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Parroquia El Buen Pastor – República Dominicana

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«Entonces conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.» (1 Jn 3, 18 )

«¡No somos una plaga!» 5 mitos sobre la sobrepoblación y 5 verdades explicadas por la Iglesia

«¡No somos una plaga!» 5 mitos sobre la sobrepoblación y 5 verdades explicadas por la Iglesia

¿El ser humano es una peste? Hay muchos que creen que sí. De hecho, muchos de los problemas que hoy vemos y vivimos (escasez de alimentos, desastres ambientales, pobreza, etc.) se adjudican a la sobrepoblación de una sola «plaga». Adivina cuál.

«El ser humano merece extinguirse», «somos demasiados, por eso dañamos al planeta», «¡Es irresponsable tener más hijos!» son solo algunas frases que he escuchado y, probablemente, tú también.

¿Es o no cierto que el planeta se está destruyendo?, ¿es o no cierto que el consumismo está agotando recursos?, ¿es o no cierto que cada vez vivimos más tiempo? Son algunas preguntas que pueden tambalearnos un poco porque… sí, se está destruyendo el planeta (¿conviene que no lo habitemos?). Sí, hay un consumismo desenfrenado (¿debemos dejar de comprar?). Sí, no es mentira que vivimos más tiempo (¿eso es malo?).

Como madre buena que es, la Iglesia nos sienta en sus rodillas y nos explica las dudas que le planteamos. Por eso, hoy puedo presentarte cinco verdades sorprendentes a cinco mitos desconcertantes sobre la «sobrepoblación».

Mito 1: «Los animalitos y árboles tienen el mismo valor que una persona»

Verdad: La deep ecology reduce al hombre a un animal entre animales, como una pieza más entre tantas, pero el ser humano ocupa un lugar único y privilegiado en la creación. ¿Por qué? Por estar hecho a imagen de Dios.

Por esta razón, también participa del mundo espiritual y de una amistad especial con Él (Catecismo de la Iglesia Católica, 355). Es esto lo que fundamenta su dignidad por sobre otras especies.

En Fundamentos de Antropología: un ideal para la existencia humana, Ricardo Yepes explica que, por tener alma racional y espiritual, no somos solo «algo» sino «alguien». Estoy llamada a ser «alguien» que, además puede darle a Él (¡al Creador de todo!) algo único y que solo yo puedo darle: una respuesta de fe y amor desde la libertad.

Ahora, ¿eso nos da derecho a hacer lo que queramos con los bosques o maltratar un perrito? ¡No y no! Habitamos en la Naturaleza, somos parte de ella y desde nuestra libertad podemos ayudarla, perfeccionarla. El hombre es un «perfeccionador perfectible», como diría el filósofo Leonardo Polo.

Porque es cierto que también podemos afear y destruir. Por eso, no somos perfectos. Somos perfectibles, llamados a mejorar. A descubrir que podemos responder a nuestra identidad más profunda usando bien nuestra libertad. Y usarla bien, solo es sinónimo de usarla para el bien

Mito 2: «Traer nuevas vidas a este planeta es irresponsable con el medioambiente»

Verdad: Reducir el problema medioambiental a la natalidad, es reducirlo demasiado. Por otro lado, ¿es cierto o compatible pensar en sobrepoblación con el invierno demográfico que observamos en numerosos países?

Como podemos leer en Laudato Si:

Las razones por las cuales un lugar se contamina exigen un análisis del funcionamiento de la sociedad, de su economía, de su comportamiento, de sus maneras de entender la realidad. Dada la magnitud de los cambios, ya no es posible encontrar una respuesta específica e independiente para cada parte del problema. Es fundamental buscar soluciones integrales.

Eso en cuanto a la responsabilidad con el medioambiente. Sobre la responsabilidad de tener hijos y su impacto social, el Papa Francisco señaló en una audiencia que:

Una sociedad que no se rodea de hijos, que los considera un problema, un peso, no tiene futuro. La concepción de los hijos debe ser responsable, pero el simple hecho de tener muchos hijos no puede ser visto como una decisión irresponsable. La vida rejuvenece y cobra nuevas fuerzas multiplicándose. Los hijos crecen compartiendo alegrías y sacrificios. En el sucederse de las generaciones se realiza el designio amoroso de Dios sobre la humanidad.

Medio en broma, medio en serio, yo diría que ser responsables no significa hacer menos humanos, sino hacer a los humanos más responsables.

