagogía para decir bien –y, sobre todo, vivir bien– el Padrenuestro. Y la variedad de esas oraciones y esas prácticas corresponde a la variedad de las vocaciones en la Iglesia, estando cada una invitada a encontrar en la escuela de los santos el camino que le permitirá entrar en esta oración que resume todas las demás:

“La oración del Señor o dominical es, en verdad el resumen de todo el Evangelio (…). Cuando el Señor hubo legado esta fórmula de oración, añadió: ‘Pedid y se os dará’ (Lc 11,9). Por tanto, cada uno puede dirigir al cielo diversas oraciones según sus necesidades, pero comenzando siempre por la oración del Señor que sigue siendo la oración fundamental” (Tertuliano, † 220, De oratione, citado en el Catecismo de la Iglesia Católica).

 

Por el padre Max Huot de Longchamp

(Fuente: Aleteia)

Santos que lucharon contra pensamientos suicidas

Santos que lucharon contra pensamientos suicidas

Tener una enfermedad mental no implica falta de santidad, como pueden atestiguar las ricas vidas de estos santos.

El estigma de las enfermedades mentales viene de antiguo, en particular entre ciertos cristianos que insisten en que la depresión es señal de falta de fe, en vez del resultado de una enfermedad mental, problemas fisiológicos o un trauma pasado. Algunos han considerado el suicidio en particular como irremediablemente pecaminoso, un acto final de desesperación.

Dichas creencias son tan inciertas como peligrosas y hacen que quienes sufren rechacen los tratamientos necesarios (como terapia o medicación) e incluso oculten sus problemas, avergonzados por su supuesta debilidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica, aunque reitera que nuestras vidas no son nuestras para disponer de ellas y que el suicidio es “gravemente contrario al justo amor de sí mismo”, también declara que: “Trastornos psíquicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida” (párrafo 2282) y continúa explicando que la Iglesia reza por quienes se han quitado la vida, sabiendo que la misericordia de Dios no tiene límites.

Para enfatizar la verdad de que una enfermedad mental no es indicio de debilidad espiritual, la Iglesia tiene santos que vivieron con enfermedades mentales, santos que iban a terapia y tomaban medicación e incluso santos que lucharon contra ideaciones suicidas.

Algunos (como santa Isabel Ana Seton) sintieron la tentación del suicidio mucho antes de su conversión y después encontraron curación. Otros (como san Ignacio de Loyola) encontraron que su salud mental empeoró después de su conversión. En el caso de Ignacio, las dudas le convencieron de que era un caso perdido y sin esperanza, solamente el miedo de ofender a Dios le impedía tirarse por la ventana.

Otros santos (como santa María Magdalena de Pazzi) lucharon durante años contra el deseo de poner fin a su vida. Estos santos nos recuerdan que las enfermedades mentales no son el resultado de una vida de oración deficiente o una falta de confianza en Dios y que la desesperación no es un pecado cuando es el resultado de una enfermedad mental (o cuando es una tentación contra la que luchamos poderosamente).

El venerable Francisco María Pablo Libermann (1804-1852) se crio en una familia judía ortodoxa y se esperaba que siguiera los pasos de su padre como gran rabino de Saverne, Francia. Cuando Francisco se hizo católico de joven adulto, su padre lo lloró como si hubiera muerto. Tímido y sensible desde su juventud, al Francisco adulto lo carcomía la ansiedad, en especial debido a la epilepsia que le impidió ordenarse durante 15 años.

Lo peor de todo eran sus ideaciones suicidas, que convertían cada cruce de un puente en un calvario terrible, ya que luchaba contra la inclinación de tirarse al vacío (un impulso que a menudo experimentan las personas con trastorno obsesivo compulsivo, además de los que sufren depresión).

Francisco continuó aferrándose a Jesús pero, aunque su epilepsia terminó por curarse, el suicidio seguía tentándole, incluso como sacerdote, fundador de una orden religiosa y reclamado director espiritual cuyo sufrimiento lo convertía en profundamente empático.

Los puentes eran una fuente de preocupación constante y nunca mantenía un cuchillo cerca, temeroso de que en los momentos de mayor abatimiento no tuviera la fuerza suficiente para resistir. Con todo, Dios lo hizo santo, un hombre capaz de aferrarse a la esperanza a pesar de su constante tentación de caer en la desesperación.

