Parroquia El Buen Pastor – República Dominicana

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“Me crié queriendo ayudar a los demás”

Cortesía de El Caribe / Mamá Chicha agradece a monseñor Cedano que la ayudó a crear la fundación Ministerio Penitenciario Cárcel de Najayo.

Mamá Chicha fue una de las finalistas durante el premio Mujeres que Cambian el Mundo del Banco BHD León

A pesar de ser una persona iletrada, María Altagracia Peralta es una de esas mujeres que cambian el mundo, pues su labor de más de 30 años dedicada a asistir y salvaguardar la dignidad de las personas reclusas en la cárceles del país así lo confirman.

Aunque en sus inicios realizaba una labor de manera informal, todo cambió cuando fue a visitar a una amiga a la cárcel de Rafey, pues al darse cuenta de las condiciones en que vivían las reclusas “me dije que me iba a dedicar a ayudar a esas gentes, que ese iba a ser mi trabajo”.

Además de proveerles los artículos más básicos a mujeres y hombres que cumplen penas, también les lleva la palabra de Dios, pues cree con fervor que a través de la misma pueden cambiar su conducta ante la sociedad, es por eso que “siempre que llega la guagua a la cárcel, les digo a los reclusos, miren ustedes no vinieron a estar presos, ustedes vinieron a conocer de Dios”.

A sus 82 años, Mamá Chicha como todos la conocen, mantiene con ellos una relación de afecto, de acompañamiento y de ayuda espiritual, pues su objetivo es ayudarlos con su rehabilitación.

1. Circunstancias familiares

Nací en un campo de Puerto Plata, tuve una niñez muy pobre, muy triste, pasaba mucha hambre. De niña siempre decía que cuando fuera grande mi mamá no volvería a pasar trabajo, por eso trabajé en casas de familia, me gustaba ganarme el peso para ella. Cuando niña era rubita, un fosforito, medio tremendita, me daban muchas pelas, hasta me llegaron a vestir de saco para que no saliera de la casa, pero desde que mamá salía me desamarraba, me quitaba esa ropa y me iba a jugar, a tumbar mango para un sitio que le llamaban Cafemba. Cuando tenía como 10 años trabajé donde Luis Pelegrín, el único restaurante que había, mi mamá no quería, pero me le iba. Me crié queriendo siempre ayudar a los demás. No me gustaba estudiar, mamá me daba palos para que fuera a la escuela, pero mejor me iba a trabajar. Varias veces Trujillo le puso multas a mi mamá porque no iba a la escuela, me quedé en primer curso, era que no me gustaba”.

2. Dura realidad

Mi mamá se llamaba Blanca Peralta, ella también trabajaba en casa de familia, éramos tres hermanos, Ramonita era la mayor, y Sigfrido el menor, hijos de Francisco Polanco, mi papá de crianza, quien trabajaba en una empresa de café que le llamaban Paiwonski, le pagaban 5 pesos semanales, allí también trabajé, me pagaban 10 cheles, pero no duré mucho. Recuerdo que él pagaba 5 pesos de casa y era difícil conseguir ese dinero. Aunque no sé leer, sí se contar, sé muchas cosas, nunca me apuré por aprender, lo que me gustaba era ganar dinero para ayudar a mi mamá, porque la quería demasiado y también a mi familia. En esa época la vida era muy difícil, uno se sentaba a comer batata con leche si había, cuando el arroz se ponía escaso comíamos una harina que le llamaban caquito. Le doy gracias a Dios que después que me hice mujer puede ayudar a mi mamá”.

3. Su amiga y confidente

Recuerdo mucho a una amiga que se llamaba Regina, era una señora mayor, era la única que tenía, porque los demás eran varones. A ella le contaba todo lo que me pasaba, le contaba del hambre que pasaba. Para esa época no había facilidad para conseguir las cosas, antes uno cambiaba ropa por un pollo, en mi casa lo hacíamos, pasábamos mucha hambre. Siempre le decía a mi amiguita Regina que cuando fuera grande no íbamos a pasar más hambre, le decía que le iba a comprar su casa a mi madre y así fue”.