Personas que dejen de lado todo aquello que hace daño a sus entornos social y ambiental. Que luchen por la paz, por desarrollar buenas prácticas en sus negocios, entre sus amistades y a nivel personal.

Mito 3: «Los métodos anticonceptivos ayudan a regular la sobrepoblación»

Verdad: Como vimos en los puntos anteriores, en primer lugar no podemos hablar de «cantidad excesiva de personas». Porque la vida es un don, cada persona es un don. Además, una promesa de amor de Dios al mundo.

En cuanto a los anticonceptivos, la natalidad, la «sobrepoblación» y el medioambiente, creo que esta respuesta de la Humanae Vitae es perfecta:

El problema de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana, hay que considerarlo, por encima de las perspectivas parciales de orden biológico o psicológico, demográfico o sociológico, a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna.

Mal usar un don tan perfecto y hermoso es contradecir a Dios, Su plan, Su Voluntad, sí. Pero es contradecirse a uno mismo, a su identidad más íntima y profunda.

En cambio, es hora – y quizás sea la máxima prioridad para el mundo ahora – de reconocer el valor de lo real, de uno mismo y para los demás – y aquí, además del conocimiento interior o espiritual, entra el reconocimiento natural del propio cuerpo y los ritmos de la fertilidad – . Para que lleguemos a ser aquello a lo que estamos llamados a ser.

Hay que «superar la relatividad de los intereses de una visión centrada en la satisfacción de instintos (por utilidad, placer o interés) para captar de un modo absoluto lo que son las cosas para, de ese modo, poder quererlas, respetarlas y usarlas como son» (Ricardo Yepes).

Mito 4: «Cada vez envejecemos más tarde y eso es un peligro para el planeta»

Verdad: La persona tiene el mismo valor en cualquier punto de su vida. «Una sociedad es verdaderamente acogedora de la vida cuando reconoce que ella es valiosa también en la ancianidad, en la discapacidad, en la enfermedad grave e, incluso, cuando se está extinguiendo» (Mensaje a la Pontificia Academia por la Vida, 19 de febrero de 2014). Quisiera hacerte unas preguntas que este «mito» me plantea.

¿Por qué suena «negativo» o «preocupante» que alguien haya vivido más de cierta cantidad de años? ¿Será que inconsciente – o conscientemente – vemos que cierta generación ya no es «productiva»? ¿Qué es necesario mantener cierto «cupo» de humanos en la sociedad, pero de cierta edad («útil»)?

Porque aquí también tendríamos que preguntarnos si detrás del aparente interés por cuidar el planeta, los recursos, sobrepoblación o lo que sea, estamos cayendo en la cultura del descarte. Solo que no el descarte material – propio del consumismo, que es uno de los principales motivos por el que hay tantos problemas ambientales –, sino del humano.

En «Dios es Joven», un libro y entrevista al Papa Francisco, vemos algunas luces que nos permiten reafirmar esto: la gente mayor sigue siendo un regalo para la sociedad y para el planeta. En su ciclo de catequesis dedicado a la ancianidad, lo expresó contundentemente:

La vida siempre es valiosa, Vuelvo a un tema que he repetido en estas catequesis: esta cultura del descarte parece cancelar a los ancianos. De acuerdo, no los mata, pero socialmente los cancela, como si fueran un peso que llevar adelante: es mejor esconderlos. Esto es una traición de la propia humanidad, esta es la cosa más fea, esto es seleccionar la vida según la utilidad, según la juventud y no con la vida como es, con la sabiduría de los viejos, con los límites de los viejos.

Como él siempre lo dice, sin los ancianos la sociedad carecería de memoria. ¡Qué miedo pensar en una sociedad sin memoria! Yo apostaría a que eso sí es un peligro.

Mito 5: «Sin sobrepoblación, se acabaría la pobreza y las crisis del mundo»

Verdad: Es cierto que se han rebasado ciertos límites máximos de explotación del planeta, sin que hayamos resuelto el problema de la pobreza (lo dice la Laudato Si). Y sí (también lo dice la encíclica), «necesitamos una reacción global más responsable, que implica encarar al mismo tiempo la reducción de la contaminación y el desarrollo de los países y regiones pobres».

Pero el problema no radica en cuántos somos, ni si hay población o hay «sobrepoblación». Sino en qué prácticas estamos implementando para distribuir recursos, para compartir riqueza, para sacar a nuestros hermanos de las periferias.

«Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza» (Laudato Si). ¿Podemos devolver dignidad a los excluidos excluyendo a otros?

No. Es hora de apostar a otro estilo de vida, que nos ayudará a ser (lo repito una vez más) lo que estamos llamados a ser.

(Credito:https://catholic-link.com/sobrepoblacion-mitos-y-verdades/ , escrito por María Belén Andrada)

Primado e infalibilidad: 150 años después de la proclamación de los dogmas

Primado e infalibilidad: 150 años después de la proclamación de los dogmas

Después de largas discusiones, fueron aprobados por el Concilio Vaticano I el dogma del primado del Papa sobre la Iglesia universal y el de la infalibilidad del magisterio pontificio cuando se pronuncia «ex cathedra». ¿Qué y cuáles son estos dogmas de la Iglesia?

Hace ciento cincuenta años, el 18 de julio de 1870, se promulgó la Constitución «Pastor Aeternus» que definía los dos dogmas, del primado del Papa y la infalibilidad papal.

Largas y agitadas discusiones

La Constitución Dogmática fue aprobada por unanimidad por los 535 Padres Conciliares presentes «después de largas, intensas y agitadas discusiones», como dijo Pablo VI durante una audiencia general, describiendo ese día como «una página dramática en la vida de la Iglesia, pero no por esto menos clara y definitiva» (Audiencia general del 10 de diciembre de 1969). Ochenta y tres fueron los Padres Conciliares que no participaron en la votación. La aprobación del texto llegó el último día del Concilio Vaticano I, suspendido tras la guerra franco-prusiana iniciada el 19 de julio de 1870 y prolongado «sine die» tras la toma de Roma por las tropas italianas el 20 de septiembre de ese mismo año, que de hecho decretó el fin del Estado Pontificio. La Constitución refleja una posición intermedia entre las diversas reflexiones de los participantes, excluyendo, por ejemplo, que la definición de infalibilidad se extienda en su totalidad a las Encíclicas u otros documentos doctrinales. Los contrastes que surgieron en el Concilio fueron seguidos por el cisma de los vetero-católicos que no querían aceptar el dogma del Magisterio infalible del Papa.

El dogma sobre la racionalidad y la sobrenaturalidad de la fe

Los dos dogmas fueron proclamados después del de la racionalidad y sobrenaturalidad de la fe, contenido en la otra Constitución Dogmática del Concilio Vaticano I «Dei Filius» del 24 de abril de 1870. El texto afirma que «Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana a través de las cosas creadas; de hecho, las cosas invisibles de Él son conocidas por la inteligencia de la criatura humana a través de las cosas que fueron hechas (Rom 1,20)». Este dogma – explicó Pablo VI en la audiencia de 1969 – reconoce que «la razón, con su propia fuerza, puede alcanzar el conocimiento cierto del Creador a través de las criaturas. La Iglesia defiende así, en el siglo del racionalismo, el valor de la razón», argumentando por un lado «la superioridad de la revelación y de la fe sobre la razón y sus capacidades», pero declarando, por otro lado, que «no puede haber contraste entre la verdad de la fe y la verdad de la razón, siendo Dios la fuente de ambas».

El dogma del primado

En «Pastor Aeternus«, Pío IX, antes de la proclamación del dogma sobre el primado, recuerda la oración de Jesús al Padre para que sus discípulos sean «una cosa sola»: Pedro y sus sucesores son «el principio intemporal y el fundamento visible» de la unidad de la Iglesia. Por lo tanto, afirma solemnemente: «Proclamamos, pues y afirmamos, basándonos en los testimonios del Evangelio, que el primado de la jurisdicción sobre toda la Iglesia de Dios ha sido prometido y conferido al bienaventurado Apóstol Pedro por Cristo el Señor de manera inmediata y directa (…) Lo que el Príncipe de los pastores, y gran pastor de todas las ovejas, el Señor Jesucristo, instituyó en el bienaventurado Apóstol Pedro para hacer continua y perenne la salvación y el bien de la Iglesia, es necesario, por voluntad de quien lo instituyó, que perdure para siempre en la Iglesia, la cual es fundada sobre piedra, permanecerá firme hasta el fin de los siglos (…) De ello se desprende que quien suceda a Pedro en esta cátedra, en virtud de la institución del propio Cristo, obtiene el primado de Pedro sobre toda la Iglesia (…) todos los pastores y fieles, de cualquier rito y dignidad, están vinculados a él por la obligación de la subordinación jerárquica y la verdadera obediencia, no sólo en las cosas que pertenecen a la fe y a las costumbres, sino también en las relativas a la disciplina y al gobierno de la Iglesia, en todo el mundo. De esta manera, habiendo salvaguardado la unidad de la comunión y la profesión de la misma fe con el Romano Pontífice, la Iglesia de Cristo será un solo rebaño bajo un solo pastor supremo. Esta es la doctrina de la verdad católica, de la que nadie puede apartarse sin perder la fe y peligro de salvación».