El beato Bartolo Longo (1841-1926) se crio rezando el Rosario, pero estaba deseoso de experimentar al completo la vida universitaria, lo que por entonces significaba anticlericalismo, ateísmo y, en última instancia, lo oculto. No tardó en “ordenarse” sacerdote de Satán. A través de la intercesión de su difunto padre, Bartolo por fin regresó a Dios.

Aun así, se sentía indigno de misericordia, seguro de que su pecado lo había arruinado para siempre, que seguía consagrado a Satán y que estaba condenado al infierno. Más tarde, al volver la vista atrás sobre esta época, escribió: “Mientras reflexionaba sobre mi condición, experimenté un profundo sentimiento de desesperación y casi cometo suicidio”.

En aquel momento, Bartolo sintió que Nuestra Señora le decía que su camino al paraíso pasaba por enseñar a otros a rezar el Rosario. Esta misión le dio esperanzas en un momento de desesperación. Durante más de 50 años, Bartolo rezó el Rosario, fundó escuelas para pobres y estableció orfanatos para hijos de criminales.

La beata Benedetta Bianchi Porro (1936-1964) empezó a perder audición siendo estudiante de medicina, pero los médicos creían que era psicosomático. Fue la misma Benedetta quien se diagnosticó a sí misma la enfermedad de Von Recklinghausen, una enfermedad neurológica que terminaría arrebatándole los cinco sentidos y dejándola paralizada, capaz de mover únicamente una mano.

Su sufrimiento amenazaba con sumergirla en la desesperación, llevando a Benedetta a escribirle a una amiga (de su apartamento de siete pisos): “Hay momentos en que me gustaría tirarme por la ventana”. Sin embargo, recibía el apoyo de una comunidad que conocía el valor de su vida y se vio fortalecida por el amor de Jesús. Al final, Benedetta fue capaz de escribir: “No me falta esperanza. Sé que, al final del camino, Jesús me está esperando. (…) Mis días no son fáciles. Son duros. Pero son dulces porque Jesús está conmigo”.

La sierva de Dios Dorothy Day (1897-1980) fue una madre soltera cuyo “sí” radical a Dios cambió las vidas (y las eternidades) de miles de personas. En su autobiografía, Dorothy insinúa que, en su juventud, su serie de compañías sexuales, su aborto y sus intentos de suicidio eran pruebas del anhelo de Dios que tenía su corazón.

Tras el nacimiento de su hija, Dorothy empezó a asistir a misa y decidió bautizar a su hija, unas decisiones que acabaron conduciendo a la separación de su marido de hecho. Dorothy empezó a ver su servicio a los pobres como un servicio a Cristo. Con Peter Maurin, fundó el Movimiento del Trabajador Católico, publicó un periódico, luchó por los derechos de los trabajadores y vivió en comunidad con los pobres. Una poderosa activista que fue arrestada varias veces e incluso recibió un disparo por su obra contra la guerra y la opresión. Dorothy encontraba fuerzas en la misa diaria y en el compromiso con la oración contemplativa.

(Fuente: Aleteia)

 

Mons. José Amable Durán Tineo es ordenado obispo auxiliar de Santo Domingo

Mons. José Amable Durán Tineo es ordenado obispo auxiliar de Santo Domingo

La Eucaristía fue transmitida por diversas plataformas de comunicación

Santo Domingo, R.D. Monseñor José Amable Durán Tineo fue ordenado obispo auxiliar de Santo Domingo, en una Eucaristía presidida por Monseñor Francisco Ozoria, arzobispo de Santo Domingo, el sábado 12 de septiembre en la Catedral Primada de América.

Durante la homilía, Monseñor Ozoria recordó la misión del obispo como pastor, profeta, testigo, servidor de la esperanza, maestro de la fe y la verdad, al tiempo que resaltó su “llamado a santificarse y a santificar sobre todo en su ministerio”.

En ese orden, en las palabras de agradecimiento Monseñor Amable expresó que “en estrecha comunión con la Conferencia del Episcopado Dominicano y muy especialmente, con Mons. Francisco Ozoria a quien agradezco su acogida y cercanía, unido a todos los demás obispos presentes, vengo a caminar y trabajar en espíritu de fraternidad, corresponsabilidad y participación”.

A la misa, que fue transmitida por diversas plataformas de comunicación, participaron obispos, sacerdotes, religiosas y laicos con el debido protocolo de distanciamiento e higiene para evitar la propagación del coronavirus (COVID-19).