4. Llegada a la capital

Vine a la capital en los años 50 con mi primera pareja, vivíamos en Villa Duarte, allí puse un negocito de vender comida. Luego, dos días antes de la revolución del 65 volví a Puerto Plata, porque mi mamá estaba dando gritos pensando que me podía pasar algo. Papy Clande, coronel de la Marina, me aconsejó que fuera a verla para que ella no viniera para acá porque podía pasar una tragedia. En ese tiempo mataron a la mamá de mi papá de crianza cruzando el Puente Duarte, ella había venido a la capital a ver a su hijo que era guardia. Cuando me llamaron para decírmelo ya yo estaba en el campo. Después de unos días volví a Los Molinos, pues tenía mi negocio en la Calle 5. Después nos desalojaron, Papy Clande y Soto Then que eran como mis hermanos me ayudaron a buscar una casa y me regalaron tres mil pesos, con eso compré un apartamento en el barrio Ámbar, en la Venezuela, eran unos edificios que Balaguer había hecho, recuerdo que me costó mil 900 pesos. Fui balaguerista hasta la muerte, para mí él no era malo, aunque no era política veía como trabajaba, hacia buenos edificios y no había quien le robara, de una vez lo quitaba. Estuve siempre al lado de doña Emma, para ese tiempo ya visitaba las cárceles”.

5. Esposo e hijos

Tuve mi primera pareja a los once años, se llamaba Pablito Brugal, era un señor rico, que daba casa y de todo. Siempre le decía a mi amiga Regina que tenía que sacar a mi mamá y a mi familia adelante, por eso trabajé bastante para que mis hijos se prepararan, siempre iba a sus escuelas para saber cómo estaban en sus clases. Luego, conocí al padre de mis dos hijas, Pedro Hernández, fallecido, era marino mercante, un hombre muy bueno, nos conocimos en Puerto Plata, duramos 50 años juntos. Fue un excelente esposo y padre. Tengo cuatro hijos, los dos mayores, una hembra y un varón de mi primera relación, él los crió como si eran suyos. Con él tuve dos hijas. Mis hijos se llaman José Augusto Peralta, Miriam Mejía, Inés María Hernández y Bertha Ivelisse Hernández. También tengo uno de crianza, Luisito Hernández, está conmigo desde los 9 días de nacido, es hijo de una sobrina mía. Aunque pasé mucha hambre y tuve una niñez muy triste, le doy gracias a Dios que crié a mis hijos bien, todos profesionales, todos ellos tienen sus diplomas, siempre decía que ellos no iban a pasar trabajo como yo, que iban a aprender lo que yo no aprendí y gracias a Dios lo logré. También tengo 9 nietos, todos profesionales”.

6. Reencuentro

Mi papá verdadero me abandonó, nunca me reconoció, le decían Bellé Polanco, era riquísimo, lo conocí después de ser una mujer hecha y derecha. Me contó mamá que una vez él le dijo que cuando me muriera mandara a buscar una vaca, por eso ella nunca quiso que lo conociera. Lo conocí porque uno de sus hijos quería conocerme, entonces fui al campo, al Ranchito Los Peralta, recuerdo que para llegar había que pasar en burro. Ese encuentro fue inolvidable, ahí estaba también mi abuela, nos abrazamos, lloramos, ellos me decían que mi mamá no quería que los viera, pero era mentira, ella siempre decía que lo que mi papá hizo con ella no fue fácil. Después de que nos conocimos lo perdoné, nos llevábamos muy bien, incluso mis hijos iban al campo a visitarlo. Mi papá murió hace 8 años. Siempre voy donde mis hermanos, creamos un vínculo familiar”.

7. Vida religiosa

En la Iglesia San Miguel conocí al padre Salvador, para ir tenía que cruzar en yola, iba todos los domingos a misa y llevaba a mis hijos, pero luego lo trasladaron y llegó el padre Máximo, él fue que me sugirió que me casara con Pedro, que ya teníamos muchos años juntos, y me sugirió que conociera el Santísimo. Luego, en 1932 me fui a la Iglesia el Buen Pastor con el padre Salvador, ahí conocí del Santísimo hace 32 años. Recuerdo que desde la Iglesia San Miguel, con el padre Salvador visitaba la cárcel de La Victoria, pero un día fui a visitar una amiga que estaba presa en la Cárcel de Rafey y cuando vi ese panorama me medio mucha tristeza, entonces me dije que ese iba a ser mi trabajo, que me iba a dedicar a ayudar a esas gentes. Aunque hacía ese trabajo de manera informal, lo empecé a tomar más en serio, pero no estaba constituida. Cuando trasladaron al padre Salvador del Buen Pastor, llegó monseñor Cedano, recuerdo que él me dijo que tenía que dar a conocer mi labor, que de esa manera iba a dejar de andar pidiéndole a la gente, entonces me ayudó a crear la fundación, me dijo que se iba a llamar Ministerio Cárcel de Najayo. Monseñor me enseñó a vivir, era un obispo que parecía un santo dando consejos, me enseñó a no hablar mentiras, a ser realista con las cosas. Estuve a su lado 15 años, hasta su muerte. Quiero al padre Salvador, él también me enseñó muchas cosas, pero como monseñor Cedano creo que a ninguna persona, para mí el fue como mi papá”.