El Magisterio infalible del Papa

En el primado del Papa – escribe Pío IX – «se contiene también la suprema potestad de magisterio», conferida a Pedro y a sus sucesores «para la salvación de todos», como «confirma la constante tradición de la Iglesia (…) Pero como es precisamente en este momento, en el que se siente particularmente la necesidad de la sana presencia del ministerio apostólico, en el que son muchos los que se oponen a su poder, creemos verdaderamente necesario proclamar de manera solemne la prerrogativa que el Hijo unigénito de Dios se ha dignado vincular al supremo oficio pastoral. Por lo tanto, nosotros, manteniéndonos fieles a la tradición recibida desde los comienzos de la fe cristiana, para la gloria de Dios nuestro Salvador, para la exaltación de la religión católica y para la salvación de los pueblos cristianos, con la aprobación del sagrado Concilio proclamamos y definimos el dogma revelado por Dios que el Romano Pontífice, al hablar ex cathedra, es decir, cuando ejerce su supremo oficio de Pastor y Doctor de todos los cristianos, y en virtud de su supremo poder apostólico define una doctrina sobre la fe y las costumbres, vincula a toda la Iglesia, por la divina asistencia que se le promete en la persona del Beato Pedro, goza de esa infalibilidad con la que el divino Redentor quiso acompañar a su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres: por lo tanto, tales definiciones del Romano Pontífice son inmutables en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia».

Cuando se da la infalibilidad

Juan Pablo II explicó el significado y los límites de la infalibilidad en la audiencia general del 24 de marzo de 1993: «La infalibilidad – afirmó – no se da al Romano Pontífice como a una persona privada, sino en la medida en que cumple el oficio de pastor y maestro de todos los cristianos. Tampoco la ejerce como si tuviera autoridad en sí mismo y por sí mismo, sino «por su suprema autoridad apostólica» y «por la divina asistencia que se le prometió en el Beato Pedro». Finalmente, no la posee como si pudiera disponer de ella o contar con ella en cualquier circunstancia, sino sólo «cuando habla desde la cátedra», y sólo en un campo doctrinal limitado a las verdades de la fe y de la moral y a las que están estrechamente relacionadas con ellas (…) el Papa debe actuar como «pastor y doctor de todos los cristianos», pronunciándose sobre las verdades relativas a «la fe y la moral», en términos que expresen claramente su intención de definir una determinada verdad y de exigir la adhesión definitiva de todos los cristianos. Esto es lo que ocurrió – por ejemplo – en la definición de la Inmaculada Concepción de María, sobre la cual Pío IX afirmó: «Es una doctrina revelada por Dios y por esta razón debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles»; o también en la definición de la Asunción de María Santísima, cuando Pío XII dijo: «Por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, y por nuestra autoridad, declaramos y definimos como dogma divinamente revelado… etc.». En estas condiciones se puede hablar de un magisterio papal extraordinario, cuyas definiciones son irreformables «por si mismas, no por el consentimiento de la Iglesia» (…) Los Sumos Pontífices pueden ejercer esta forma de magisterio. Y esto, de hecho, ha sucedido. Sin embargo, muchos Papas no lo han ejercido».

¿Qué es un dogma?

Los dogmas son verdades de fe que la Iglesia enseña como reveladas por Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 74-95). Son puntos fijos de nuestra creencia. Los principales son estos: Dios es uno y trino; el Padre es el creador de todas las cosas; Jesús, el Hijo, es verdadero Dios y verdadero hombre, encarnado, muerto y resucitado por nuestra salvación; el Espíritu Santo es Dios; la Iglesia es una, así como uno es el Bautismo. Y además: el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos, la existencia del Paraíso, el Infierno y el Purgatorio, la transubstanciación, la maternidad divina de María, su virginidad, su Inmaculada concepción y su Asunción. Todas estas verdades no son abstractas y frías, sino que deben ser comprendidas en la gran verdad de Dios que es el amor y quiere compartir la vida divina con sus criaturas. Jesús revela los más grandes mandamientos: el amor a Dios y al prójimo (Mt 22, 36-40). Al final de la vida seremos juzgados por el amor.