(Fuente: CED)

El valor de la señal de la cruz

El valor de la señal de la cruz

Marko Vombergar | ALETEIA

Si supieras la importancia de esta oración, te garantizo que la pondrías más en práctica

Por la señal de la Santa Cruz
de nuestros enemigos,
líbranos Señor, Dios nuestro
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

¿Cuando te despiertas, te haces la “señal de la Cruz”? ¿Y antes de comer? ¿Y cuando te vas a dormir? ¿Al menos una vez al día? Si supieras la importancia de esta oración, te garantizo que la pondrías más en práctica.

Muchas personas, al no entender la importancia de esa oración, la hacen de forma displicente, haciendo apenas el gesto, sin la efectiva invocación a la Santísima Trinidad.

La “señal de la Cruz” no es un gesto ritualista, sino una verdadera y poderosa oración. Es la señal de los cristianos. Por medio de ella muchos santos invocaban la protección del Altísimo, a través de ella pedimos a Dios que, por los méritos de la Santa Cruz de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, Él nos libre de nuestros enemigos, y de todas las trampas del mal, que atentan contra nuestra salud física y espiritual.

Pero ¿sabes hacer “la señal de la Cruz”?

De forma solemne, sin prisa, y con la mayor devoción y respeto:

Por la señal de la Santa Cruz (en la cabeza): pedimos a Dios que nos dé buenos pensamientos, nobles y puros. Y que Él aleje de nosotros los pensamientos malos, que sólo nos causan mal.

De nuestros enemigos (sobre la boca): pedimos a Dios que de nuestros labios sólo salgan alabanzas. Que nuestro hablar sea siempre para la edificación del Reino de Dios y para el bienestar del prójimo.

Líbranos Señor, Dios nuestro (sobre el corazón): para que en nuestro corazón sólo reine el amor a la ley del Señor, alejándonos de todos los malos sentimientos, como el odio, la avaricia, la lujuria… Haciéndonos verdaderos adoradores.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén – Es el acto liberador y debe ser realizado con la mayor reverencia, consciencia, fe y amor, pues expresa nuestra fe en el Misterio de la Santísima Trinidad, núcleo de nuestra fe cristiana, Dios en sí mismo. Debe hacerse con la mano derecha, llevándola de la cabeza a la barriga, y del hombro izquierdo al derecho.

Ahora que sabes la importancia de la “señal de la Cruz”, hazla antes de salir de casa, antes de cualquier trabajo, en los momentos difíciles y en los momentos de alegría también.

Hazla sobre ti y, siempre que sea posible, en la cabeza de tu hijo, de tu esposo, de tu esposa, de tu hermano, de tu sobrino,…

Pide a Dios, siempre, que Él te libre y a los tuyos, de todos los males, con el objetivo de hacerlo todo -despertar, comer, estudiar, trabajar, dormir, viajar…- en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.

Por Juventude OA

(Fuente: Aleteia)

Hermanos como «don», la experiencia de Francisco de Asís

Hermanos como "don", la experiencia de Francisco de Asís

San Francisco de Asís y el Sultán de Egipto

En San Francisco, la fraternidad no es una teoría abstracta, sino un don concreto de Dios para todos y cada uno. El Pobrecillo de Asís nos recuerda, aún hoy, que no podemos ser verdaderos hermanos si no nos reconocemos como hijos de un único Padre.

Francisco de Asís vuelve a inspirar al Papa que, primero en la historia, asumió su nombre. Si hace cinco años fue la alabanza a Dios por la Creación, el Cántico de las Criaturas, la que dio un alma a la Encíclica Laudato si’, esta vez es la fraternidad (y la amistad social) el centro de atención del nuevo documento del magisterio que, precisamente en la tierra del Pobrecillo, firmará el próximo 3 de octubre. ¿Pero qué son, o, mejor dicho, quiénes son los «hermanos» para San Francisco? Una respuesta íntima y reveladora se encuentra en el inicio de su Testamento, donde, tras relatar el encuentro con los leprosos -a los que Cristo le condujo, porque él sentía disgusto- afirma: «Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debería hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio».