8. Ministerio Penitenciario de Najayo Mamá Chicha

A través del ministerio no solo buscamos llevarles a los presos alimentos, ropas y medicinas, sino también la palabra de Dios, ellos son como mi familia. Para la Navidad les hacemos su comida con cerdo asado, les llevamos frutos navideños, regalos, de todo para que puedan celebrar dignamente. Celebramos con ellos el día del padre o de la madre, les hacemos su habichuela con dulce para Semana Santa. Antes iba también a La Romana y a San Pedro, pero tuve que dejar de hacerlo porque el dinero no alcanzaba. Lo que necesito es que la gente me ayude más, aunque no me quejo porque Dios me ayuda, todos los días en las mañanas le pongo mi trabajo a sus pies y cuando vengo a ver en la tarde ya tengo todo para llevarles a los reclusos. También, muchos de los que han cumplido condena de aquí y de otros países me dan ayuda para seguir trabajando”.

9. Capillas en las cárceles

Tocando puertas hemos hecho 8 capillas, una en Haras Nacionales, en San Pedro, Najayo Mujeres y Najayo hombres, en el 15 de Azua y en Baní, donde además construimos un comedor. Teníamos pensado construir otras, pero vino la pandemia y se paró el proyecto. Esas capillas y comedores las hicimos con ayuda de don Hipólito Herrera de la Asociación Popular, y su secretaria, doña Adelina, no tengo como pagarles su ayuda. También a Anthony Bernal, dueño de Boddy Shop; Carlos del Pino, doña Matilde Farach y su esposo nos ayudaron mucho, entre otras personas en particular. En Najayo donamos unas máquinas de ebanistería que me regalaron y junto a un preso que sabía de eso hicimos un taller para que los reclusos aprendan un oficio”.

10. Satisfacción

Me siento satisfecha porque muchas internas me dicen que después de que llegué, sus vidas han cambiado, que me quieren mucho, les dicen a mis hijos que ellos son hermanos, que yo soy su mamá. Incluso a mí me decían Chicha, pero los presos empezaron a llamar mamá Chicha y así se me quedó el nombre. Algunas veces me llaman para que les lleve pantis, desodorantes, detergente, toallas, pintalabios, esmaltes, entre otras cosas, voy cada 15 días a llevarles, saco un día para ir a cada cárcel, además me gusta visitar los asilos de ancianos. En la pandemia no dejé de trabajar, sino podía ir, enviaba todo con un chofer. Me siento tan contenta cundo exreclusas me llaman desde España para saludarme, para enviar ayuda para las internas de Najayo. Recuerdo una vez en Puerto Rico me encontré con una exreclusa puertorriqueña, cuando ella me vio cruzó la calle corriendo y me abrazó. También hay unos colombianos que ya se fueron luego de cumplir su condena, siempre me llaman y hasta me envían ayuda para que siga ayudando a los reclusos”.

Trabajo arduo

Creo que por primera vez en este país se están haciendo las cosas bien. Creo que el presidente Abinader está trabajando como debe ser, pero también la primera dama, Raquel Arbaje sabe hacer su trabajo, a ella no le interesa para nada beneficiarse en nada. Cuando ella visitó la cárcel me mandó a llamar, esa mujer está haciendo un buen trabajo, es una mujer sencilla, como ella creo que no ha llegado nunca una primera dama a este país. Esa señora me ha llenado, ella fue que me puso la medalla en la premiación Mujeres que Cambian el Mundo del banco BHD.

Aunque tengo mi ministerio nunca me he metido en concursos, siempre han sido otras personas que me han postulado, porque al igual que monseñor Cedano me dicen que si no doy a conocer mi trabajo, nadie se dará cuenta de lo que hacemos”.

Entrega

De niña siempre decía que cuando fuera grande mi mamá no volvería a pasar trabajo, por eso trabajé en casas de familia, quería ganarme el peso para ella”.

Consejo

Siempre que llega la guagua a la cárcel, les digo a los reclusos, miren ustedes no vinieron a estar presos, ustedes vinieron a conocer de Dios”.

Agradecimiento

Aunque tuve una niñez muy triste, le doy gracias a Dios que crié a mis hijos bien, todos son profesionales, todos ellos tienen sus diplomas”

(Fuente: El Caribe)