Dogmas y desarrollo de la doctrina

Un dogma, entonces, es un punto fijo para la vida de la fe. Está definido por el Magisterio de la Iglesia que lo reconoce en la Sagrada Escritura como revelado por Dios y en estrecha relación con la Tradición. La tradición, sin embargo, no es algo inmóvil y estático, sino que – como dice Juan Pablo II (Carta Apostólica Ecclesia Dei) en línea con el último Concilio – está viva y es dinámica a medida que crece la inteligencia de la fe. Los dogmas no cambian, pero gracias al Espíritu Santo entendemos cada vez más la amplitud y profundidad de las verdades de la fe. Así, el Papa Wojtyla puede afirmar «que el ejercicio del Magisterio concreta y manifiesta la contribución del Romano Pontífice al desarrollo de la doctrina de la Iglesia» (Audiencia General, 24 de marzo de 1993).

Primado, colegialidad, ecumenismo

Pablo VI, en la audiencia de 1969, reafirmó la actualidad del Concilio Vaticano I y la conexión con el siguiente Concilio: «Los dos Concilios Vaticanos, el primero y el segundo, son complementarios» aunque difieran mucho «por muchas razones». Así, la atención a las prerrogativas del Pontífice en el Vaticano I se extiende en el Vaticano II a todo el Pueblo de Dios con los conceptos de «colegialidad» y «comunión», mientras que la atención a la unidad de la Iglesia que tiene en Pedro el punto de referencia visible se desarrolla en un fuerte compromiso con el diálogo ecuménico. Tanto es así que Juan Pablo II en «Ut unum sint» puede lanzar un llamamiento a las comunidades cristianas para que encuentren una forma de ejercicio del primado que, «sin renunciar en modo alguno a lo esencial de su misión, se abra a una nueva situación», como «un servicio de amor reconocido por unos y otros» (Ut unum sint, 95). Y el Papa Francisco en Evangelii gaudium habla de una «conversión del papado». «El Concilio Vaticano II – observa – ha afirmado que, de manera similar a las antiguas Iglesias patriarcales, las Conferencias Episcopales pueden «aportar una múltiple y fructífera contribución, para que el sentido de la colegialidad se realice concretamente» (Lumen Gentium, 23). Pero esta esperanza no se ha realizado plenamente, porque un estatuto para las Conferencias Episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo alguna autoridad doctrinal auténtica, no ha sido aun suficientemente explícito. Una excesiva centralización, en lugar de ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera» (Evangelii gaudium, 32). Y hay que recordar que, según el Concilio Vaticano II, «la infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro» (Lumen Gentium, 25).

Amar al Papa y a la Iglesia es construir sobre Cristo

Más allá de los dogmas, Pío X recordó, en una audiencia en 1912, la necesidad de amar al Papa y obedecerle y dijo que se sentía apenado cuando esto no sucedía. Don Bosco exhortó a sus colaboradores y a sus muchachos a guardar en sus corazones los «tres amores blancos»: la Eucaristía, la Virgen y el Papa. Y Benedicto XVI, el 27 de mayo de 2006, hablando en Cracovia con los jóvenes que habían crecido con Juan Pablo II, explicó con palabras sencillas lo que afirman esas verdades de fe proclamadas en 1870: «¡No tengan miedo de construir su vida en la Iglesia y con la Iglesia! Estén orgullosos del amor a Pedro y a la Iglesia que se les ha confiado. ¡No se dejen engañar por los que quieren poner a Cristo contra la Iglesia! Sólo hay una roca en la que vale la pena construir la casa. Esta roca es Cristo. Sólo hay una roca sobre la que vale la pena descansar. Esta roca es la que Cristo dijo: «Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia» (Mt 16:18). Ustedes, jóvenes, han conocido bien al Pedro de nuestros tiempos. Por lo tanto, no olviden que ni ese Pedro que está mirando nuestro encuentro desde la ventana de Dios Padre, ni este Pedro que ahora está delante de ustedes, ni ningún otro Pedro posterior estará nunca contra ustedes, ni contra la construcción de un hogar duradero en la roca. Al contrario, comprometerá su corazón y sus manos para ayudaros a construir la vida en Cristo y con Cristo».

(Fuente: Vatican News)