Los frailes, los hermanos, se presentan a Francisco en primer lugar como un don de Dios. Un regalo inesperado y, a decir verdad, no indoloro porque traen una nueva situación que lo «obliga» a pedir ayuda al Señor, porque nadie sabe cómo decirle qué hacer. No son nuestra «conquista», los hermanos, ni son como nosotros los desearíamos. Son la obra viva del Creador ofrecida libremente a cada uno de nosotros. Son donados, precisamente, y por lo tanto no podemos elegirlos ni poseerlos, sino sólo acogerlos y amarlos tal como son, con sus debilidades y diferencias. Esas diferencias (y a veces disonancias) que en definitiva sólo el Señor puede recomponer porque, como diría el Papa, la armonía no la hacemos nosotros, sino el Espíritu Santo.

Lo que emerge claramente en Francisco de Asís, y que encuentra confirmación en este escrito fundamental en la parábola conclusiva de su vida terrenal, es que la fraternidad para él no es una idea, una teoría abstracta, sino un hecho concreto, una experiencia que cambia la vida. Junto a ese hecho concreto, y más relevante aún porque es la fuente, descubrimos que para Francisco no hay fraternidad si no reconocemos (y aceptamos) la filiación común de nuestro Padre celestial. Todos somos hermanos porque todos somos hijos del mismo Padre. Por lo tanto, nadie es más extranjero para el otro. Una revolución de la perspectiva que, en la vida de Francisco, llevará a elecciones sorprendentes recapituladas en la célebre visita al Sultán de Egipto. Aquí está el núcleo de la conversión del Santo de Asís y con él podríamos decir de cada mujer y hombre que ha encontrado auténticamente a Jesucristo. De hecho, si no reconocemos el plan común de amor del Padre para nosotros, no será suficiente con ser hermanas o hermanos. Ni siquiera biológicamente. Es un hermano de sangre, de hecho, el que mató a Abel. Y lo mata porque el odio ha cerrado los ojos de Caín que, al no ver ya el amor del Padre, ni siquiera reconoce a su hermano como tal.

Para Francisco de Asís, sin embargo, la fraternidad no es un don «estático», un fin en sí mismo. Se alimenta y crece nutriéndose con la caridad. Y siempre trae la paz. La relación con los hermanos traza un camino, inicia un proceso que se desarrolla en una dimensión de comunión. Es después del encuentro con sus hermanos, de hecho, que el Señor le revela que debe vivir el Evangelio sine glossa, más aún: que debe conformarse a él, tomar la forma misma del » Santo Evangelio «. Hacerlo, por lo tanto, de una manera radical, «sin calmantes» para retomar una imagen efectiva del Papa Francisco.

Para el Patrono de Italia, cuidar a los demás como a uno mismo se convierte en el camino y el espacio privilegiado para la evangelización. Por lo tanto, no puede existir un fraile que se retire en una condición aislada. Sería un contra sentido, un contra testimonio. Para el Santo, de hecho, el amor al Padre crece tanto como el amor al hermano en cuyo rostro se encuentran los rasgos del Creador. Un amor que en Francisco se expande hasta convertirse en cósmico porque la fraternidad se convierte en un abrazo hacia toda criatura: incluso el Sol se llama hermano y la Luna hermana. Ocho siglos después, a pesar del incremento del egoísmo y el levantamiento de barreras de todo tipo, el mundo sigue sediento de hermandad y paternidad. Está en constante búsqueda. El testimonio del Pobrecillo de Asís, que quiso convertirse en «hermano de todos los hombres», es de gran actualidad y nos exhorta, junto con otro Francisco, a recorrer el camino de la fraternidad.

(Fuente: Vatican News)

 

Memoria de Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores

Memoria de Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores

Hoy, en la memoria de Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores, escuchamos unas palabras punzantes en boca del anciano Simeón: «¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!» (Lc 2,35). Afirmación que, en su contexto, no apunta únicamente a la pasión de Jesucristo, sino a su ministerio, que provocará una división en el pueblo de Israel, y por lo tanto un dolor interno en María. A lo largo de la vida pública de Jesús, María experimentó el sufrimiento por el hecho de ver a Jesús rechazado por las autoridades del pueblo y amenazado de muerte.

María, como todo discípulo de Jesús, ha de aprender a situar las relaciones familiares en otro contexto. También Ella, por causa del Evangelio, tiene que dejar al Hijo (cf. Mt 19,29), y ha de aprender a no valorar a Cristo según la carne, aun cuando había nacido de Ella según la carne. También Ella ha de crucificar su carne (cf. Ga 5,24) para poder ir transformándose a imagen de Jesucristo. Pero el momento fuerte del sufrimiento de María, en el que Ella vive más intensamente la cruz es el momento de la crucifixión y la muerte de Jesús.

