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Parroquia El Buen Pastor – República Dominicana

Valor del Mes:
El Bautismo, identidad
Lema del Mes:
«Entonces conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.» (1 Jn 3, 18 )

Lecturas de hoy, 6 de mayo de 2021

Lecturas de hoy, 6 de mayo de 2021

Lecturas meditadas en videohttps://youtu.be/dVxsyhcWEPw

Evangelio meditado en audiohttps://rezandovoy.org/p/o/3526
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Hoy escuchamos nuevamente la íntima confidencia que Jesús nos hizo el Jueves Santo: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros» (Jn 15,9). El amor del Padre al Hijo es inmenso, tierno, entrañable. Lo leemos en el libro de los Proverbios, cuando afirma que, mucho antes de comenzar las obras, «yo estaba allí, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en su presencia en todo tiempo» (Prov 8,30). Así nos ama a nosotros y, anunciándolo proféticamente en el mismo libro, añade que «jugando por el orbe de su tierra, mis delicias están con los hijos de los hombres» (Prov 8,31).

El Padre ama al Hijo, y Jesús no deja de decírnoslo: «El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él» (Jn 8,29). El Padre lo ha proclamado bien alto en el Jordán, cuando escuchamos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido» (Mc 1,11) y, más tarde, en el Tabor: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7).

Jesús ha respondido, «Abbá», ¡papá! Ahora nos revela, «como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros». Y, ¿qué haremos nosotros? Pues mantenernos en su amor, observar sus mandamientos, amar la Voluntad del Padre. ¿No es éste el ejemplo que Él nos da?: «Yo hago siempre lo que le agrada a Él».

Pero nosotros, que somos débiles, inconstantes, cobardes y —por qué no decirlo— incluso, malos, ¿perderemos, pues, para siempre su amistad? ¡No, Él no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas! Pero si alguna vez nos apartásemos de sus mandamientos, pidámosle la gracia de volver corriendo como el hijo pródigo a la casa del Padre y de acudir al sacramento de la Penitencia para recibir el perdón de nuestros pecados. «Yo también os he amado —nos dice Jesús—. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,9.11).

Fuente: Evangeli.net

Lectura de hoy, miércoles 5 de mayo de 2021

Lectura de hoy, miércoles 5 de mayo de 2021

Lecturas meditadas en video: https://youtu.be/BhatR31wlYQ

Evangelio meditado en audio: https://rezandovoy.org/p/o/3525
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Hoy contemplamos de nuevo a Jesús rodeado por los Apóstoles, en un clima de especial intimidad. Él les confía lo que podríamos considerar como las últimas recomendaciones: aquello que se dice en el último momento, justo en la despedida, y que tiene una fuerza especial, como si de un postrer testamento se tratara.

Nos los imaginamos en el cenáculo. Allí, Jesús les ha lavado los pies, les ha vuelto a anunciar que se tiene que marchar, les ha transmitido el mandamiento del amor fraterno y los ha consolado con el don de la Eucaristía y la promesa del Espíritu Santo (cf. Jn 14). Metidos ya en el capítulo decimoquinto de este Evangelio, encontramos ahora la exhortación a la unidad en la caridad.

El Señor no esconde a los discípulos los peligros y dificultades que deberán afrontar en el futuro: «Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20). Pero ellos no se han de acobardar ni agobiarse ante el odio del mundo: Jesús renueva la promesa del envío del Defensor, les garantiza la asistencia en todo aquello que ellos le pidan y, en fin, el Señor ruega al Padre por ellos —por todos nosotros— durante su oración sacerdotal (cf. Jn 17).

Nuestro peligro no viene de fuera: la peor amenaza puede surgir de nosotros mismos al faltar al amor fraterno entre los miembros del Cuerpo Místico de Cristo y al faltar a la unidad con la Cabeza de este Cuerpo. La recomendación es clara: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

Las primeras generaciones de cristianos conservaron una conciencia muy viva de la necesidad de permanecer unidos por la caridad. He aquí el testimonio de un Padre de la Iglesia, san Ignacio de Antioquía: «Corred todos a una como a un solo templo de Dios, como a un solo altar, a un solo Jesucristo que procede de un solo Padre». He aquí también la indicación de Santa María, Madre de los cristianos: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5).

Fuente: Evangeli.net

Cómo respirar la Biblia

Cómo respirar la Biblia

RUKSUTAKARN studio | Shutterstock

La inteligencia de la abeja, su paciencia, su capacidad para elaborar con el polen un suave alimento, son todas las cualidades de una lectura exigente de la Escritura.

¿Leer? Para resistir, dar vida a las palabras, aprender a amar. ¡Perfecto! Pero, ante todo, leer para escrutar, comprender y hacer nuestras las palabras del Libro que contiene las huellas de Dios, sus palabras, su presencia secreta, su larga paciencia antes de manifestarse con Cristo.
Pero ¿cómo conseguir leer la Biblia a este nivel?

Leer la Biblia para respirarla

Cuando el diplomático y poeta francés Paul Claudel recorrió la Biblia página a página durante largos años, leía con ojo avizor y la pluma tan alerta como el palo de un zahorí.

Todo, según él, le hablaba a alguno de nuestros cinco sentidos, evocaba una imagen, una emoción espiritual, una lección.

Prácticamente lo único que le faltaba era pegar la oreja a la página para escucharla respirar como a través de un estetoscopio.

“La Biblia respira”, decía. Contiene el aliento de Dios, su Espíritu que obra en la historia de su pueblo y, sobre todo, en nuestra actualidad, nuestra vida aquí y ahora.

Haciendo uso de la inteligencia del corazón, podemos aspirar este aliento, como una especie de boca a boca de reanimación espiritual.

Pero esta insuflación requiere paciencia.

Benedicto XVI, cuando inauguró el Colegio de los Bernardinos en París en 2008, remontó el origen de nuestra cultura a esta fraternidad de monjes inquietos, en su unidad, por buscar a Dios y compartir su palabra desde un mismo amor por los textos sagrados.

La erudición, la formación, el dominio de las lenguas y las gramáticas se ponían todos al servicio del arte de la lectura.

No como una única manera de leer sino, gracias a los múltiples niveles de sentido en las palabras, con una cascada de referencias de un texto a otro y de una sinfonía de comprensiones añadidas unas a otras. Porque, como dicen los monjes, el saber acumulado en sí mismo no es más que jactancia.

Como una abeja 

La lectura está al servicio del deseo de Dios. Al encontrarlo a Él, nos encontramos nosotros. Al encontrarnos un poco, Le buscamos aún más.

El teólogo Guillermo de Saint-Thierry, discípulo y amigo de san Bernardo de Claraval, explicaba a sus hermanos de abadía que hay que rumiar la Palabra, “dando un bocado” cada día y confiándolo “al estómago de la memoria”.

Nada de glotonería, de lectura en la superficie de las palabras, de miradas de pasada. En vez de eso, una lucha amorosa para, como Jacob con el ángel, buscar un reconocimiento que habrá que retomar un poco más tarde.

Entonces, ¿qué cualidad hay que tener para leer bien y respirar la Biblia? Los autores monásticos lo tienen claro: ¡la de la abeja!

La abeja pecorea, va a buscar su alimento por todas partes, en todas las flores de Dios y, de ello, fabrica miel.

Esta inteligencia de la abeja, su paciencia, su capacidad para elaborar con el polen un suave alimento, son todas las cualidades de una lectura exigente.

Todo ello permite, a través de esta amistad familiar con la palabra de Dios, aprender a “conocer el corazón de Dios”, como decía san Gregorio Magno.

(Fuente: Aleteia)