También en el dolor, María es el modelo de perseverancia en la doctrina evangélica al participar en los sufrimientos de Cristo con paciencia (cf. Regla de san Benito, Prólogo 50). Así ha sido durante toda su vida, y, sobre todo, en el momento del Calvario. De esta manera, María se convierte en figura y modelo para todo cristiano. Por haber estado estrechamente unida a la muerte de Cristo, también está unida a su resurrección (cf. Rm 6,5). La perseverancia de María en el dolor, realizando la voluntad del Padre, le proporciona una nueva irradiación en bien de la Iglesia y de la Humanidad. María nos precede en el camino de la fe y del seguimiento de Cristo. Y el Espíritu Santo nos conduce a nosotros a participar con Ella en esta gran aventura.

(Fuente: Evangeli.net)

El Papa: no podemos pretender el perdón de Dios, si no perdonamos al prójimo

El Papa: no podemos pretender el perdón de Dios, si no perdonamos al prójimo

Es necesario aplicar el amor misericordioso en todas las relaciones humanas, tal como nos lo pide Jesús: lo dijo el Papa a la hora del Ángelus de este domingo, al reflexionar sobre la parábola del rey misericordioso. “Si no nos esforzamos por perdonar y amar, – afirmó el Santo Padre – tampoco seremos perdonados ni amados”.

“Si no nos esforzamos por perdonar y amar, tampoco seremos perdonados ni amados”: fue la conclusión a la que llegó el Papa Francisco en su Ángelus de hoy, al reflexionar sobre la parábola del rey misericordioso. El Santo Padre se asomó, como cada domingo, a la ventana del Palacio Apostólico, para rezar junto con los fieles la oración mariana del Ángelus dominical, en este XXIV domingo del Tiempo Ordinario.

El Evangelio propone en este día la parábola del rey misericordioso, en donde “encontramos – dijo Francisco – dos veces esta súplica: ‘ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.

La primera vez la pronuncia el siervo que le debe a su amo diez mil talentos, una suma enorme. Hoy serían millones y millones de euros. La segunda vez la repite otro criado del mismo amo. Él también tiene deudas, no con su amo, sino con el siervo que tiene esa enorme deuda. Y su deuda es muy pequeña comparada con la de su compañero, tal vez como el salario de una semana.

La infinita misericordia de Dios 

Tal como explicó el Papa, el centro de la parábola es la indulgencia que el amo muestra hacia el siervo más endeudado.

El evangelista subraya que «el señor tuvo compasión de aquel servidor, – no olviden jamás esta palabra que es propia de Jesús: «tuvo compasión», Jesús siempre tuvo compasión – le dejó marchar y le perdonó la deuda». ¡Una deuda enorme, por tanto, una condonación enorme! Pero ese criado, inmediatamente después, se muestra despiadado con su compañero, que le debe una modesta suma. No lo escucha, le insulta y lo hace encarcelar, hasta que haya pagado la deuda, aquella pequeña deuda. El amo se entera de esto y, enojado, llama al siervo malvado y lo hace condenar. ¿Pero yo te he perdonado tanto y tú eres incapaz de perdonar tan poco?

Aplicar el amor misericordioso en todas las relaciones 

Son dos las actitudes que demuestra la parábola: la de Dios, que, representado por el rey, muestra una justicia “impregnada de misericordia”. Y la del hombre, que “se limita a la justicia”. Jesús, en cambio, nos exhorta a “abrirnos valientemente al poder del perdón, porque no todo en la vida se resuelve con la justicia”. Da cuenta de ello la respuesta que le da a Pedro, antes de la parábola, cuando le pregunta: «Señor ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?». A lo que Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». En el lenguaje simbólico de la Biblia, – explicó el Papa – esto significa que estamos llamados a perdonar siempre.

¡Cuánto sufrimiento, cuántas divisiones, cuántas guerras podrían evitarse, si el perdón y la misericordia fueran el estilo de nuestra vida! Incluso en la familia, también en la familia. Cuántas familias desunidas que no saben perdonarse, cuántos hermanos y hermanas que tienen este rencor dentro. Es necesario aplicar el amor misericordioso en todas las relaciones humanas: entre los esposos, entre padres e hijos, dentro de nuestras comunidades, en la Iglesia y también en la sociedad y la política.

Deja de odiar, el rencor es como una mosca en el verano 

El Papa Francisco se detuvo en la meditación, para contar una primera reflexión que tuvo en la mañana, durante la misa, leyendo una frase el libro de Sirácides. La frase que dice: «Acuérdate de tu fin y déjate de odiar». Y exhortó:

¡Piensa en el final! Piensa que estarás en un ataúd y llevarás el odio allí. Piensa en el final, ¡deja de odiar! Deja el rencor. Piensa en esta conmovedora frase: «Acuérdate de tu fin y déjate de odiar». No es fácil perdonar, porque en los momentos tranquilos uno dice: «sí, pero éstos o éste me han hecho todo tipo de cosas»… pero yo también he hecho muchas. Mejor perdonar para ser perdonado. Pero luego, el rencor vuelve, como una molesta mosca en el verano que vuelve y vuelve y vuelve… Perdonar no es sólo algo momentáneo, es algo continuo contra este rencor, este odio que vuelve. Pensemos en el final, dejemos de odiar.

“Es una condición: piensa en el final, en el perdón de Dios y deja de odiar, ahuyenta el rencor, esa molesta mosca que vuelve y vuelve y vuelve.”

Perdonar para ser perdonados 

La frase que recitamos en la oración del Padre nuestro: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores», cobran su pleno significado gracias a esta parábola, puesto que contienen, continuó diciendo el Papa, una “verdad decisiva”:

No podemos pretender para nosotros el perdón de Dios, si nosotros, a nuestra vez, no concedemos el perdón a nuestro prójimo. Si no nos esforzamos por perdonar y amar, tampoco seremos perdonados ni amados.

Por todo ello, al concluir su reflexión, el Papa alentó a encomendarse a la maternal intercesión de la Madre de Dios, para que Ella “nos ayude a darnos cuenta de cuánto estamos en deuda con Dios, y a recordarlo siempre, para tener el corazón abierto a la misericordia y a la bondad”.

(Fuente: Vatican News)

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Hoy, el Evangelio es una profecía, es decir, una mirada en el espejo de la realidad que nos introduce en su verdad más allá de lo que nos dicen nuestros sentidos: la Cruz, la Santa Cruz de Jesucristo, es el Trono del Salvador. Por esto, Jesús afirma que «tiene que ser levantado el Hijo del hombre» (Jn 3,14).

Bien sabemos que la cruz era el suplicio más atroz y vergonzoso de su tiempo. Exaltar la Santa Cruz no dejaría de ser un cinismo si no fuera porque allí cuelga el Crucificado. La cruz, sin el Redentor, es puro cinismo; con el Hijo del Hombre es el nuevo árbol de la Sabiduría. Jesucristo, «ofreciéndose libremente a la pasión» de la Cruz ha abierto el sentido y el destino de nuestro vivir: subir con Él a la Santa Cruz para abrir los brazos y el corazón al Don de Dios, en un intercambio admirable. 

También aquí nos conviene escuchar la voz del Padre desde el cielo: «Éste es mi Hijo (…), en quien me he complacido» (Mc 1,11). Encontrarnos crucificados con Jesús y resucitar con Él: ¡he aquí el porqué de todo! ¡Hay esperanza, hay sentido, hay eternidad, hay vida! No estamos locos los cristianos cuando en la Vigilia Pascual, de manera solemne, es decir, en el Pregón pascual, cantamos alabanza del pecado original: «¡Oh!, feliz culpa, que nos has merecido tan gran Redentor», que con su dolor ha impreso “sentido” al dolor.

«Mirad el árbol de la cruz, donde colgó el Salvador del mundo: venid y adorémosle» (Liturgia del Viernes Santo). Si conseguimos superar el escándalo y la locura de Cristo crucificado, no hay más que adorarlo y agradecerle su Don. Y buscar decididamente la Santa Cruz en nuestra vida, para llenarnos de la certeza de que, «por Él, con Él y en Él», nuestra donación será transformada, en manos del Padre, por el Espíritu Santo, en vida eterna: «Derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados».

(Fuente: Evangeli.net)

Evangelio del domingo 13 de septiembre de 2020

Evangelio del domingo 13 de septiembre de 2020

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,21-35):

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»

Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Palabra del Señor